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Soñarse una muerte digna

por Noailles, Gervasio, Piasek, Sebastián

Facultad de Psicología. Universidad de Buenos Aires

Resumen

A partir del visionado de la serie Breaking Bad, dirigida por Vince Gilligan y estrenada en el año 2008, el presente trabajo pretende analizar el modo en que el personaje de Walter White construye, a través de una suerte de sueño diurno, una historia distinta a la que parece determinarlo en el inicio de la misma. Para ello, nos serviremos de las Tesis sobre el cuento que Ricardo Piglia establece para demostrar cómo un relato siempre entrelaza diversas historias, para luego realizar un breve análisis comparativo entre la serie norteamericana y el cuento El Sur, de Jorge Luis Borges, en la medida en que consideramos hay entre ambas producciones un punto claro en común: en ellas vislumbramos una historia primera, que nos introduce a la vida y las penurias de Walter White y Juan Dahlmann respectivamente, para luego leer en la continuidad del relato la irrupción de una segunda historia, del orden de una producción onírica. Esta segunda historia implica en última instancia, tanto para uno como para el otro, una muerte más digna a nivel simbólico en relación a aquella que parece avecinarse para ambos en el escenario inicial.

Palabras Clave: Breaking | Historias | Muerte | Sueño

Breaking Bad. Soñarse una muerte digna.

El inicio de la serie norteamericana “Breaking Bad”, dirigida por Vince Gilligan y estrenada en el año 2008, nos presenta en pocos minutos un escenario desolador; el personaje principal de la serie recibe, a pocos meses del nacimiento de su segundo hijo, una noticia espantosa: le han pronosticado un cáncer de pulmón inoperable cuyo tratamiento no sólo tendrá muy probablemente fuertes repercusiones sobre su cuerpo, sino también sobre su economía. Como si esto fuera poco, Walter White debe también soportar los maltratos del dueño del lavadero de autos en el que trabaja por las tardes, para compensar el pésimo sueldo que percibe como maestro de química en una escuela secundaria. El futuro se presenta en todo sentido oscuro para él y su familia: un hijo con dificultades motrices, otro por venir y una enfermedad avanzada con difícil pronóstico.

Para Walter, en esta instancia, no parece haber otra alternativa que la de someterse a la burocracia característica del sistema médico norteamericano, que administrará, mientras él pueda costearlo, las dosis de quimioterapia, rayos, analgésicos, antidepresivos y calmantes necesarios para que su vida poco a poco se diluya, al ritmo de una lógica médica que aplica protocolos de forma eficaz, pero que desoye por completo al sujeto.

Es precisamente a partir de aquella instancia, todavía en el primer capítulo de la serie, que se presenta en Walter una (otra) alternativa posible. Por obra del azar participa pasivamente en un allanamiento realizado por su cuñado, agente de la DEA, a partir de cuyo escenario su vida sufre una fuerte transformación: Walter sabe que puede manejar el arte de la química como pocos. Se asocia con Jesse Pinkman, un ex alumno de su clase que se encuentra inmerso en el mundo del contrabando, y que bien podría tener la edad de su hijo. Comienza a producir drogas sintéticas. Las vende. Negocia con carteles internacionales de droga. Crea su propio cartel. El cáncer parece revertir.

La vida de Walter abandona poco a poco ese tono de pesadilla de las primeras escenas para transformarse paulatinamente en un sueño. Abandona la postura sumisa, casi lastimosa, que lo atrapaba hacía tantos años y se erige lentamente, a fuerza de golpes y bajo el seudónimo Heisenberg, en un experto en el contrabando de metanfetamina. Disfruta de sus hazañas. Detrás de la máscara de su nuevo alter ego, se siente vivo por primera vez en muchos años.

Si bien esta suerte de sueño lo separa de forma trágica de su familia y termina finalmente con su fallecimiento, Walter no muere en una sala fría de hospital, arrasado por los efectos secundarios de los rayos y la quimioterapia, reducido a un objeto sobre el que los médicos pudieran aplicar protocolos que sólo responden a la estadística.

Si bien es claro que su familia debe atravesar una serie de infortunios directamente derivados de su accionar, Walter White entrega su vida de forma un tanto heroica: deja un legado oculto de millones de dólares a su esposa para que pueda cuidar de sus hijos y continuar con su vida, y luego salva, en la última secuencia de la serie, a esa suerte de hijo putativo que protegió (y también lastimó) a lo largo de toda la historia.

En este sentido, la serie nos muestra el modo en que Walter sueña para sí mismo (¿se sueña?) una muerte digna. En este punto creemos importante aclarar que al hablar de muerte digna no hacemos referencia explícita a su significado en términos jurídicos [1], que remite al derecho que tiene un paciente (o sus parientes cercanos, según corresponda) de no prolongar su vida indefinidamente cuando éste claramente, a juzgar por el criterio médico, atraviesa los últimos días de una enfermedad terminal. Si bien el pronóstico que le informan a Walter White en aquellas primeras escenas del primer capítulo de la serie es muy negativo –en la medida en que el cáncer pulmonar se muestra inoperable– no podemos aún hablar, a nivel estrictamente jurídico, de ningún derecho que pudiera facilitar en él la posibilidad de acceder a métodos eutanásicos para interrumpir su vida. Más aún, con el paso del tiempo la enfermedad parece remitir, al punto de que no es hasta las últimas temporadas que Walter comienza a sufrir nuevamente inconvenientes físicos relacionados al cáncer de pulmón.

Por el contrario, apuntamos en esta lectura a problematizar el concepto de una muerte más digna en el sentido pleno de la expresión: un escenario que implique a nivel simbólico un camino no necesariamente más sano respecto del que se vislumbra para Walter en aquellas primeras escenas de la serie (no podríamos afirmar que las situaciones a las que Walter se somete, y menos aún a las que somete a su familia, puedan calificarse como del orden de algo sano), pero sí quizás en mayor concordancia con las marcas o fijaciones inconscientes que lo sostienen como sujeto: menos alienado, o acaso menos determinado, por el sufrimiento que parecía sofocarlo en las imágenes que vemos al inicio de la serie.

La referencia a “soñarse una muerte digna” ha sido extraída del análisis que desarrolla Ricardo Piglia en su Tesis sobre el cuento (Piglia, 2013), y aplicada específicamente al cuento “El Sur” de Jorge Luis Borges (1953), en el que un solitario bibliotecario municipal llamado Juan Dahlmann sufre una septicemia a raíz de un pequeño y casi imperceptible raspón en la frente. Luego de una larga y penosa estadía en el hospital, unas pocas páginas más tarde el mismo Dahlmann enfrenta heroicamente la muerte a manos de un cuchillero del sur de la Provincia de Buenos Aires, que a modo de provocación le arrojaba miguitas de pan en la misma frente que le había producido la septicemia y derivado en la internación hospitalaria tiempo atrás. Piglia interviene allí con una operación de lectura que vislumbra, en el cuento de Borges, un modo de soñarse una muerte acaso más digna, otra historia: en vez de fallecer en un hospital a causa de una infección generalizada, Juan Dahlmann sueña un viaje al sur, sueña que le tiran migas de pan en la frente y sueña también que puede vengarlas y enfrentar la muerte con valentía.

Recordemos que Sigmund Freud (1900) sostiene que la función del sueño es preservar el dormir, motivo por el cual se incorporarán al contenido manifiesto del sueño todos aquellos detalles que podrían despertar al soñante. Esta referencia nos sirve de soporte para entender las migas de pan que casualmente impactan contra la misma frente que había sufrido el raspón, y que lo habían llevado a Dahlmann a una muerte segura.

De esta forma, así como Walter White desarrolla en Heisenberg una suerte de alter ego para torcer el rumbo de su historia, el personaje del cuento de Borges encarna en ese soñar la valentía de su abuelo materno, que había luchado en la infantería y muerto a manos de los Indios Catriel, para enfrentar a su oponente en una contienda de campo que poco sentido habría tenido, en la vigilia, en su vida cotidiana, para un simple bibliotecario de ciudad.

Vale en este punto recordar las Tesis sobre el cuento de Ricardo Piglia, quien cita el cuaderno de notas de Chejov: "Un hombre, en Montecarlo, va al casino, gana un millón, vuelve a casa, se suicida". Este cuento nunca escrito por Chejov va contra lo previsible (jugar; perder todo; suicidarse). Es decir, para comprender por qué un hombre que gana en el casino se suicida, será necesario desplegar una trama oculta en el cuento. A partir de eso Piglia define su primera tesis: un cuento siempre cuenta dos historias. Un buen cuento, entonces, será aquel en que parece leerse sólo una historia, y es sólo al final que se adivina la segunda, la trama secreta; oculta; la más importante. El cuento entonces se entiende como un relato que encierra otro relato secreto:

Cada una de las dos historias se cuenta de un modo distinto. Trabajar con dos historias quiere decir trabajar con dos sistemas diferentes de causalidad. Los mismos acontecimientos entran simultáneamente en dos lógicas narrativas antagónicas. Los elementos esenciales del cuento tienen doble función y son usados de manera distinta en cada una de las dos historias. Los puntos de cruce son el fundamento de la construcción. (Piglia, 2013)

Esta misma lógica puede aplicarse al discurso de un paciente en una sesión analítica. Hay allí un relato consciente, yoico. La función del analista será señalar los pasajes de la trama explícita a aquella otra trama oculta de la que sólo el paciente sabe pero que, de no ser por el trabajo en análisis, no sabe que sabe. Una buena sesión, al igual que un buen cuento o una buena serie, será aquella en la que finalmente se devele algo que estaba oculto, pero que al mismo tiempo había provisto “pistas” suficientes para que pueda ser leído y acaso nominado por el analista, paciente, lector o espectador. Esto se relaciona íntimamente con la segunda tesis de Piglia sobre el cuento, según la cual “El efecto de sorpresa se produce cuando el final de la historia secreta aparece en la superficie” (Piglia, op. cit), en la medida en que es precisamente ese efecto sorpresa el que se percibe en las buenas sesiones de análisis a las que todo psicoanalista apunta.

Si, según la lectura propuesta, la serie de Gilligan ilustra un intento de Walter de soñarse una muerte digna, una historia distinta, esto es en parte porque sólo por medio del sueño podrá escapar de esa pesadilla diurna a la que lo somete no sólo su enfermedad, sino también el sistema de salud de los Estados Unidos, en el que es la economía la que regula la administración de los recursos de salud. Pero también es así porque en ese sueño, como en cualquier otro, se pone en juego algo del orden de un deseo inconsciente. En este sentido, gran parte del trabajo de la interpretación del sueño estaría focalizado en indagar por qué eso que hemos propuesto pensar como del orden de una producción onírica –aún en la vigilia– construye a Heisenberg, un personaje que, si bien puede ser entrañable en ciertos aspectos, dista mucho de ser un ciudadano modelo.

Entonces, ¿Qué sucede en ese pasaje de White a Heisenberg, que nos lleva a hablar de una muerte más digna? ¿Es acaso el dinero que lega a su familia lo que dignifica el escenario, y nos permite hablar de un sujeto advenido? El mismo desarrollo de la trama nos asiste en un primer acercamiento a la respuesta: si la transformación del escenario estuviera atada estrictamente a una variable de índole financiera, Walter muy probablemente habría interrumpido la producción de metanfetaminas poco después de alcanzar el objetivo económico que se había planteado originalmente. No es una cuestión de codicia lo que hace mella en él. El escenario se ve trastocado en la medida en que Walter encuentra, en Heisenberg, una fachada imaginaria para ocupar una posición distinta ante su vida.

Sólo de esa forma logra escapar de la cárcel que, incluso antes del cáncer de pulmón, ya implicaban sus dos trabajos diarios, el desinterés de sus alumnos, aquel frustrado negocio en el mundo de la química (muchos años atrás, cuando era joven) y sus profundas dificultades económicas. A través de esta fachada se puede vislumbrar, mucho más allá de las atrocidades que llevan a cabo junto a Jesse, una posición acaso más deseante en Walter White: se corre del lugar de objeto que le cabe en el tramo inicial de la serie –característico de un padre golpeado, indefenso, poco potente– para asumir una posición más cercana a su deseo.

Es cierto que hay determinaciones narcisistas allí –podemos ver los efectos de esas determinaciones en el transcurso de toda la historia– pero tan cierto como que las hay siempre que hablemos de un sujeto. No es hasta el final de la serie, es decir hacia el final de su vida, que Walter puede nominar, en las últimas palabras que intercambia con la madre de sus hijos, este cambio de postura respecto de la vida que llevaba hasta comenzar a producir drogas: deja de lado el discurso moralista que sostenía hasta entonces sobre la idea de que todo lo que había hecho, lo había hecho por su familia, y reconoce, sentencia al fin: “Lo hice por mí. Me gustaba. Era bueno haciéndolo y de verdad… me sentía vivo”. Lo afirma sin dudar una palabra y entonces se dirige, como Dahlmann, sin más, hacia su último acto; hacia una muerte segura, pero acaso más digna.

Bibliografía

Freud, S (1994). La interpretación de los sueños. En Sigmund Freud, Obras Completas. Tomo IV. Amorrortu Editores, Buenos Aires.

Piglia, R (2013). Tesis sobre el cuento. En https://narrativabreve.com/2013/12/tesis-sobre-cuento-ricardo-piglia.html

Borges, J. L. (1953) El sur. En Ficciones. Buenos Aires, Ed. Sur (1956)

Lacan, J. (1958-1959) El Seminario. Libro 6. El deseo y su interpretación. Buenos Aires, Ed. Paidós.



NOTAS

[1En nuestro país rige desde el año 2012, por caso, la Ley 26.742 de Muerte digna.





COMENTARIOS

Mensaje de maria laura gonzalez  » 25 de septiembre de 2017 » mlauragonzalez@hotmail.es 

Muy buen analisis de esta serie norteamaericana junto con la literatura me parece que tiene una mirada que en loo personal no lo habia tomado, muchas gracias por acotar este conocimiento-.



Mensaje de Sebastián Piasek  » 21 de septiembre de 2017 » sebastianlpiasek@gmail.com 

Hola Moisés,

Muchas gracias por el comentario, muy interesante por cierto. Efectivamente, como vos decís, pareciera que el golpe que recibe Walter en ese primer episodio lo despierta de un letargo casi eterno, de una vida a la sombra de lo que pudo ser. Creo que, en ese sentido, Gilligan hace un excelente trabajo descubriendo poco a poco, a medida que transcurre la serie, las determinaciones varias que habían hundido a Walter en esta suerte de muerte en vida, valga el verso, como por ejemplo su decisión de separarse de sus socios, muchos años atrás, en aquel proyecto que terminó por consagrar a los otros de forma casi burda. Pero lo interesante de esto, creo yo, es que lejos de buscar tomar venganza hacia todo y todos aquellos que lo habían hundido en esta situación, Walter toma posición y deviene sujeto, haciendo finalmente algo con su vida. Desde que deja de temer a la muerte, se hace responsable de sus decisiones y con esto se abren las condiciones de posibilidad para tomar otras, nuevas decisiones.

Tan interesante como problemático es el escenario –y creo que por esto mismo podríamos seguir trabajando el tema por días y días– que al mismo tiempo implica o envuelve una serie de acciones que, desde un punto de vista moral (y no tanto, en la medida en que lastima directamente a quienes ama con locura) se podrían fácilmente tildar de egoístas, narcisistas, etc. En este sentido, vale también decirlo, no sólo no paga deuda alguna a su familia, sino que por el contrario los endeuda a nivel estrictamente simbólico: Sí, su hijo, e incluso también su hija recién nacida –cuando crezca lo suficiente como para intentar dimensionar a ese padre muerto– podrían eventualmente llegar a la misma conclusión a la que estamos arribando nosotros, pero nada de eso revierte el dolor que atravesaron, especialmente el primero y Skyler, durante los años en que realmente vivió –en el sentido más político de la palabra vida, el que vos mismo utilizas en tu comentario– Walter en la piel de Heisenberg. Creo que, ni más ni menos, esta encrucijada nos abre camino al valor que la trama de Gilligan tiene en todo sentido: cómo la vía del deseo no necesariamente –o no siempre, en cualquier caso– se condice con algo de lo que podríamos esperar de un padre en función. Hizo lo que pudo, y fue mucho más de lo que había hecho hasta que la enfermedad lo golpeó.

Saludos,
Sebastián Piasek



Mensaje de Moisés Torres López  » 8 de agosto de 2017 » moycaz86@hotmail.com 

Gran combinación-comparación entre la serie Breaking Bad y la literatura,
El asunto "problemático" por así nombrarlo, que se observa en el personaje de Walter White, es esta pregunta por la muerte. Paradógicamente, una vez que Walter es notificado de su estado de salud, es decir, una vez que recibe la noticia de una posibilidad de muerte cercana por el estado del cancer que le acompaña, Walter comienza a vivir.
A través del aporte de Lacan con respecto a la estructura obsesiva, se observa que Walter, antes de recibir la noticia de su posible no-existencia, de alguna forma ya se encontraba muerto, es evidente al mostrarse como un sujeto "dejado, mediocre, pasivo, etc" entre otros adjetivos que podrían describir su no apropiación por la vida como si "estuviera esperando algo" "como si se hiciera el muerto"
Uno de los elementos que más me llaman la atención de la dinámica del personaje es este despertar, revivir, de su sexualidad puesta en escena en los primeros episodios, una vez que comienza a correr riesgos, tener aventuras, etc, es decir; a vivir.
Posteriormente, después del largo atravesar de circunstancias, al final de la historia parece que Walter, como bien menciona el texto del compañero Sebastian, adquiere una dignidad en su muerte, De algún modo se percibe que Walter, paga sus deudas no con la familia, sino consigo mismo y puede morir aceptando que "hizo lo que quiso" ya no lo que "tenía que hacer".



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Película:Breaking Bad

Titulo Original:Breaking Bad

Director: Vince Gilligan

Año: 2008

Pais: Estados Unidos