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Trece en el circuito de la responsabilidad: El deseo de vivir y la emergencia de un sujeto

por Baier Sofia, Di Nanno Araujo Carolina

Universidad de Buenos Aires

Resumen

En el siguiente trabajo se analiza la emergencia de la responsabilidad subjetiva en la Dra. Trece, personaje de la serie Dr. House a partir del recorte de una de las escenas finales del capítulo nueve, en la quinta temporada. Siguiendo el planteo de D’ Amore, se la considera efecto en un circuito compuesto por tres tiempos, con una lógica de retroacción. El más importante y motor lo constituye el segundo, el de la interpelación, que produce un quiebre de sentido que- culpa mediante- obliga al sujeto a responder. En Trece, el enfrentarse con la muerte en su vertiente real- la jeringa que le provocaría una muerte instantánea- produce la retroacción al tiempo uno, resignificando sus propias acciones. A partir de este proceso, decide no inyectarse, contraponiéndose a la actitud autodestructiva que mantenía hasta el momento. Se produce así una singularidad: un acto que corresponde a un tiempo tres, el de la responsabilidad subjetiva, coincidiendo con la dimensión ética en la cual el sujeto aparece como efecto de su acto. Se revela entonces en ella un cambio de posición subjetiva frente a la muerte: desde la resignación, de facilitar su llegada -con todo el deterioro autoimpuesto- a la emergencia de un deseo inconsciente de vivir.

Palabras Clave: Responsabilidad | acto ético | interpelación

Como plantea Gabriela Z. Salomone —siguiendo a Freud— se define a la responsabilidad subjetiva como aquella que atañe al sujeto con respecto a lo que desconoce de sí mismo. Se configura así a partir de la noción de sujeto del inconsciente, que no es dueño de su voluntad e intención. Se produce en el ámbito de la realidad psíquica y corresponde a la verdad del sujeto, a su “saber no sabido”. Se diferencia de otras dos formas de responsabilidad- la jurídica y moral- estas sí relacionadas con el sujeto entendido como autónomo, y concernientes a sus deberes y obligaciones en relación a la vida en sociedad, respecto a los otros y al estado.

En una de las escenas finales del capítulo nueve, correspondiente a la quinta temporada de la serie Dr. House, un hombre que padece una enfermedad desconocida secuestra a un grupo de pacientes y médicos en el hospital, entre los que se encuentran la Dra. Trece y Dr. House. Está armado y exige un diagnóstico. House comienza a indagar sobre posibles enfermedades, cambiando rehenes por medicamentos; pero el raptor hace probar todas las medicinas en Trece antes que le sean suministradas a él. En el momento cúlmine del episodio, solo quedan en la sala del tomógrafo Dr. House, Trece y el secuestrador. Se solicita una última prueba de medicación para detectarle la enfermedad. A cambio de la medicina, el hombre libera a House, siendo Trece quien debería probar esta última inyección que, debido a su enfermedad degenerativa y las reiteradas medicaciones aplicadas durante el episodio, moriría instantáneamente. House se opone a la decisión de Trece de someterse a la inyección. Le comunica lo que piensa en relación a la actitud que ella viene manifestando: hace todo eso porque le aterra la muerte y trata de adelantarla para poderla controlar. La doctora lo escucha, no le responde y continúa la negociación. Dr. House insiste en contra de ello pero Trece le dice "O me matan las drogas o lo hace él, no hay diferencia".

House se retira. En el momento de la aplicación de dicha inyección, Trece se muestra dubitativa. Confiesa al secuestrador que no quiere morir, y lo exhorta a confiar en los demás. El hombre la apunta con su arma y le dice que ella sí quiere morir, pero que no tiene la valentía de hacerlo, que opta porque el control esté en los demás. Ella está por inyectarse y llorando vuelve a repetirle que no quiere morir. El hombre la mira, toma la jeringa y se aplica la inyección.

Durante la escena posterior Trece se encuentra internada, recuperándose. Aparece un colega suyo y ella le pregunta con interés sobre el tratamiento experimental para su enfermedad, que había rechazado en el comienzo del capítulo.

D’ Amore en “Responsabilidad subjetiva y culpa”, explica que la responsabilidad subjetiva puede emerger como efecto en un circuito compuesto por tres tiempos con una lógica de retroacción. El más importante y que funciona como motor para la aparición de esta responsabilidad es el segundo, el de la interpelación. Esta pone en marcha el circuito, e implica la aparición de un punto de inconsistencia en lo simbólico, una hiancia, un quiebre de sentido. Despierta en él la culpa, un sentimiento que liga al sujeto con su acción, pues “es culpable de lo que hace y dice” [1]. El reconocimiento de eso que, apareciendo como ajeno es propio, provoca la culpa y ella entonces, como condición de posibilidad, obliga a responder. La retroacción se produce en este momento: la culpa hace que el sujeto retorne sobre su acción (tiempo uno) y la resignifique. Se vuelve imperiosa la aparición de una respuesta que puede ser moral, es decir, particular, la cual tapona la dimensión ética (el sentimiento de culpa, por ejemplo). O puede ser que ante la interpelación se produzca una singularidad: un acto que no corresponde a la dimensión moral- particular previo- sino que lo hace desfallecer, puesto que “...es el acto en que se produce un sujeto de deseo inconsciente” [2]. Esto permite postular un tiempo tres, el de la responsabilidad subjetiva, que coincide con la dimensión ética en la cual el sujeto aparece como efecto de su acto.

En el circuito de responsabilidad se ubica como tiempo uno la escena del tomógrafo, cuando Trece decide quedarse allí y aplicarse la última inyección, sabiendo que moriría. Aquí lleva adelante una acción (quedarse con el secuestrador) con fines determinados (morir por un balazo, o morir por la inyección). Cuando House se niega a dejarlos solos, ella responde: “o me matan las drogas o él lo hace”. Es decir, pareciera que no hay opción: la muerte es la única salida. Esta elección, condice con las acciones que ella viene llevando a cabo a lo largo del capítulo (el consumo de todos los medicamentos que ponen en riesgo su vida). De hecho, justifica la primera inyección que se aplica sosteniendo “Ellos son pacientes, yo médica. Además mi esperanza de vida es limitada. Esta es la opción correcta”. Con respecto al primer argumento puede señalarse la emergencia de la responsabilidad moral, acorde a la idea de sujeto de voluntad, autónomo. Por su propio carácter de doctora, asume el riesgo por sus pacientes, se responsabiliza por ellos. En relación a su corta esperanza de vida, empieza a delinearse su actitud de resignación ante la muerte.

El tiempo dos se inicia en el momento en que Trece se encuentra con esa última jeringa letal. Se puede postular que ella es interpelada aquí por un elemento disonante. Si bien viene consintiendo e incluso autoprovocándose daños, es en este momento y frente a ese instrumento que, verdaderamente, se enfrenta con lo real [3] de la muerte. En este punto, se puede inferir la aparición de la culpa. Hay un quiebre en lo simbólico, puesto que no puede llevar a cabo el último acto que se corresponde con su actitud hasta el momento de enfrentarse con la muerte. Ella expresa ahí “No quiero morir”, a lo que el secuestrador le responde “Sí querés, solo que no tenés el valor para hacerlo. Querés que no esté bajo tu control. Muy bien, yo lo controlo, pues yo tengo el arma”. Se produce la retroacción al tiempo uno, resignifica sus propias acciones y, a partir de este proceso, se niega a inyectarse. Esta decisión puede ser leída como acto ético, puesto que emerge en ella algo del orden de su deseo inconsciente: el deseo de seguir viviendo, a pesar de estar- por su enfermedad degenerativa- sentenciada a morir pronto. Este “saber no sabido”, esta ajenidad se reconoce como propia cuando es capaz de decidir no matarse, no inyectarse esa droga final.

A partir de este acto se abre el tiempo tres, puesto que revela el cambio de posición subjetiva frente a la muerte: desde la resignación, de facilitar su llegada (con todo el deterioro autoimpuesto), a la emergencia de un deseo de vivir.

En la escena final Trece se encuentra internada, recuperándose y le pregunta a su colega - con una expresión que oscila entre esperanza y cansancio- sobre aquel tratamiento experimental para la enfermedad de Huntington. Por lo tanto, si en un comienzo había rechazado contundentemente esta posibilidad de curación- delatando su posición de absoluta resignación con respecto a su enfermedad- puede vislumbrarse ahora un giro en su actitud. La aparición de la última jeringa como encarnación de su muerte funcionó entonces como interpelación, puesto que generó- vía el acto de negarse a inyectarse- un cambio de posición subjetiva respecto a su propia muerte. La emergencia de la responsabilidad subjetiva resulta entonces fundadora del sujeto.

Para finalizar, puede postular como hipótesis clínica que en Trece opera un cambio de posición subjetiva, vía el acto ético (se niega a inyectarse) como respuesta ante la interpelación (la resignificación del tiempo uno a partir de la aparición de la jeringa, como encarnación de la muerte en su carácter real).

Hasta el tiempo dos, la doctora negaba cualquier posibilidad de cura, tratamiento, una forma de lucha contra su padecimiento, debido a que la enfermedad de Huntington es degenerativa. Se puede también pensar una relación de lo sucedido con su madre. Ella también padecía de dicha enfermedad y murió a causa de esta. Su hija la heredó. Se puede articular la posición de negación de Trece por un lado, como algo del orden de la necesidad: su destino respecto a una muerte segura, tal como le sucedió a su madre. Lo que explicaría que, hasta ese momento, no hubiera existido posibilidad de una pregunta por la responsabilidad subjetiva.

Del orden del azar fue el hecho de que ese día apareciera un sujeto enfermo y armado, que la tomara de rehén. También la emergencia de la culpa, ya que se ofrece a probar los medicamentos sabiendo el riesgo. Evita de esta forma la responsabilidad, la vela. Actúa acorde al orden de la responsabilidad moral: como es médica, es su deber prestarse a las inyecciones con el fin de proteger a sus pacientes. Hablamos de un sujeto desde el orden de lo particular.

El tiempo dos constituye el momento en que Trece es llamada a responder [4]. Hasta este momento, venía manteniendo una posición netamente determinista: padece la enfermedad de Huntington y como consecuencia morirá. Su universo hasta ese entonces se dividía en morir por una bala del secuestrador o morir por la inyección. No aparece la vida y el deseo de vivir como opción. Pero acontece allí lo singular, una situación que quiebra el universo existente y permite la figuración de algo del orden del deseo, en ese instante en que Trece es llamada a responder: ¿Qué hacemos con la muerte? Cuando ella es capaz de oponerse desde lo que está en sus manos, por ejemplo no suicidarse o probar un nuevo tratamiento, deja entrever como elección la vida, la posibilidad aunque sea ínfima de combatir su enfermedad, a través de intentar una cura. El hecho de que los seres vivos mueran, es del orden de la necesidad. Entonces decide vivir con su acto de no inyectarse.

En el tiempo tres cobra sentido la pregunta por la responsabilidad subjetiva, se presenta la grieta entre la necesidad y el azar. Esa grieta entre un destino inminente, la muerte, y lo fortuito de la interpelación a través de la jeringa. Se da un movimiento subjetivo, el acto ético. Trece, al no suicidarse y luego preguntar por aquel tratamiento para la enfermedad de Huntington, se posiciona más allá de su enfermedad, elije vivir y hacer algo con eso. Responde ante aquello que la interpeló. Aquí se puede ubicar al sujeto en el orden de lo universal-singular. En relación con la culpa, su doble función: en el tiempo uno velaba, ocultaba la responsabilidad e intentaba sostener aquel universo para que no cayera, y ahora posibilita la emergencia de la singularidad, porque a partir del acto ético (la elección de vivir) que se sustrae al universo que lo preexiste (morir de una u otra forma) emerge la responsabilidad subjetiva en todo su esplendor.

Bibliografia

D’Amore, O. (2006). Responsabilidad y culpa. En La transmisión de la ética. Clínica y deontología. Vol. I: Fundamentos, Letra Viva, Buenos Aires, 2006.

Freud, S. (1925). La responsabilidad moral por el contenido de los sueños. En Algunas notas adicionales a la interpretación de los sueños en su conjunto. Obras completas. Tomo XIX, Amorrortu Editores, 1984.

Lewkowicz, I. (1998). Particular, Universal, Singular. En Ética: un horizonte en quiebra. Cap. IV. Eudeba, Buenos Aires, 1998.

Jinkis, J. (1987). Vergüenza y responsabilidad. En Conjetural, número 13. Editorial Sitio. Buenos Aires.

Mosca, J. C. (1998). Responsabilidad, otro nombre del sujeto. En Ética: un horizonte en quiebra, Eudeba, Buenos Aires, 1998.

Salomone, G. Z. (2006). El sujeto dividido y la responsabilidad. En La transmisión de la ética. Clínica y deontología. Vol. I: Fundamentos, Letra Viva, Buenos Aires, 2006.



NOTAS

[1Jinkis J. (1987). Vergüenza y responsabilidad. En Conjetural, número 13. Editorial Sitio. Buenos Aires. p. 2.

[2D’Amore, O. (2006) Responsabilidad subjetiva y culpa. En La transmisión de la ética. Clínica y deontología. Vol. I: Fundamentos, Letra Viva, Buenos Aires, 2006. p.152.

[3Se utiliza este término con el sentido que Lacan lo define: aquello que agujerea lo simbólico, para lo cual no hay significante.

[4D’Amore, O. (2006) Responsabilidad subjetiva y culpa. En La transmisión de la ética. Clínica y deontología. Vol. I: Fundamentos, Letra Viva, Buenos Aires, 2006. p. 149.




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