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Pubertades trans. el fenómeno de extrañamiento en Girl

por Maroño, Maria Del Rosario

Universidad del Salvador

Resumen

El presente escrito introduce algunas conceptualizaciones clínicas en torno a la pubertad transexual a partir de un abordaje del film Girl (Dhontu, 2018), con el objetivo de problematizar un escenario poco investigado al día de hoy en el ámbito del psicoanálisis. Encuentra como antecedente directo el trabajo de investigación llevado a cabo en mi tesis doctoral, Cualidades fácticas y psíquicas del proceso puberal en niñas (Maroño, 2016) y el recorrido realizado durante los últimos años en la coordinacion de la Maestría en la Universidad del Salvador. A partir de una revisión del doble impacto disruptivo que caracteriza al estadio puberal trans, por el encuentro con un cuerpo no propio y no familiar con el que no se siente identificado el sujeto, propongo el concepto de impacto disruptivo constituyente para describir el proceso de metabolización que puede llevar a una adecuada reorganización de la imagen corporal, a partir de una operación de reasignación de sexo como aquella a la que se enfrenta, aunque de forma potencialmente traumática, el personaje principal del film de Lukas Dhontu.

Palabras Clave: Pubertad Trans | Impacto disruptivo

Introducción

Este trabajo tiene como objetivo presentar algunas inferencias teóricas respecto de la pubertad transexual desde una perspectiva psicoanalítica en articulación al film Girl (2018), y en línea con la propuesta realizada en mi tesis doctoral. Allí sostuve que cuando el púber deviene consciente de los cambios somato-instintuales que comienzan a evidenciarse en su cuerpo, tiende a manifestar un monto de sorpresa que debemos leer como un efecto lógico del registro de un cuerpo diferente al infantil (Maroño, 2016).

Es efectivamente en el tránsito por la pubertad que el sujeto se ve forzado a elaborar la pérdida del cuerpo de la infancia, emprendiendo el proceso psíquico de resignificación y apropiación de una imagen novedosa. En línea con las conceptualizaciones de Moty Benyakar, ubico en este proceso un impacto disruptivo, del orden de lo fáctico (Benyakar, 2005), cuyo correlato a nivel psíquico es el fenómeno de extrañamiento.

Si este trabajo de subjetivación implica de por sí un proceso complejo para todo sujeto que atraviese el período puberal, el caso del púber transexual presenta variables aún más complejas para su análisis, en tanto asistimos allí al encuentro con un cuerpo que inexorablemente resalta la discordancia entre la identidad de género y el sexo biológico: lo fáctico se impone, entonces, a través de un segundo impacto disruptivo, que incrementa y cualifica el fenómeno de extrañamiento característico de la pubertad.

Sumado a esto, la ausencia en el grupo de pares de la función de espejo que siempre colabora en la tramitación del impacto disruptivo y el fenómeno de extrañamiento, incrementa la angustia frente a un cuerpo que se vive como no propio y no familiar, hecho no menor que reviste al mencionado fenómeno de extrañamiento de ciertas coordenadas específicas.

Ante este escenario tan angustiante, si el púber trans accede eventualmente a la operación de reasignación de sexo [1], propongo como efecto directo de esta decisión un impacto disruptivo constituyente (Maroño, 2016), concepto que pretende describir el proceso de subjetivación a través del cual se reorganiza la imagen corporal y la construcción identitaria, precisamente a partir del encuentro con un cuerpo que refleja una mayor concordancia entre la identidad de género y el sexo biológico.

Pubertades Trans: el fenómeno de extrañamiento en Girl

Lara quiere ser bailarina clásica. Tanto el esfuerzo como el dolor que implica para ella este proyecto chocan con la frustración que le impone la técnica, y las dudas que instala en escena la directora de su escuela de danza. Pero desde el comienzo del film podemos notar que el deseo de Lara está puesto también en su identidad: ella nació en el cuerpo de un niño, pero no pudo nunca identificarse con ese lugar, motivo por el que pretende acceder a la operación de reasignación de sexo para finalmente poder percibirse de forma plena como una mujer. En esta decisión la acompaña su padre, el equipo médico tratante y un psicólogo o counceler con el que trabaja cuestiones relativas al tratamiento. Está tomando inhibidores de la pubertad para que el aspecto de su cuerpo cambie de forma gradual, previo a la cirugía: tendré pechos y todo eso, dice Lara, porque el tratamiento hormonal y la cirugía de reasignación de sexo son, junto a su pasión por la danza, lo único que parece presentarse en el horizonte. Si bien el psicólogo sugiere que intente disfrutar el presente como la mujer que ya es, podemos notar en sus expresiones que ella no logra apreciar su cuerpo de la misma forma.

Lara sufre la atenta mirada de sus compañeras y compañeros de ballet, o la inserción a su nueva escuela, en la que un docente la insta a cerrar los ojos para preguntar a sus compañeras si están de acuerdo en compartir el vestuario con ella. Estas situaciones y otras similares ilustran a una Lara cargada de humillación y muchísimo dolor ante la mirada de los otros, y frente al impacto de lo somático en el cuerpo: como podremos analizar en un apartado posterior, ella no puede mirarse desnuda en el espejo; se cubre insistentemente la zona genital para bañarse y una faja cubre todo su pubis durante el día.

Características y especificidades del proceso puberal: lo disruptivo en el cuerpo

De modo muy frecuente puede leerse a la pubertad como un estadio de la adolescencia temprana o inicial, restringido casi de forma exclusiva a la manifestación de los cambios físicos de la maduración sexual (OMS, 2010; UNICEF, 2011; SAP, 2009), categorización que parece omitir la especificidad de esta etapa crucial del desarrollo evolutivo. Si la infancia se caracteriza por un crecimiento paulatino del cuerpo, en la pubertad se suceden marcados cambios físicos de forma acelerada: el crecimiento de miembros inferiores y superiores; la irrupción de los caracteres sexuales secundarios; y la menarca en el caso de la mujer, son sólo algunos ejemplos de este desarrollo drástico que constituye al estadio puberal [2].

En esta etapa, que Lara estaría terminando de atravesar en el presente del film, los cambios somato-instintuales irrumpen en el psiquismo del puber de forma vertiginosa, dificultando su elaboración a partir del inevitable desfasaje entre el crecimiento corporal y el tiempo requerido para su inscripción y representación psíquica. Por ello, cuando el púber toma conciencia de estos cambios físicos, el encuentro con un cuerpo diferente al infantil produce un fenómeno que, siguiendo la propuesta de Moty Benyakar (2005), denomino impacto disruptivo: una de las modalidades del trabajo psíquico implica la inevitable inclusión del mundo externo –del orden de lo fáctico– en el psiquismo del sujeto (Benyakar, 2006). Hacemos referencia aquí al modo en que se articula, metaboliza y transforma el encuentro entre lo fáctico y lo psíquico. La disruptividad, en tanto cualidad inherente a lo fáctico que caracteriza a un determinado escenario, genera efectos intra-psíquicos desestabilizantes que provocan una cierta discontinuidad, como efecto o resultado de diferentes reacciones psíquicas.

Como consecuencia de este impacto disruptivo, es en la pubertad que observamos el complejo inter-juego entre la percepción de una imagen novedosa y la representación psíquica del cuerpo infantil. Este proceso psíquico desemboca en aquello que he denominado como una vivencia ominosa [3] (Maroño, 2016): partiendo del concepto metapsicológico de vivencia, que alude a la actividad psíquica, la vivencia ominosa refleja un modo especial de articulación entre representación y afecto, en la medida en que insta al púber a experimentar una sensación de extrañeza, provocada esta última por la relación entre un cuerpo que se sabe propio, aunque no familiar, y un cuerpo familiar –el infantil– que ya no se lee como propio.

Abordaré en este trabajo las características de la vivencia ominosa a partir de la noción de fenómeno de extrañamiento (Grassi, 2010), entendido éste como el sentimiento de extrañeza asociado al cuerpo puberal, que conduce al púber a tratar su cuerpo como un “objeto externo extraño” (Grassi, 2010, pp. 42). Este proceso alude inevitablemente a la metamorfosis [4] de un cuerpo atravesado por los cambios corporales, transformación que genera en el sujeto una sensación de ajenidad y extrañeza respecto de la propia imagen: la ausencia de concordancia entre el cuerpo y su representación psíquica conducen al puber a experimentar su cuerpo como extraño, externo a sí mismo, y ajeno a toda familiaridad.

Es en este punto que debemos introducir un primer interrogante respecto del fenómeno de extrañamiento en Lara, que guiará la articulación en lo sucesivo: ¿Es la pérdida del cuerpo infantil lo que la traumatiza de forma tan evidente, o es sólo a partir de aquella pérdida que se ve enfrentada a lo concreto y traumático de un sexo biológico que resulta más ajeno que nunca? El trabajo de subjetivación, de duelo por el cuerpo infantil, pareciera aquí quedar velado por el encuentro con un cuerpo diferente, que no se corresponde con la identidad asumida por Lara. Con esto, el proceso puberal trans adquiere cualidades específicas que corresponde situemos brevemente a nivel conceptual.

Género y Diversidad sexual. Las pubertades Trans y el Doble impacto disruptivo

Patricia Porchat (2013) define el concepto de género a partir del conjunto de aspectos psicológicos, sociales, culturales e históricos vinculados a la femineidad y la masculinidad, en un contrapunto esencial con la noción de sexo, anclada principalmente en los componentes anatómicos y biológicos. Esta útlima perspectiva se inscribe dentro del campo de lo somato instintual, que describe las transformaciones físicas desde el substrato biológico subyacente –comprendiendo tanto el aspecto neurofisiológico como el hormonal– cuyos efectos se manifiestan, a partir de caracteres sexuales primarios, en el desarrollo posterior de caracteres sexuales secundarios para el despliegue de las nuevas funciones y exigencias sexuales.

En esta misma línea, Judith Butler introduce la noción de género inteligible (2006) para describir a aquellos sujetos que perciben la inadecuación de su género como efecto de una evidente discontinuidad entre el sexo, el género, el deseo y la práctica sexual. Estos nuevos desarrollos le brindan entidad a ciertos fenómenos que en absoluto son nuevos, pero cuya inscripción en lo social se encontraba pendiente. Así es como irrumpe en escena la teoría queer, en tanto vía de simbolización de lo diverso. En efecto, la mera nominación queer, usualmente traducida al idioma castellano como raro o incluso extraño –término que facilita un interesante juego de palabras con el mencionado fenómeno de extrañamiento– desafía el ordenamiento clásico tanto a nivel político como a nivel biológico (Glocer Fiorini, 2010).

Esta teoría agrupa un conjunto de representaciones que apuntan a problematizar las nociones clásicas de género y sexualidad, a partir de la idea directriz de que el género, la identidad y la orientación sexual no se encuentran esencialmente inscriptas a nivel natural en el ser humano, sino que por el contrario devienen efecto de una determinada construcción política, social y cultural, lo cual nos lleva a pensar la lógica queer “…desde un enfoque postmoderno [que] hace referencia a una identidad flexible, polivalente y estratégica, en contraposición a la concepción tradicional de la identidad moderna, esencialista e institucionalizada” (Arango Tobón y Arroyave Álvarez, 2018).

En este punto podemos pensar algunas implicancias lógicas de este cambio de paradigma. Si bien a partir de la Declaración Universal de Bioética y Derechos humanos (UNESCO, 2005), se erigen principios universales que devienen soporte para la problematización de diversos dilemas científicos y tecnológicos dentro del campo de la salud mental (Cambra Badii, 2014), aquella concepción tradicionalista de la identidad a la que hacíamos referencia anteriormente aún sostiene un peso importante en la sociedad actual; esto se refleja en diversas prácticas discriminatorias, en el sostenimiento de una determina normativización a nivel sexual y en los efectos que aquella comporta, más allá de la o las teorías que puedan esgrimirse en el ámbito de la salud mental, o la ampliación de derechos a nivel jurídico. Por otro lado, la identidad que el sujeto eventualmente decida adoptar implicará siempre la apertura posible de una brecha respecto del escenario biológico que constituye a su cuerpo.

Es precisamente allí donde la percepción del propio cuerpo no se condice con su representación psíquica, que el puber trans puede sentir un cuerpo anómalo, apartado de la normativización binaria: lo somático se impone sin mediación posible por parte del sujeto, y la imagen reflejada en el espejo describe el encuentro con un cuerpo extraño. Es por ello que propongo pensar un doble impacto disruptivo en Lara: si el primero refiere al inevitable encuentro con un cuerpo diferente al infantil –como podemos observar, con sus diferencias, en todo proceso puberal– el segundo impacto pone de manifiesto el contraste con la identidad de género. Este doble impacto acrecienta de forma lógica el fenómeno de extrañamiento y lo reviste de cualidades por demás específicas. Es en este punto que planteo un escenario diverso, que se contrapone a la clásica definición del fenómeno de extrañamiento (Grassi, 2010) en la pubertad: si en términos generales la pubertad se caracteriza por la coexistencia de un cuerpo familiar como el infantil –que ya no es propio, en tanto se ha perdido– y un cuerpo propio, pero no familiar; en la pubertad trans el cuerpo puede ser vivido como no propio y no familiar. En este sentido, cuando la irrupción de la libido en el cuerpo de Lara la obliga a cubrir con la sábana la erección de su pene, una evidente muestra de malestar en su rostro nos ayuda a dimensionar los efectos del encuentro con un cuerpo del que ella no puede ni quiere apropiarse.

El impacto disruptivo constituyente

Esta nueva articulación de un cuerpo no familiar y no propio, que planteo para la pubertad trans, requiere lógicamente de una adecuada representación a nivel psíquico. Teniendo en cuenta que el transexualismo se caracteriza –aunque no necesariamente de forma absoluta– por el hecho de que el sujeto no puede identificarse con el sexo biológico de nacimiento, en algunos escenarios esta identificación puede subjetivarse sobre la base de una cirugía autorizada de reasignación de sexo. (Tajer, 2012; Carlucci, y Lamm, 2010).

Los inhibidores de los caracteres sexuales primarios y secundarios; el cambio de nombre en el documento de identidad y la operación de reasignación de sexo pueden conducir a un viraje que, a pesar de la irreversibilidad de estos movimientos, permita acaso el despliegue de una creciente concordancia entre el sexo biológico y la identidad sexual, logrando de esta forma la eventual elaboración del fenómeno de extrañamiento.

En este aspecto podemos recurrir a los aportes de Juan Jorge Michel Fariña (2012), que propone diferenciar de forma singular aquellas instancias en las cuales un determinado avance científico puede servir como mediación instrumental para restaurar una función fallida, o promover el desarrollo de lo simbólico, de otros escenarios en los que la alternativa tecnológica ubica al sujeto en un déficit irremediable, como efecto de un aplastamiento subjetivo. Por ello, lejos de pretender una absurda generalización de los efectos posibles que una intervención puede generar en un sujeto, me interesa simplemente destacar que estas modificaciones a nivel hormonal, jurídico y físico, respectivamente, debieran acaso brindarle al púber trans la posibilidad de una elaboración psíquica de aquella sensación de extrañamiento y ajenidad respecto del propio cuerpo.

En La Violencia de la interpretación, Piera Aulagnier (1993) destaca que que el yo se ve forzado a investir los objetos para evitar el riesgo de la desinvestidura definitiva o la desaparición de las representaciones psíquicas que son efecto del pensamiento; sin las cuales el cuerpo, la realidad y el objeto no pueden tener existencia para el sujeto. En este sentido, toda vez que la imagen del cuerpo, del orden de lo fáctico, contradiga la concordancia esperable entre el objeto y su representante psíquico, el yo se verá enfrentado inevitablemente a la amenaza de un posible desinvestimiento.

Esta lógica nos permite problematizar la importancia que este proceso de modificación en el cuerpo puede adquirir para Lara: el médico que llevará adelante la cirugía describe el complejo proceso y los riesgos que acarrea, ante la atenta mirada de Lara y de su padre, que se muestra muy impactado luego de observar fotos de procedimientos análogos. La médica tratante le comunica también que los efectos de todo el proceso son irreversibles, y la insta a abandonar el tratamiento hormonal. Lara accede a firmar los papeles para la cirugía, pero continúa tomando los inhibidores y lo hace incorporando incluso una dosis mayor, a pesar de las advertencias en torno a su salud física. Es evidente, en este tramo del film, que la paciencia que su médica tratante y el cirujano intentan transmitir como vital en la previa de esta instancia –insistiendo en que los cambios en el cuerpo podrán observarse con el paso del tiempo– choca abruptamente con la necesidad que vemos en Lara de encontrarse de forma urgente con un cuerpo que refleje al fin un cierto correlato con su identidad, y permita una vía de subjetivación de aquello disruptivo.

Comienza a observarse en el espejo con ropa interior, pero parece hacerlo principalmente para palpar el crecimiento en sus mamas. Por primera vez podemos verla enfrentada al reflejo de sus genitales masculinos, pero el temor ante la posibilidad de que nada cambie en su cuerpo la conduce a una angustia desbordante: comienza a bajar de peso y, a pesar de las advertencias de su médica y la preocupación de su padre, sigue encintándose la zona genital. Esto genera en su cuerpo una fuerte infección, que trastoca los planes establecidos a nivel quirúrgico. El malestar aumenta y Lara se aísla: comienza a discutir con el padre porque asume que éste no puede comprenderla, y de esta forma deja de poner en palabras su sufrimiento. Las exigencias en el ballet aumentan: Lara se lesiona en una prueba luego de llevar su cuerpo al máximo, y acto seguido se desmaya en el camarín. Al día siguiente, su padre decide no despertarla para la práctica cotidiana de baile y le quita las llaves del departamento para que pueda comer y descansar.

Ante la desesperación y el malestar visibles en Lara, la cirugía se ve pospuesta y así también sus clases de ballet. La palabra de su médica es muy clara: si sigue dañando su cuerpo no podrá llevarse a cabo la intervención quirúrgica. A la imposibilidad de participar en la muestra de Ballet para la que tanto había ensayado, se suma entonces un nuevo obstáculo que parece separarla del encuentro con aquel cuerpo que hace tanto tiempo aspira tener. Lara se derrumba anímicamente; siente que todo aquello por lo que peleó ya no puede vislumbrarse en el horizonte, y es entonces que avanza con una decisión drástica: cuando su padre y su hermano se retiran de su casa, toma una bolsa de hielo del freezer, llama por teléfono al número de emergencias –detalle esencial en la trama, en tanto denota un deseo que podemos pensar mucho más acá de la muerte– y se cercena los genitales.

La escena, si bien no refleja claramente el nivel de intervención que lleva adelante Lara con su cuerpo, es muy impactante. El llanto que inunda su rostro luego de la cirugía reparatoria, ya en la clínica, cuando su padre le acerca su mano, asiste en el dimensionamiento de la angustia y la incertidumbre que envuelven a Lara respecto de su (nuevo) cuerpo: vemos entonces cómo se siente en la camilla y busca su reflejo en un vidrio: algo de aquel reflejo borroso nos conduce a pensar que Lara aún no sabe quién es, y qué relación puede establecer con su imagen corporal.

En línea con las conceptualizaciones de Chevnik (1986), resulta imprescindible tomar en cuenta que la imagen corporal es la interiorización de la relación del sujeto con su cuerpo; un componente esencial en la constitución de la identidad, que cumple la función de permitir al sujeto un sentimiento de unidad frente al mundo (que podemos pensar a nivel de la autorepresentación), al tiempo que colabora con la diferenciación del ser con el otro, de lo externo y lo interno. Pero aún más importante resulta la imagen corporal en la sexuación del cuerpo, especialmente si entendemos a la sexualidad no como una mera necesidad fisiológica, sino acaso como un conjunto de actividades desplegadas desde la infancia, que proporcionan una ganancia tanto a nivel del placer como a nivel vincular: en este sentido, la posibilidad –siempre contingente– de una reelaboración de la hiancia existente entre la imagen corporal y la representación psíquica deviene fundamental en la pubertad transexual, tras un absoluto rechazo de la identidad sexual y de género que a nivel social y biológico le fuera impuesta al sujeto.

En términos absolutamente teóricos, podemos suponer que el grado de elaboración de este tipo de intervenciones –ya sea que se lleven a cabo de forma planeada, como es esperable, o en los términos en que el film de Lukas Dhont la refleja– dependerá siempre de cada estructura, así como de una infinidad de variables internas y externas que nos conducen a leer el caso por caso. Pero en ningún sentido debemos interpretar aquel encuentro con lo fáctico, disruptivo, como una marca traumática que no pueda ser metabolizada en la pubertad trans. En este sentido, Moty Benyakar (2006) propone que lo disruptivo no necesariamente trabaja en detrimento del procesamiento psíquico y la capacidad de representación, y por el contrario considera que el análisis de estos impactos se debe conceptualizar y profundizar, precisamente por el potencial que hay en ellos de promover determinadas transformaciones que podrían conducir a efectos de resiliencia, o que simplemente incentivan la capacidad elaborativa del sujeto. Por ello, el autor propone una nominación diferente, que pretende diferenciar el impacto disruptivo elaborativo respecto del impacto disruptivo obstructor: si en el primer escenario el efecto disruptivo incentiva la elaboración psíquica y provoca las transformaciones pertinentes, el impacto disruptivo obstructor impide o dificulta, en cambio, cualquier posibilidad de subjetivación de lo traumático (Benyakar, 2019).

Por lo antedicho, considero que una adecuada tramitación del fenómeno de extrañamiento en la pubertad atribuye inevitablemente al impacto disruptivo –inherente a aquel– la cualidad de devenir elaborativo, promoviendo así el proceso psíquico de metabolización y la consecuente reorganización de la imagen corporal. Hablamos aquí de un impacto que, a pesar de la disruptividad que lo fundó, escenario muy claro en Lara –en tanto se precipita a la modificación del cuerpo más allá de las indicaciones de su equipo tratante, y a sabiendas de los efectos que esto puede generar a futuro– puede promover eventualmente la reconstrucción de la subjetividad. Propongo para este proceso de identificación y subjetivación de una nueva imagen corporal, ahora familiar y propia, el concepto de impacto disruptivo constituyente, que hace alusión a una reconstrucción identitaria fundamental, basada en la correspondencia lógica que el sujeto siente entre el género elegido y el sexo biológico: en el film que nos ocupa, aquello que podría devenir traumático parece resolverse, aunque de forma un tanto drástica, por la vía de una adecuada subjetivación del nuevo cuerpo que porta Lara, ahora en línea con su identidad. Así, en la escena que cierra el largometraje podemos ver a Lara caminando con determinación: su rostro refleja tranquilidad y parece dibujar una sonrisa.

Conclusiones

Si entendemos que para transitar de forma satisfactoria la adolescencia, el sujeto debiera haber construido una cierta concordancia entre el modo en que percibe su cuerpo y la imagen externa –tanto la que refleja el espejo, como aquella que es efecto del encuentro con sus pares–, la pubertad se erige como una instancia crítica en el desarrollo del sujeto. En este sentido, el púber trans enfrenta un doble trabajo: a la pérdida del cuerpo infantil, de difícil tramitación en esta etapa del desarrollo, se adiciona en este escenario el encuentro con un cuerpo que manifiesta una discrepancia creciente entre el sexo biológico y la identidad de género. Lo somático se impone produciendo entonces un doble impacto disruptivo.

En este contexto, la operación de reasignación de sexo puede posibilitar aquella concordancia ausente entre la identidad del sujeto y el sexo biológico, y desplegar ciertas condiciones de posibilidad para una elaboración del fenómeno de extrañamiento, que permita al púber percibir su cuerpo como propio y familiar. Es en esta línea de análisis que pienso al impacto disruptivo constituyente como promotor de una reconstrucción posible a nivel subjetivo, que sólo se ve sustentada sobre una primera reorganización de la imagen corporal.

Irene Cambra Badii propone que, “las narrativas cinematográficas y el cine representan un recurso de pensamiento de inesperada importancia, ya que continuamente – ya sea de forma intencional o no– rescatan cuestiones éticas que nos permiten interrogar (nos) sobre la práctica.” (2014, p.299)

Las reflexiones teóricas volcadas en el presente trabajo pretenden introducir en el campo de la salud mental un espacio de discusión respecto de este escenario, con vistas a lograr una mayor comprensión y problematización de la complejidad que constituye a su abordaje clínico. Considero que, en tanto trabaja de forma directa con el sufrimiento subjetivo, el psicoanálisis debe sostener un ejercicio de revisión de las múltiples conceptualizaciones que sostienen su práctica, a la luz de las nuevas presentaciones clínicas que se observan en la sociedad actual. Si bien actualmente existen diversos desarrollos teóricos sobre diversidad y transexualidad, aún existe un área de vacancia en el campo de la salud mental –y especialmente en el ámbito del psicoanálisis–, lo cual inevitablemente conduce a la imposición de ciertos abordajes clínicos clásicos, que sostienen una concepción normativa basada en el binario hombre-mujer.

La tendencia a enmarcar al sujeto en los cuadros psicopatológicos clásicos (histeria; neurosis obsesiva; perversión; psicosis) demuestra por un lado la incertidumbre y el desconocimiento de ciertos profesionales de la salud mental para trabajar con lo diverso, al tiempo que tiende a excluir a aquellos colectivos que no pueden clasificarse actualmente de uno u otro lado de la norma, impidiendo el trabajo con el padecimiento subjetivo a partir de una tipificación que parece desatender aquello que hace ruido en el sujeto.

Poner en cuestión algunos de estos conceptos sobre los que se erige la práctica clínica implica, a mi entender, una apuesta de trabajo sustentada principalmente sobre la pregunta y la apertura a aquellas nuevas situaciones que se nos presentan en la actualidad. Una actualización crítica del abordaje psicoanalítico en lo que respecta a la pubertad trans debiera siempre apuntar a una adecuada reorganización corporal, que logre mitigar el desconcierto y la ansiedad observados regularmente ante el encuentro con lo fáctico, allí donde lo somático agudiza de forma angustiante la discordancia entre el cuerpo biológico y la identidad de género.

Referencias

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NOTAS

[1La cuestión de la cirugía de reasignación de sexo y sus implicancias requiere un desarrollo por demás complejo, que excedería los objetivos y límites lógicos del presente escrito.

[2Un detalle exhaustivo puede leerse en la Sociedad Argentina de Pediatría (SAP, 2009)

[3Para un abordaje más detallado del concepto de vivencia ominosa y sus implicancias en la pubertad, ver: Maroño, M. R. (2016) Cualidades fácticas y psíquicas del proceso puberal en niñas. Tesis Doctoral defendida y aprobada, Universidad del Salvador. Disponible en: https://racimo.usal.edu.ar/5457/

[4Utilizo aquí el término metamorfosis en su acepción de transformación o mudanza.




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