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Etica y Cine
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Reprogenética y subrogación: una anticipación ético-estética

por Michel Fariña, Juan Jorge

Un atardecer de noviembre de 1974, un pequeño bimotor de color negro y plata aterrizó en una pista secundaria del aeropuerto de Congonhas, en Sao Paulo; disminuyó la marcha, viró y rodó en dirección a un hangar junto al cual esperaba un automóvil. Tres hombres, uno de ellos vestido de blanco, bajaron del avión para subir al coche que los conduciría a una reunión secreta en el centro de la ciudad.

La escena fue imaginada por Ira Levin para el electrizante inicio de su novela Los niños del Brasil, publicada en 1976. Allí se desarrolla una asombrosa ficción: escondido en la selva paraguayo-brasileña, el médico nazi Josef Mengele lleva adelante un experimento genético-social de enormes proporciones. A partir de la sangre y los tejidos cutáneos provistos en vida por el propio Adolf Hitler, ha generado clones del Führer en su laboratorio clandestino. Los embriones fueron transferidos a mujeres indígenas que oficiaron de gestantes, y luego de nacidos los niños –todas copias genéticamente idénticas de Hitler–, éstos fueron dados en adopción a familias de Europa y Estados Unidos. Todo formaba parte de un siniestro experimento destinado a crear un nuevo liderazgo para la raza aria. Estos 93 niños de probeta, emplazados en hogares ubicados estratégicamente alrededor del mundo, debían crecer y desarrollar la personalidad de Hitler. Pero para ello no bastaba con la garantía genética: se debían considerar también los factores medioambientales. Así, los hogares elegidos para estos niños debían reunir las características socioculturales de infancia de Hitler, incluido el evento de la muerte accidental de su padre, ocurrida cuando el pequeño Adolf tenía catorce años. El experimento contemplaba, naturalmente, el asesinato de esos hombres, todos funcionarios de sesenta y cinco años, como manera de garantizar las condiciones que llevaran a la réplica perfecta. [1]

¿Qué nos dice Ira Levin con esta ironía literaria? Que el médico de Auschwitz se ha aggiornado y treinta años después del final de la guerra recurre no solo a los genes, sino también a cierta psicología al momento de pergeñar su estrategia socio-procreativa. Pero la novela está allí justamente para poner en cuestión semejante conductismo. El sorprendente giro final que se reserva al espectador es un abierto cuestionamiento al pobre psicologismo nazi. Cuando en el desenlace de la trama Mengele recibe su propio mensaje en forma invertida, sabremos algo más sobre el pretendido mensaje de los genes. [2]

El film de Franklin Schaffner, que sigue al dedillo el desarrollo de la novela, tiene sin embargo dos aditamentos interesantes. El primero, la simulación de un proceso de clonación animal, reconstruido de manera absolutamente rigurosa casi veinte años antes de la primera clonación de un mamífero superior –la oveja Dolly–, en 1996. La escena, que ocupa diez minutos de la película, apeló a información de avanzada para la época y a efectos especiales para hacer verosímil un proceso todavía desconocido para la humanidad. El segundo, la compleja trama de adopciones fraudulentas implementado en diferentes países gracias a la complicidad de agentes nazis, que digitaba las asignaciones de niños a partir de información confidencial de las familias solicitantes. En síntesis, Los niños del Brasil reúne experimentación médica, clonación humana, gestación subrogada, adopciones fraudulentas y adulteraciones filiatorias, en lo que hoy no dudaríamos en describir como una estrategia claramente biopolítica.

Duplicaciones estéticas

Para los cinéfilos, Los niños del Brasil presenta, además, algunas curiosidades que vale la pena señalar. Sir Lawrence Olivier, uno de los grandes actores ingleses de todos los tiempos, protagoniza en el film a Ezra Lieberman, un infatigable cazador de nazis, que se lanza a la búsqueda de Joseph Mengele, oculto en la selva paraguayo-brasileña. Dos años antes, en el film Marathon (estrenado en Argentina como “Maratón de la muerte” y protagonizado por Dustin Hoffman), el propio Lawrence Olivier encarna a un médico nazi, evocación justamente del mismísimo Mengele.

Laurence Olivier, como el dentista nazi Christian Szell

Laurence Olivier, caracterizado como Ezra Lieberman

El otro paralelo es el del el estupendo actor suizo Bruno Ganz, que encarna al Profesor Bruckner, experto en genética del Instituto Biológico de la Universidad de Viena, encargado de explicar a Lieberman el proceso de clonación que motiva este artículo. Este mismo actor, dará vida, veinticinco años después, a Hitler en la película El Hundimiento, seguramente el Fuhrer más convincente que hemos visto en una pantalla de cine.

Bruno Ganz en el papel del profesor Bruckner.

Bruno Ganz en "El hundimiento", recreando el ocaso de Hitler

La clonación

La escena en la que se recrea un proceso de clonación animal puede considerarse una excelente lección de ciencia y ética a través del cine. Lieberman visita al Profesor Bruckner, quien se refiere a Mengele como “un sádico con un título y un doctorado”. Luego de una breve introducción, Bruckner ofrece a Lieberman una explicación sensacional de la transferencia nuclear (llamada en el film reproducción mononuclear) como técnica para crear clones humanos. Se trata, con muy ligeras diferencias de la misma que se realizaría en 1996 –es decir, 18 años después– para crear a la oveja Dolly.

Recordemos la escena del film, que se inicia con una fina ironía:

Bruckner: –¿Qué pensaría si yo le dijera que a base de un trozo de piel de un dedo suyo yo podría crear a otro Ezra Lieberman?

Lieberman: –Le aconsejaría que no desperdiciase su tiempo ni mi piel.

Bruckner explica entonces que “se puede extraer un óvulo sin fertilizar de una hembra que esté ovulando y destruir todos sus genes y cromosomas. Luego se implanta el núcleo de la muestra del donante que se puede obtener de su sangre de un poco de piel”. La célula se transforma en un embrión que, una vez implantado en la madre, se desarrolla en un adulto que es una copia exacta del donante. “No tiene padre puesto que el óvulo no fue fertilizado, ni madre porque el núcleo genético procede de otra persona.

Lieberman: –¿Producir exactamente un animal con un pedazo de sí mismo?

Compartimos aquí una edición de los fragmentos del film para un seguimiento de las escenas y sus implicancias:

Recordemos, por otra parte, que la trama del film fue concebida en los años setenta. Los investigadores descubrirían, casi dos décadas después, que el concepto funcionaba, salvo que con extrema dificultad –los intentos para clonar a Dolly supusieron un sólo éxito de entre más de trescientas tentativas.

En rigor, los experimentos pioneros en el campo de la clonación fueron realizados por John Gurdon y sus colaboradores de la Universidad de Oxford, iniciándoselos a fines de los años 50 del siglo XX. Ya en 1967, Gurdon demostró que era posible clonar ranas a partir de las células intestinales de estos anfibios, investigación por la que fue galardonado con el Premio Nobel de Medicina. Años más tarde, Neal First, de la Universidad norteamericana de Madison obtuvo en 1986 la primera vaca por clonación. Hasta que en 1997, Ian Wilmut, del Instituto escocés de Roslin, consiguió clonar una oveja, la famosa Dolly. Aunque en su gestación empleó mejoras técnicas ostensibles, la base teórica fue similar a la demostrada por Gurdon. El perfeccionamiento de estos procedimientos podría llegar a posibilitar, algún día, la clonación de seres humanos –procedimiento que ya se ha hecho exitosamente con simios.

En Los niños del Brasil asistimos, además, a una película dentro de la película. Se trata del film documental que en la ficción cinematográfica Bruckner proyecta para Lieberman. Allí se apela a una técnica de clonación que es una variante de la desarrollada por John Gurdon: se emplea radiación ultravioleta para inutilizar el núcleo de un ovocito de una coneja blanca. Finalizado este proceso, al gameto desnuclearizado se le inyecta el material genético de una célula sanguínea procedente de un conejo negro. Los blastocistos cultivados en laboratorio, son implantados en el útero de conejas blancas, que al cabo de un mes parirán camadas de conejos completamente negros.

Además de la absoluta verosimilitud narrativa de la secuencia, la base científica en la que se apoya es, como vimos, sumamente rigurosa. Un hallazgo inesperado que nos confronta una vez más con las enormes posibilidades del cine como gran divulgador de la ética contemporánea.



NOTAS

[1Ver el análisis contenido en Michel Fariña, J. (1987). Les médecins tortionnaires et les problèmes éthiques liés à l’expérimentation psychologique des personnes. En Comités d’éthique a travers le monde. INSERM. Paris: Editions Tierce. Una versión ampliada, en inglés, apareció en Lykes, M. B. & Michel Fariña, J. (1989). Can the unofficial Story have a happy ending? LINKS, 6, (1). New York.

[2Para utilizar la expresión de Jaques Lacan, citada por Gabriela Mercadal en su artículo “La ética frente al pretendido mensaje de los genes”, Aesthethika, Revista internacional de estudio e investigación interdisciplinaria sobre subjetividad, política y arte, Volumen 10 (1), Junio 2014, pp. 103-115.

Película:Los niños del Brasil

Titulo Original:The Boys From Brazil

Director: Franklin J. Schaffner

Año: 1978

Pais: Estados Unidos - Reino Unido

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