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El lado oscuro de la histeria

por Bonansea, Natalia Ayelén, Carrión, Olga Beatríz

Fundación CIEC (adherida al Campo Freudiano-AMP) y Facultad de Psicología (Universidad Nacional de Córdoba)

Resumen

Sarah Linden es la protagonista de la serie policial The Killing, atrapante por la calidad general de la producción y la singularidad de sus personajes. Linden es una detective que no responde al patrón típico de detectives; ni a los de una mujer que se alinea dentro de los rasgos de la feminidad que hace uso de las mascaradas femeninas o de los semblantes más comunes de la misma. Este personaje en su singularidad nos convoca a pensar e investigar un diagnóstico: ¿se trata de una estructura psicótica o histérica? ¿Si es neurótica, porqué se comporta a veces como una psicosis? ¿Cuánto del goce desconocido, del goce femenino en ella es la condición de su comportamiento extraño, difícil de clasificar? ¿De qué modo ese goce irrumpe en su vida? ¿De qué manera el estrago materno condiciona su comportamiento antisocial y su particular modo de resolver y de vivir? Sarah es entonces una invitación indeclinable para pensar la histeria en esta época, el goce femenino, las consecuencias del estrago materno y su incidencia en el modo de resolver de una mujer.

Palabras Clave: histeria | goce-femenino | estrago

La serie policial norteamericana, adaptación de la serie belga, nos propone un personaje femenino, Sarah Linden, interpretada de manera brillante por Mirelle Enos, cuyas características son una invitación para pensar y precisar la histeria, la histeria rígida, lo femenino del lado del exceso, con sus ribetes de locura y enajenación que pueden confundirse con una psicosis.

La serie, de 4 temporadas, gira alrededor de las investigaciones de diferentes crímenes. Uno por vez. El primer caso, que dura dos temporadas, es el de una joven adolescente Rosie Larsen; el segundo caso es el crimen de varias jovencitas de la calle que nadie reclama y finalmente el último es el de una familia en apariencia perfecta. Todo sucede en la ciudad de Seattle, que es el escenario perfecto por su condición gris y lluvioso para enmarcar el mundo de Linden, siempre nublado y cerrado. Allí se desempeña como detective Sarah, quien no sólo se especializa en la investigación de crímenes, sino que es respetada porque nadie lo hace como ella. Sarah es una mujer inusual, fuera de los estereotipos comunes de la ficción. Más bien expresa un tipo distinto de versión femenina que, parafraseando a Colette Soler, nos muestra una de “esas raras mujeres nuevas”.

En el primer episodio Sarah está preparando su partida hacia otra ciudad con su hijo adolescente, donde la espera quien fuera su psiquiatra para casarse con ella. A horas de terminar su servicio, surge la denuncia de una joven desaparecida que le solicitan investigar porque aún le quedan horas de trabajo. Dada esta partida inminente, le asignan un compañero, Holder, que será quien la reemplace en sus funciones. Este nuevo compañero, actuado por Joel Kinnaman de manera destacable, es de un detective venido a menos, ex-adicto a las drogas, y su relación con la única familia que tiene, hermana y sobrino, está complicada desde que le roba un objeto a su sobrino pequeño para venderlo. Sin embargo, en su trabajo de ser el segundo de Sarah va ganando terreno por su desempeño; y veremos cómo se va transformando en un partenaire, no sólo policial, para Linden.

A partir del comienzo de la serie veremos a una Sarah que no puede irse de su función. Se presentarán una sucesión de situaciones que la muestran como una mujer obsesionada con su trabajo, aún a costa de poner en riesgo la relación con su futuro marido, de descuidar el vínculo con su hijo, de perder su casa y vivir en moteles, o de descuidarse a sí misma. ¿Qué podemos decir de la estructura y la posición subjetiva de Sarah?

¿Cómo es Sarah?

Sarah se muestra compleja, solitaria, ingobernable, no da explicaciones ni las pide, avanza sobre sus convicciones aún si eso implica quebrantar alguna ley. No se comunica ni sociabiliza, tiene dificultades para relacionarse con sus semejantes y con su propio hijo. No hay el gusto por el uso de la mascarada ni de los semblantes femeninos típicos: ni perfumes, ni maquillajes, ni prendas como vestidos o colores. Parece mantenerse al margen de la comedia de los sexos. Caracterizando su imagen nos encontramos con una mujer despojada de los atributos fálicos, a cara lavada, pelo recogido, taciturna, cerrada, un rostro de hielo que no expresa emociones, siempre con ropa unisex-monocromática, desinteresada de la seducción.

Su personaje no está referenciado en la imagen de la mujer policía investigadora de los años 90 a la que estamos acostumbrados. Tampoco está tratado desde una perspectiva feminista o reivindicativa. Ella no es buena mujer, ni buena pareja, ni buena madre ni buena amiga, (de hecho a lo largo de toda la serie no hay una figura femenina que en ese lugar de amiga). Es sencillamente una excelente detective, investigadora, y es sólo con eso con lo que se conecta. Fuera de eso el mundo no parecería existir. Su auténtica preocupación es resolver el caso que le han asignado. En su rol de detective no es disfuncional, sino que es aguda, sagaz, afilada.

Sin embargo, ciertos casos pueden absorberla de modo tal que se olvida de ella misma. Aparece entonces ese lado oscuro, ese “continente negro” del que ella nada puede decir. En esas situaciones deja de comer, de bañarse, de satisfacer sus necesidades básicas y ha habido al menos una circunstancia en la que debió ser internada en una clínica psiquiátrica. Es por ello que hay una asistente social que la vigila para no perder la tutela de su hijo.

Sus vínculos son entonces invariablemente deficientes, quedan definitivamente reducidos a conocidos en relación a su desempeño laboral, a su hijo Jack y a la asistente social que los acompaña. Con este hijo, Sarah tiene una relación distante, conflictiva que siempre queda sujeta a su propio trabajo. Y la asistente social, tiene la función de vigilarla desde que ella es muy pequeña, para que “no se olvide de comer y de dormir” cuando algún caso la atrapa al punto de enajenarla de sí. Empero, establecen el único lazo diferente hasta el momento, ya que esta asistente la ayude en el cuidado de su hijo, y ha permanecido a su lado desde siempre.

Sarah encarna entonces la imagen de una mujer antisocial, de aspecto descuidado, distante cuando no ausente. No entra en confianza con su partenaire policial, Holder; evade responder cualquier pregunta de orden personal, y tampoco las hace. Ella no adquiere en toda la serie ningún objeto, ni para ella ni para su casa. El único “objeto” fálico que posee es su hijo. Cuando alguna conversación o situación no le gusta sencillamente la interrumpe, se baja del auto o hace bajar a su compañero, o da media vuelta y se va. No tiene filtros a la hora de terminar en seco una conversación. Los convencionalismos sociales la tienen sin cuidado.

La lógica del tener-no tener: “Una mujer pobre”

Sarah es una mujer que parece gozar de despojarse del registro del tener sin dar cuenta por ello de ningún masoquismo. Estas características disfuncionales, lejos de provocar el rechazo o la indiferencia en sus colegas o en los mismos espectadores, van rondeándola de un halo de misterio, haciendo que Sarah se transforme en un enigma para el otro, un enigma que invita a develarla. Entonces, cabría preguntarnos si este modo “despojado” ¿es una falta de semblante, de mediación con lo real; o es más bien la estrategia que despliega para acercarse al otro sexo, defenderse de algo, mantener a distancia las consecuencias del estrago materno?...

Quizás no tener es su estrategia, en tanto de esa forma evita la insatisfacción y el riesgo de la pérdida. Sarah va más allá del tener o no tener, y justamente por no tener “nada que perder”, se vuelve más audaz, con más agallas al estar despojada de afectos y de partenaire (hombre). En su accionar demuestra todo el tiempo su desafección, que es arriesgada, que actúa, que no genera sentimientos de vínculos. Salvo con los muertos. Los cadáveres: son quienes le importan. Tal vez porque con ellos no hay lazo posible.

J.A. Miller en Naturaleza de los Semblantes, plantea la diferencia entre tener y ser, delimitando la esencia del sujeto femenino precisamente del lado del ser. Es decir, a falta del tener está el esfuerzo del ser. De esta manera, podemos pensar el despojarse como una estrategia, usar el no tener como un bien deseado a poseer por el otro. “Una mujer tiene agallas porque no tiene nada que perder, lo que le confiere más audacia, más descaro, más libertad. Para las mujeres no hay límite” (Miller, 2002, pag. 154). Por otra parte desde la lógica del no-todo, que es “desde donde parte el rasgo de singularidad de lo específicamente femenino que en ocasiones no encuentra otra manera de existir que la aniquilación de bienes, de la felicidad y de las debilidades; que de un modo u otro siempre se relaciona a lo fálico” (Blanca Sanchez, 2014,Virtualia 29).

Ese gusto por mostrar una imagen de ella despojada de cualquier atributo no estrictamente esencial, nos evidencia la presencia de un goce privativo, goza de no tener, goza de privarse. Goza de gozar poco. Sabemos con Lacan que el goce de la privación es distinto del goce femenino, aunque en algunas versiones cabría preguntarse si no podría ser el antecedente del goce femenino.

En ese sentido, aparece la referencia al escritor francés León Bloy (1847-1917), “La Mujer Pobre”, de la que Miller dirá que “es un rasgo del ingenio del autor calificar de manera sustancial a la mujer con tal adjetivo (…) he aquí lo que no debe olvidarse nunca: aunque estuviera en un trono, es la mujer pobre. Y esto asumirá significaciones no unívocas” (Miller, 2002, pág. 155).

Podemos proponer también aquí las apreciaciones de Lacan en el Seminario 8 donde plantea la condición para el amor respecto de dar lo que no se tiene y agrega: “sólo se puede amar si se hace como si no se tuviese, aunque se tenga. El amor como respuesta implica el dominio del no tener.” (Lacan, 1960-61, pág. 396). En su referencia a la mujer Pobre dice en primera instancia que “sólo la mujer puede encarnar la ferocidad de la riqueza” (Lacan, 1960-61, pág. 397). Luego hace una relación entre el rico, y en lugar del pobre: el santo, de quien dirá “el santo es un rico. Sin duda hace todo lo que puede para tener aspecto de pobre, pero en esto precisamente es un rico (...) la suya no es una riqueza de la que un se desembarace fácilmente” (Lacan, 1960-61, pág. 398).

A partir de estas referencias, podemos hipotetizar que Sarah “tiene en su no tener”; y que la ausencia de mascarada típica u objetos fálicos, se reemplazan por un posicionamiento extremo del lado masculino.

La histeria y la pregunta por el enigma de la feminidad.

Sarah está ubicada en los zapatos de un hombre. Vive en un mundo de hombres, (de hecho no hay la presencia de una mujer policía en la serie) y ella viste sus mismas vestiduras, es una más entre ellos. Diríamos que en ese mundo está cómoda. En apariencia no se pregunta acerca del misterio de la feminidad. No hay una pregunta explícita, sino más bien y en todo caso una respuesta que encarna en todo su modo de ser. Ahora bien, es una mujer homosexuada, al estar ubicada del lado masculino, y por otra parte: es una mujer. ¿Cómo localizar entonces la pregunta por el ser femenino en Sarah?

En “el psicoanálisis y su enseñanza” (Lacan, 1957, pág. 432) se plantea que las respuestas llegan “a concretarse en una conducta del sujeto que es su pantomima”. Un poco más adelante dirá que la falta de despliegue de la pregunta histérica en su hacer de hombre y en la tranquilidad que brinda la seguridad fantasmática, “previene de encontrarse con el punto de la estructura en el que lo simbólico no responde: en este caso, el de la histeria, el que es señalado por la pregunta de lo femenino” (Schejtman y Godoy, 2008). Para Lacan, la mujer a diferencia de la histérica está dispuesta a ser síntoma de otro cuerpo. La histérica rechaza el cuerpo. Rechazo que también puede ser rechazo de lo que, de su propio cuerpo, podría presentarse como lo Otro: el goce femenino que podría volverla Otra para sí misma.

Sarah no tiene contacto físico, ni caricias, ni besos, ni da la mano para saludar, cumpliendo mínimamente una regla de buena educación. No, ella no toca a nadie, salvo en dos momentos:

1- En la temporada 2, cuando siente que podría perder a su hijo y finalmente acepta que se vaya a vivir con su padre a otra ciudad. En esas circunstancias, ella va despedirlo al aeropuerto, lo abraza por primera vez frente a la situación de despedida. Llega Holder, que es quien siempre está presente en cada momento que ella lo necesita aunque nunca se lo pide; él la abraza, ella no, pero se deja abrazar.

2- En la temporada 4 cuando regresa después de 6 años de haberse alejado de la profesión y habiendo recorrido el mundo, ya no en la forma de una huída, sino de una búsqueda del significado de la palabra hogar; retorna a buscar a Holder. En esa escena ella lo abraza como una mujer acaricia a un hombre….

Asimismo, un modo del goce femenino que aparece en Sarah, es el de la figura del extravío. Extravío entendido como desborde, como lo sitúa Miquel Bassols. Hay momentos en que Linden se desborda, cruza el umbral, y entonces ya no hay límite. Se deja atrapar “por una alteridad que la envuelve en sí misma sin detenerse en ningún límite, alteridad que se desplaza más allá de todo límite” (Bassols, 2017, pág. 19). Queda raptada por un goce cerrado que no abre ni permite ser interpelado. Un goce Otro que excluye al sujeto perdiendo sus referencias subjetivas de siempre. Para la protagonista hay algunos casos que por la intensidad con la que se involucra abren la puerta al desarme de los sentidos soltando toda significación orientadora. Un punto ciego que suelta las amarras, por un tiempo...

El estrago materno: las consecuencias del abandono

Hay algo que se escapa de su intento de regulación; y esto está vinculado a la relación de Sarah con su madre. Consideramos que es esta dimensión el punto clave que nos permitirá dilucidar las preguntas sobre la estructura de nuestra detective, es decir, si nos encontramos frente a una histeria, una histeria rígida o una psicosis ordinaria. Y, al mismo tiempo, desde allí cuestionarnos otros interrogantes sobre la clínica diferencial en general, a saber: ¿Puede una histeria enloquecer? ¿Las consecuencias de las marcas del estrago, de algunos estragos, pueden condicionar en una histeria un comportamiento que se confunde con una psicosis? ¿Puede un sujeto histérico desencadenarse, extraviarse, arrebatarse?...

Esclarecer este punto es fundamental para pensar el personaje de Sarah Linden como una histeria. A lo largo de toda la serie hay indicios del abandono sufrido cuando era pequeña. Y será precisamente “abandonada” el nombre de su trauma y también lo que determina su particular modo de andar en la vida. Ella fue abandonada pero no abandona sus investigaciones, no abandona sus casos hasta resolverlos, no abandona a su compañero Holder cuando tiene un problema con las adicciones ni cuando lo secuestran, tampoco abandona a los muertos, principalmente a ellos. Sarah hace hablar a esos cadáveres, y quizás resolver el caso es un modo de reparar su propia historia; al estilo del concepto freudiano de “falso enlace”, donde el afecto se muda y tramita en una representación sustituta a la original.

En oposición a este no abandonar es una mujer que corre, que huye del deseo del otro, que se está yendo todo el tiempo. Por ejemplo, en la temporada 3, cuando buscan a un niño desaparecido que ha sufrido la pérdida de sus padres (su madre asesinada, y su padre condenado a muerte por ser el supuesto causante), Sarah se identifica con él y le dice a Holder que sabe lo que le pasa: “ha huído, porque no tiene otra cosa que hacer”; “desde que soy pequeña aprendí a correr, soy una corredora”. Entonces, irse del riesgo que implica quedarse atrapada en el deseo del otro ha sido la respuesta posible para ella y el modo en que puede establecer sus paupérrimos vínculos. En esto es fundamental el spot del inicio que la muestra corriendo.

Hay un trauma que marca la historia de Sarah. Su madre la abandona a la edad de 5 años donde se conjugan el día más feliz (ella lo describe así cuando por el accionar de su hijo Jack vuelve a ver a su madre, de la que nada quería saber desde que la dejó sin más) y el más triste de su historia: el más feliz porque pudo ir a ver un gran desfile, gusto que tiene desde chica; el más triste porque en medio del acto público, su madre le suelta la mano, para siempre, diciéndole “ya vengo” y nunca más la vio. El detalle de que sucediera siendo ella una niña nos permite inferir que hubo un lazo previo. Sufre el peor desarraigo; va de casa en casa de adopción no pudiendo echar raíces. Pierde sus referencias, su brújula de manera momentánea o definitiva.

A lo largo de toda la serie Sarah va dando cuenta de las consecuencias que tuvo este abandono. Desde la temprana infancia, siente que nunca estuvo alguien para protegerla. Desde entonces vivirá en casas de acogida de las que se fugaba cada 2 años le cuenta la asistente social a Holder en la temporada 2 capítulo 3. En esa misma temporada en el capítulo 5 será la misma Sarah que deja entrever algo de su intimidad al comentarle a Alexis, un sospechoso del asesinato de la joven Rosie Larsen “Las familias de acogidas son peores que las familias de uno mismo, uno lo sabe. Yo debí escaparme una docena de veces” (The Killing, Cap. 2x5). Entonces, ella en tanto detective se construye un GPS en su trabajo, en el que sabe cómo buscar para encontrar lo que busca.

Esta escena del trauma nos recuerda al comentario de Suzanne Hommel [1] sobre una intervención que Lacan tiene con ella frente al trauma de la Gestapo en su vida: lo más tierno enlazado a lo más horroroso, lo más deseado a lo más temido. De alguna manera, ambas dimensiones quedan enlazadas para Linden, y quizás por eso ella encuentra en lo más terrible de los cadáveres un modo de redención o humanidad; transformando lo más horroroso (el crimen, los cadáveres, el abandono), en algo posible.

Haber sido abandonada define sus ausencias, sus semblantes, su no interesarle ningún vínculo, su desinterés por el brillo fálico, su ser de detective. Respecto de esta elección profesional también nos parece oportuno retomar los aportes de Blanca Sanchez: Lacan habla de la “pasión de la histérica por identificarse a todos los dramas de su entorno, de estar ahí, de situarse en la escena de todo lo que puede ocurrir que sea apasionante, y sin embargo no estar ahí en absoluto, no es asunto suyo” (2014, Virtualia 29). Ser detective sería la profesión que más se ajusta a esa lógica. El desempeño requiere una obsesión por comprometerse con la investigación pero a su vez no tiene que poner de ella, de su mundo privado nada en juego.

Sarah le agrega un plus a su función: contrapone al abandono y el crimen, la insistencia del no soltar. Cada vez que Sarah se encuentra con un cuerpo muerto, no lo abandona hasta poder desenredar la historia que lo hace llegar allí, aunque eso ponga en riesgo su trabajo y su propia vida. Los cadáveres son su punto de interés. Con ellos despliega todo para encontrar la verdad de esa situación, tal vez porque con ellos no hay lazo posible y puede involucrarse sin estar ahí aunque a veces eso la extravíe. Muchas veces aparecen posibles culpables, que para el cuartel son suficientes; basta que haya alguien a quien culpar por el crimen y que se haga justicia, aunque sea aparente. Sin embargo, Sarah no se conforma con esto, insiste en la búsqueda de la verdad. No quiere un culpable para la ley, quiere reparar la historia, ubicar responsabilidades, contar la historia que ese que ha muerto no puede ya contar, y llevar la calma a las familias que han quedado afectadas. “Hace hablar a esos cuerpos”, buscando cada detalle, a un modo indiciario que nos remite a Sherlock Holmes y el mismísimo Freud.

En Mujeres de Papel, Gabriela Grimbaud recupera los aportes de Eric Laurent en su artículo de “Feminismo y psicoanálisis”, donde plantea que Lacan en el Seminario 7, habla de la felicidad de la heroína, de la felicidad de una mujer militante que se entrega a una causa hasta morir. Y dice “Es un prejuicio suponer que consagrarse y sufrir por una causa, es masoquismo” (2015, pág 173). Así, podemos pensar que Sarah nos muestra a una heroína moderna, que se expone a ser tratada de loca y a sufrir riesgos físicos por una causa que la orienta a cuidar al otro, y reparar en ese acto su propia historia. Dos detalles más, no lo hace sin el recurso femenino de “hacer hablar” y sin el amparo del orden simbólico representado en la Institución Judicial y Policial.

Descubrimos entonces que desde esa posición Sarah buscaba una respuesta a lo enigmático plasmado de dos maneras. Una primera pregunta que como detective de crímenes se hace permanentemente, una pregunta que formula a los muertos que son quienes encarnan el misterio que es ella misma. Y por otro lado, sobretodo en la última temporada, otra pregunta que ha descubierto que la atraviesa: la pregunta por el sentido de un hogar, sentido que descubre en el último capítulo ligado a los momentos que compartió con Holder en el auto que era el sitio privilegiado en el que transcurría su vida. Descubre entonces que el hogar es aquello que la aloja.

Los hombres de su vida.

Sarah puede ser disfuncional, rara, huidiza, pero nunca está sola. Siempre hay uno que la busca, que la espera, que la acompaña, que la desea, que la quiere; aunque ella los decepcione o nunca se quede.

El primer hombre del que sabemos es Ricky, el psiquiatra que la conoce internada y se enamora de ella. Es él con quien al principio de la serie Sarah está por casarse. Ricky le propone casamiento y una vida absolutamente “normal”, a la que ella no termina pudiendo acceder, ya que implicaría dejar su propio estilo, y aún más, la solución encontrada en su modo singular de vivir. De hecho, cuando estaba en el avión para ir a su encuentro decide quedarse porque hay un nuevo dato en la investigación de un crimen. Sin explicaciones, ni aún cuando él la llama para cuestionar su decisión o la busca en la ciudad de Seattle.

El otro es su hijo Jack. Como mencionamos anteriormente, con el que tiene una relación difícil, es un adolescente y ella una madre muy complicada. Sarah está sola con la crianza de Jack, dado que el padre del adolescente los ha abandonado. Jack la quiere, la cuida, la protege y hace él lo necesario para que los encargados de protección de menores no lo separen de ella. Se enoja mucho con ella, no entiende su modo pero la sigue y soporta sus “locuras”: horarios extraños de trabajo, excesos en los casos, cambios repentinos de decisiones respecto del lugar donde van viviendo. Lo lleva de un lado al otro, lo expone, lo desarraiga de la casa, viven en moteles, en el barco de la asistente social, en la casa de Holder, en la de algún compañero de la escuela. Pero fiel a su estilo, Sarah no lo abandona. Ante la exigencia del padre que después de 11 años aparece y quiere llevarlo a vivir con él, dado a que entiende que Sarah no puede hacerse cargo, ella en una discusión con Jack le dice frente al cuestionamiento de porqué no lo deja ir: “porque eres mi hijo y me perteneces, hace 11 años forjamos esta vida juntos y no voy a renunciar a ti, eres mi hijo” (temporada 2, episodio 2).

Si bien es una madre muy singular, Linden se ocupa de su hijo, se preocupa cuando no aparece, responde a los llamados de la escuela, lo deja al cuidado de quien más confía (Regi, la asistente social de ella), atiende sus éxitos, le pregunta cosas convencionales a pesar de no conversar, se ocupa de saber dónde está y con quién está. Sigue sus pasos, registra con quienes se lleva bien y con quienes no, le enseña a defenderse y relacionarse con sus amigos; e incluso cuándo llega el momento en que el padre del chico retoma contacto y éste se muestra interesado en vivir con él, ella accede, a pesar de sus dolores y preocupaciones. No lo abandona, sino que lo deja ir porque entiende que tendrá una mejor vida. Consiente con la partida, y aparece una felxibilidad respecto a la rigidez del no abandonar, que la distancia de la locura.

En la temporada siguiente cuando en una de las visitas, Jack nos muestra que no sólo quiere a su madre, sino que le reconoce el esfuerzo que hace y que él se preocupa por ella, le dice: “¿vas a estar bien? ¿vas a cuidarte cuando yo regrese a casa?”. Sarah no responde, le sonríe y agrega frente a una nueva partida, que “él es lo mejor que tiene”. Además, este joven, se desarrolla como un joven “típicamente neurótico”, en su relación al saber (la escuela), los amigos, y el amor adolescente. Por eso, pensamos a Sarah como una madre no-toda, le interesa su hijo, se ocupa de él, pero también algo más la orienta (a veces un hombre y principalmente su trabajo). Esto le posibilita no hacer de su hijo un objeto del fantasma o un desecho, a pesar de la relación estragante con su propia madre.

Siguiendo con los hombres de Sarah, encontramos una relación anterior con su jefe, que reaparece cada vez, a pesar de tener su propia familia. Ellos han sido amantes por mucho tiempo. Es un lazo que existió en el pasado y que vuelve a encontrar a partir del caso de las jovencitas de la calle que son asesinadas. Sarah parece estar dispuesta a mucho con este hombre, hasta que descubre que es su jefe el asesino y termina matándolo.

Y finalmente, un hombre clave, ese que podemos llamar su partenaire: Holder; ya que es el único por quién Sarah conmueve su empuje a “correr del otro”. Él es un hombre distinto. A lo largo de la serie y con la particularidad de Linden van creando un lazo siempre en movimiento. Él nunca se va, siempre está presente aún sin que ella lo convoque, como cuando la va a buscarla al aeropuerto (mencionada en apartado anterior). Holder la conoce, incluso su expediente en el que consta su internación psiquiátrica. Sin embargo no le teme, no la cuestiona, pero sí la interpela. En el momento en que ella alejada del servicio le dice que le gusta esa otra vida, Holder le pregunta “¿sí, enserio te gusta esta vida fuera de la policía?”; y deja “olvidado” un caso que sabe la convocará de nuevo en lo que a ella le gusta y sabe hacer.

Holder la saca del psiquiátrico cuando hay una segunda internación para alejarla de un caso. Holder la aloja cuando no tiene casa y ha huído del motel en el que está porque corre peligro. Holder va a buscar a Regi, la asistente social para que le indique cómo puede ayudarla. Holder cuida que coma cuando ve que se está dejando absorber demasiado por un caso. Hasta incluso, es él con quien mejor se lleva su hijo Jack.

Holder permanece aún cuando ella lo aparta, o lo ignora porque sospecha que la ha delatado del crimen de su jefe. Holder la quiere y la desea. En algún momento intenta besarla y le dice que no va a volver a intentarlo cuándo Sarah lo rechaza. Hay tensión entre ellos, permanente. En un momento Holder que hace todo para que le firme su psiquiatra el alta de la internación, le dice al salir de la clínica: “soy tu sensei en el deporte sangriento de la vida por eso no vas a volverte loca” (temporada 2, episodio 12).

Holder, que en inglés quiere decir sostén, sostener, alojar, tomar, abrazar; es un acontecimiento diferente en la vida de Sarah, un hombre que posee un saber hacer con ella, que sabe que necesita mantenerse a distancia para no provocar en ella la huída. Un hombre que la mira pero no la invade, que la cuida pero no la asfixia, un hombre que incluso le dice que ella es una buena madre, y que la acompaña y toma el lugar “de padre” aliviándola en algunas situaciones en las que él se acerca a Jack. Un hombre que no toma lugar del relevo de la madre y por eso puede ofrecerse para que ella logre finalmente separarse de las consecuencias del estrago, pudiendo quedarse y confiar en que no será abandona. En el último episodio él le dice “quédate”, y ella finalmente consiente a tomar el mayor riesgo de su vida que es hacerlo, volviendo a él.

Marco teórico: El estrago

Si bien el análisis de la serie nos llevaba en un primer momento a interrogarnos por la diferencia entre histeria rígida y psicosis ordinaria; dejamos de lado estos conceptos en el transitar de la investigación, ya que las características de Sarah responden mejor a las consecuencias del estrago materno en la histeria. Estas consecuencias generaban confusión en el diagnóstico estructural sobretodo en la primera temporada; pero luego conocer detalles de su historia y analizarla, nos orientan de otro modo.

Para esto nos basamos en la investigación que Marie Helene Brousse realiza y que condensa en un artículo titulado “Una dificultad en el análisis de las mujeres: el estrago de la relación con la madre”, publicado en la revista Ética y Cine volumen 7 n 2, del año 2017 páginas 29 a 35. En este artículo sigue la indicación de Lacan en el Atolondradicho que refiere “al estrago que constituye para la mujer la relación con la madre” (Lacan, 1972). Del mismo tomaremos aquellas precisiones que nos permiten acercarnos un poco más a la comprensión de un concepto tan complejo como es el de Estrago, localizando algunas puntuaciones en el personaje de Sarah Linden.

Sabemos ya desde Freud que hay en la relación precoz de la niña con la madre algo consistente que no termina de disolverse o incorporarse en el desarrollo edípico. Esa situación tienen que ver para Freud con que la madre no le transmite las herramientas para saber ser mujer y que Lacan define como un goce enigmático en la madre, que no es totalmente absorbido en la metáfora que recorta, regula ese deseo, por lo que dejará marcas imborrables en ella. Lacan plantea entonces que hay un reclamo a la madre que no tiene respuesta. El deseo de la madre es por ende una gran X. También se pregunta, según M. H. Brousse, que hace que un sujeto se haya visto llevado a convertirse o no en quien responda a esa X que es el deseo de la madre.

El problema entonces se sitúa en el campo del deseo de la madre que comporta esa zona oscura, no saturada por el N.P y como tal sin límite definido. Un deseo que está lejos de ser completado por el significante y aparece por lo tanto, a su lado, un goce desconocido; femenino: no reductible al deseo, refractario al límite simbólico. Así vemos que la madre es no toda fálica: Ubicada por ser madre del lado fálico pero con un goce que no se somete al registro del falo. El estrago aparece en el punto de goce enigmático percibido en la madre por la hija.

El sujeto, la niña, la mujer, en este caso Sarah, busca saber qué orienta el deseo de la madre para poder calcular su lugar. Esta dialéctica comporta un tercero que permite al niño ser demandado o no. Más allá de la captura imaginaria algo permite al niño ser significado. Ese algo es un símbolo, un significante para hacerse reconocer. En todos los casos, nos dice M. H. B, la relación madre -hija se centra en la reivindicación fálica para la que hay distintas respuestas. En todos los casos, continúa, el estrago está vinculado al intercambio fálico porque algo en la madre ha escapado a la ley simbólica que la habría hecho entrar en la estructura del intercambio y es por eso que ella tiende a permanecer como Otro real, Otro del goce.

La relación se sitúa en el campo simbólico; aún la referencia a la no palabra introduce el orden mismo del lenguaje (en el fort da, ya el Otro está allí). Brousse nos ofrece un detalle precioso: “la singularidad no ha de buscarse a partir de una relación que escaparía al discurso, que estaría en contacto con lo real, lo que llevaría a identificar estrago y psicosis” (2017, pág 32). Ella especifica el tipo de emergencia singular del lenguaje en el sujeto. “El estrago toca esa marca particular en que el lenguaje emerge”. Compete a los confines de esa marcación simbólica” (2017, pág 32). Luego sigue “diferentes emergencias que dan lugar a destinos estructurales y síntomas muy diversos cuyo punto en común es de entrada la conexión de la palabra con lo sexual como traumático, como la experiencia pulsional del sujeto” (2017, pág 32).

La palabra del otro materno está asociada a una experiencia de goce. Esta emergencia de marca en el cuerpo por un significante, se efectúa bajo la forma de un enigma y consagra la creencia inquebrantable de la omnipresencia de un Otro no castrado, de una madre que escapa a la castración y que presenta al sujeto una alternativa mortal: el rechazo o la integración de su producto por la generadora. Algo de la X del deseo materno toma siempre el valor de la muerte, no importa cual fuese la estructura de un sujeto femenino, las contingencias de su historia o sus síntomas. Como se puede verificar en los análisis, dice Eric Laurent, a pesar de que las hijas experimentan “ese lado oscuro de la x”, traducido como rechazo, siguen enlazadas en una reivindicación absoluta, sin límites. Freud llamaba a esto “cicatriz”, en tanto la castración de entrada en la mujer, como nombre que representa lo irrepresentable femenino.

Orientadas por el artículo que establece una relación entre Estrago y Arrebato, podemos pensar esos momentos de extravíos de Sarah, como manifestaciones del estrago. Nos dice Miller respecto del planteo de Lacan sobre el Arrebato de Lol, que “El arrebato es una forma de pérdida corporal no simbolizada por el significante fálico (…) Una no inscripción del cuerpo en el deseo del Otro (…) Es un no lugar en el Otro " (Brousse, 2017, pág 33). En el momento del arrebato/extravío, el sujeto queda atrapado en un goce que no tiene del falo su consistencia.

Finaliza M.H. Brousse diciendo: “El sujeto está desposeído de su lugar; y este lugar que no existe puede declinarse como palabra, reduciendo el sujeto al silencio, como cuerpo en exceso, como cuerpo desfalicizado, como errancia, como fenómeno de despersonalización. Esta cuestión del cuerpo devela la cara narcisista del estrago, que ve acrecentada su potencia porque el sujeto no ha hecho su duelo de la madre del fetiche que no ha entrado en el intercambio: es el falo como significante y no como fetiche el que vuelve posible el intercambio, incluido el de las mujeres” (2017, pág 33). En consecuencia, “una característica de estos sujetos es su dificultad en la vida amorosa (…) a consentir, poner en juego su cuerpo en el intercambio simbólico (…) que se declina en la relación sexual y en la maternidad. Dificultad de dar o de prestarse” (Brousse, 2017, pág. 34).

Este recorte, a modo de marco conceptual, ha orientado nuestra mirada de la serie y el análisis de Sarah Linden. Resta entonces la extracción de algunas reflexiones finales.

Conclusión

Nuestro planteo inicial era buscar en Sarah aquellos detalles que pudieran dar cuenta de la histeria, y no dejarnos llevar por la fascinación de la aparente “locura” en los primeros episodios. Consideramos que esta hipótesis la hemos confirmado a lo largo del desarrollo del trabajo. Primero, porque en relación al tener, pensamos a Sarah como “una mujer pobre”, que tiene no teniendo. Segundo, porque podemos ubicar que todo su actuar, todo su ser, es un intento de responder el enigma por el deseo de su madre, en este caso traducido en el abandono. Tercero, porque el encuentro con un hombre diferente, que no asume el relevo de la posición de la madre en el estrago del abandono, le permite consentir al amor, de tal forma que el “goce de huir-correr condescienda al deseo de quedarse y constituir un hogar”.

Asimismo, como espectadoras de esta serie, podemos reconocer en ella un policial bastante singular; toque que lo da el estilo de Linden como detective; estilo que no podemos desprender de la respuesta a la pregunta por lo femenino del lado de la histeria. A diferencia de otras producciones de su género, esta serie no hace un desarrollo metonímico y acumulativo de casos. Se detiene en 3 grandes crímenes, los desarrolla en profundidad, moviliza preguntas en actores y espectadores respecto a la verdad, el crimen, la justicia, la política; se muestra el modo de resolver los casos, pero también de como ocuparse del acompañamiento del otro que queda, aunque el caso esté cerrado. En ese sentido, al igual que el discurso histérico, la serie y Linden instalan la pregunta y la producción de un saber, que nos hacen hablar y pensar.

Esto nos enseña que la marca de la emergencia de la palabra en el cuerpo (estrago), que en este caso es el significante abandono, no tiene un destino lineal, que lo enlaza con lo peor. Sarah logra torcer este designio mortificante, al darle al abandono un significado diferente que la alinea con la eficiencia de su trabajo. En ese saber hacer encuentra un lugar distinto entre los otros. Ser detective es el nombre, la solución que desarrolla, para poder delimitar lo real de la palabra que marcó su destino.

* El trabajo es producto de las conversaciones en el marco del Programa de Investigación “Cine, Psicoanálisis y otras miradas”, de la Fundación CIEC.

Bibliografia

Bassols, Miquel (2017). “Lo femenino, entre centro y ausencia”. Editorial Gramma. Buenos Aires, Argentina.

Brousse, Marie-Hélène (2017). “Una dificultad en el análisis de las mujeres: el estrago de la relación con la madre”. En Revista Ética y Cine, Volumen 7, Nº 2, pág 29-35.

Gabriela Grimbaud (2015). “Acto y Privación”. En Mujeres de Papel. Literatura y Psicoanálisis, pág. 167 a 184. Editorial Gramma. Buenos Aires, Argentina.

Lacan, Jacques (1957) “El Psicoanálisis y su enseñanza”. En Escritos I (2010). Editorial Siglo XXI. Buenos Aires, Argentina.

Lacan, Jacques (1960-61). Seminario 8: “La Transferencia” (2008). Editorial Paidós. Buenos Aires, Argentina.

Lacan, Jacques (1972) “El Atolondradicho”. En Otros Escritos (2012). Editorial Paidós. Buenos Aires, Argentina.

Sánchez, Blanca (2014) “El empuje a la mujer y las estructuras clínicas”. En Revista Digital de EOL Argentina, Virtualia, Nº 29.

Schejtman, Fabián y Godoy, Claudio (2008). “La histeria en el último período de la enseñanza de J. Lacan”. En Anuario de Investigaciones, Facultad de Psicología de la UBA, Volumen 15, pág 121 a 125.


NOTAS

[1Suzanne cuenta que “cierto día, en una sesión, yo estaba contándole a Lacan un sueño que había tenido y le dije "Todas las mañanas me despierto a las 5 en punto", y agregué "A las 5 en punto era cuanto la Gestapo (se pronuncia "yestapó") iba a capturar a los judíos en sus casas". En ese momento Lacan saltó de su asiento, se acercó a mí, y me hizo una caricia muy suave en la mejilla. La entendí como un "gesto en piel" ("geste à peau" se pronuncia "yestapó") (…) Un gesto extraordinariamente tierno. Y esa sorpresa no disminuyó el dolor pero lo convirtió en otra cosa. Fue también un gesto que constituía un llamado de humanidad, algo así”… En (http://www.eol.org.ar/template.asp?Sec=jornadas&SubSec=jornadas_eol&File=jornadas_eol/022/Boletines/14.html).






COMENTARIOS

Mensaje de Marisa Fuentes  » 23 de septiembre de 2018 » marisaf2@live.com.ar 

Excelente trabajo! El análisis acertado de Sarah Linden nos permite entender las vicisitudes de las personas que maternan y desempeñan un rol de relevancia en la sociedad en la época actual.
Respecto de su subjetividad, en el análisis se la entiende como la mujer pobre. La cita “Una mujer tiene agallas porque no tiene nada que perder” de alguna manera nos debería invitar a pensar una realidad que vivimos desde hace algunas décadas: la opresión del sistema patriarcal sobre las mujeres progresivamente va no solo visibilizándose, sino también debilitándose. Sarah, despojada y despreocupada por el brillo fálico tiene una meta en cada temporada que excede lo que se espera de ella. Su entorno la espera sensible, buena madre, cuerda, sin embargo ella se arriesga a ser fría, abandonica y loca con tal de lograr su objetivo. El modelo de heroína para las mujeres actuales es una mujer que cristaliza el poder de una institución esencialmente “masculina” como es el poder policiaco, mientras el héroe masculino es alguien con súper poderes, extraterrestre.
Esta desigualdad de oportunidad que el patriarcado nos viene marcando como norma, también se lee en otras ficciones como es Avengers, donde los superhéroes tienen un tinte mágico y extraordinario, mientras que la única integrante femenina es una espía (es decir que es alguien alguien que con sus “encantos” engaña, defrauda, miente).
Por eso celebro la aparición de Linden como protagonista de un policial no solo sin los clichés destinados para los personajes femeninos, sino que tal vez desde la locura pero sin duda sienta un precedente en tanto avanza sin importar el contexto. El apellido de Sarah tal vez no casualmente nos remite al termino linger (en inglés persistir, permanecer).



Mensaje de Alba Noemí Novoa  » 23 de septiembre de 2018 » noemi.novoa@hotmail.com 

Hermoso trabajo que invita a repensar las maneras de fundamentar el diagnóstico de histeria en la actualidad.

Interesante reflexión sobre el intento de responder el enigma por el deseo de su madre, traducido en el abandono. Podríamos pensar el ser detective como vehículo para poder buscar, investigar siempre.

Excelente recorrido.



Mensaje de PILAR  » 22 de septiembre de 2018 » MOLINAPILAR.95@GMAIL.COM 

Me pareció un trabajo muy interesante, en el modo de abordar la dificultad de establecer un diagnostico, en este caso el de Sarah Linden, quien se ubica en la delgada linea que diferencia una psicosis ordinaria de una histeria. Esta problemática me parece interesante de abordar ya que comprende una de las dificultades de la clínica psicoanalítica. Por otra parte el abordaje del estrago materno y la posibilidad de hacerse un nombre a partir del trabajo es muy pertinente.

En una linea totalmente diversa, pienso que es un articulo muy plausible para pensar la noción de Trabajo, y diversas problemáticas como, alienación laboral, meritocracia y "home office", como nuevas modalidades de trabajo, que van absorbiendo la totalidad de la vida de los sujetos, quedando estos envueltos en el rol laboral, y cómo bajo el lema de la felicidad, se ubica la esclavitud absoluta y la captura de la privacidad y el oseo de los sujetos. En esta serie pienso que podría pensarse así el personaje de "detective" que significa la vida entera de esta mujer.



Mensaje de María Buteler  » 3 de septiembre de 2018 » rosmarbut@Hotmail.com 

Bellísimo trabajo. Escrito de una manera clara, amena y movilizante. Me gustaron mucho los detalles que pudieron situar para pensar a la protagonista como un caso de histeria, sin quedar atrapadas en "la fascinación de la aparente locura" que aparece al principio. Este artículo es para mí de gran valor clínico.



Mensaje de Mariana Gómez  » 2 de septiembre de 2018 » margo@ffyh.unc.edu.ar 

Muy interesante y exhaustivo trabajo. Logra, con las referencias pertinentes, demostrar su hipótesis de trabajo y teorizar sobre la histeria y el goce femenino en la subjetividad actual.

Como contrapunto, sugiero la excelente serie británica Marcella. Una serie, hasta el momento, de dos temporadas que trabaja, de igual modo que The Killing. Cada temporada se trata de descubrir al criminal, resolver un único caso. La primera, aborda la cuestión de los femicidios, y la segunda la del abuso y maltrato infantil. Marcella se parece a Sara en muchos de los rasgos y posiciones descriptas en este articulo. Sin embargo, y a diferencia de ésta, Marcella empujada por un sufrimiento que no la abandona, revelará su psicosis al final de la segunda temporada.



Mensaje de adriana katsuda  » 9 de agosto de 2018 » adriana.katsuda@hotmail.com 

Un trabajo excelente por la claridad para diferenciar la psicosis de la histeria. Me aclaro el vínculo entre el goce femenino y el estrago materno. Una enseñanza que me obliga a profundizar la enseñanza de Lacan sobre el goce no todo.



Mensaje de Agustina  » 7 de agosto de 2018 » albertocchiagustina@hotmail.com 

excelente texto y recorrido donde se parte de algunas ideas sobre el posible diagnostico a preguntarse por la lo que hace a la locura, aún en cierto marco que supone algunas referencias. interesantisimas preguntas!



Película:The Killing

Titulo Original:The Killing

Director: Veena Sud

Año: 2011-2014

Pais: USA | Canadá

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