Universidad de Buenos Aires
Resumen:
Este trabajo propone una posible aproximación al análisis ético-clínico de la película "Conclave", explorando el dilema subjetivo que atraviesa su protagonista cuando la grieta entre rito y acto lo confronta con una verdad imposible de alojar. Desde la perspectiva de la ética del acto (Fariña), la noción de acontecimiento (Badiou), la lectura de lo disruptivo (Lewkowicz) y la lógica abductiva (Peirce), se articula cómo Thomas Lawrence transita del saber hacer institucional al salto ético singular, sosteniendo lo in pectore sin garantías. La figura de Benítez/Inocente condensa la grieta: un cuerpo femenino oculto bajo la investidura papal como herencia de lo imposible. El eco de la pregunta ¿Quién es digno? late como interrogante abierto, mientras el Nombre del Padre (Lacan) y la interlocución con "Habemus Papam" permiten situar la fragilidad del orden simbólico y la potencia de transmisión de lo que no tiene nombre.
Palabras Clave: Ética | Acontecimiento | Subjetividad | Cine
From Rite to Act: Who Is Worthy? An Ethical Clinical Reading of Conclave
Abstract:
This work proposes an ethical-clinical analysis of the film Conclave, exploring the subjective dilemma faced by its protagonist when the rift between rite and act confronts him with an impossible truth to accommodate. From the perspective of act ethics (Fariña), the notion of event (Badiou), the reading of the disruptive (Lewkowicz), and abductive logic (Peirce), it articulates how Thomas Lawrence transitions from institutional know-how to a singular ethical leap, holding the in pectore without guarantees. The figure of Benítez/Innocent condenses the rift: a female body hidden under the papal investiture as an inheritance of the impossible. The echo of the question ’Who is worthy?’ beats like an open question, while the Name of the Father (Lacan) and the interaction with Habemus Papam allow us to situate the fragility of the symbolic order and the power of transmission of what is nameless.
Keywords: Ethics | Event | subjectivity | Cinema
El líder espiritual de millones muere y, con él, tambalea algo de la estructura que parecía sostenerlo todo. El rito se activa como una maquinaria perfecta: se lo llama tres veces por su nombre, se confirma su deceso con un martillo de plata, se destruye el anillo papal, se sellan las puertas del cónclave. Inicia el proceso, “cum clave, “con llave”, los cardenales quedan aislados de todo contacto con el exterior, el proceso debe sucederse con transparencia, hasta que, votos mediante, una multitud espera el surgimiento del humo blanco.
Sumergidos en un espacio que muestra tomas arquitectónicas que evocan escaleras en caracol, pliegues, recintos circulares como si fueran un guiño al universo visual de Escher o a la banda de Möbius, lo dentro y fuera se pliegan, adentrándonos en un sin salida que suspende el contacto con lo exterior y el tiempo. La duración incierta del encierro deja expuesto un vacío tenso, un trono vacante que despierta pugnas y alianzas secretas, la sucesión se tiñe de grietas, silencios y conspiraciones.
El cardenal administrador Thomas Lawrence, designado por el Papa muerto como administrador del proceso, aparece como quien debe garantizar la pureza ritual. Es un hombre discreto, afectivamente ligado a su referente. El duelo no se limita al llanto: para Thomas es una fisura interior. Llora al referente, pero la institución sigue. Es, como diría Benyakar, un trabajo que puede derivar en melancolía o abrirse a una invención.
Su aparición a escena se inicia en medio de una crisis de fe y un planteo de alejarse de sus funciones, la que fue denegada por el difunto papa “Joao”, quien poco antes de su deceso le había devuelto su lugar: “Eres un administrador, administra”. Con este guiño se presenta a asumir la función que creía que no iba a tener que asumir: el papa le había devuelto confianza y un lugar central. Su misión: custodiar la forma, generar el orden necesario, ajustar lo que se fisura para mantener la transparencia.
Surgen entonces las primeras grietas: Adeyemi, el cardenal señalado por dejar embarazada a una hermana adolescente, denuncia silenciada durante años. Trembley, cardenal destituido por el difunto papa, por graves desvíos de conducta de tipo administrativos; la llegada inesperada del cardenal Benítez, nombrado “in pectore”, por el Papa difunto, un protegido que no encaja del todo, una figura que aparece de forma inesperada.
Es en un comienzo, que Thomas sostiene el proceso para garantizar que nada de esto corrompa el rito: lo que Michel Fariña nombra como primer movimiento ético, centrado en la dimensión deontológica del “deber hacer” con los conocimientos disponibles, teniendo en cuenta los códigos de ética o principios generales. Movimiento que implica pasar de la intuición moral al estado del arte, que reconoce la existencia de un conocimiento previo de normas que anteceden a la situación particular. Ese saber hacer con la grieta sin violar la estructura. Pero la forma no basta. El rumor de un relatorio anulado, la presión del grupo por el temor de que el cardenal Tedesco, con sus ideas, podría ocupar el trono y revertir todo lo que el papa muerto intentó transformar, la certeza de que ya no puede fingir no saber: todo lo impulsa a quebrar la ley.
Es aquí cuando decide ingresar a la habitación sellada, transformando esto en su acto singular: ya no es garante de la forma sino sujeto de un deseo de verdad. Lo que descubre no tiene vuelta atrás. No actúa siguiendo una deducción cerrada ni una simple intuición moral: su búsqueda se vuelve abductiva (Peirce, retomado por Fariña). Sigue indicios sueltos, signos dispersos, piezas que no garantizan un sentido único, pero que abren la grieta de la verdad. Allí no actúa como mero administrador; rompe el protocolo, asume la fidelidad a lo que se ha revelado, aun sabiendo que no hay Otro que pueda garantizarle que hace lo correcto. Lo ético, como señala Fariña, no es moral ni repetición de un deber: es un salto sin garantías, sostenido en la confianza de que, en ese vacío, puede surgir otra verdad. En este sentido la ética implica siempre un paso más allá de la simple adecuación a la norma o a la estructura. No basta con percibir que algo falla, eso sería apenas el primer movimiento: constatar la fisura, notar la grieta que desordena la forma establecida. Lo verdaderamente ético sucede cuando el sujeto no se detiene allí, sino que decide sostener su acto desde esa falta de garantías. Ese es el segundo movimiento de la ética: la invención de una posición subjetiva singular, capaz de asumir una decisión que no se deduce de ninguna regla previa.
A partir de allí, cada pista lo conduce a una revelación. El Papa difunto no confiaba en ninguno le dicen los documentos ocultos: esa frase se vuelve brújula. Thomas entiende que no hay Otro que garantice la continuidad; ¿debe asumir él mismo la responsabilidad de proteger lo verdadero? Copiar lo encontrado y distribuirlo, asumir ser el denunciante, con todo lo que eso conlleva: esa es una decisión. Este acto es apoyado por la hermana que por primera vez alza la voz, se hace presente lo femenino que hasta el momento estuvo destinado a los márgenes y a ser testigos silenciosos de muchos secretos.
Despejadas hasta aquí las irregularidades, nuevamente la pregunta: ¿quién es digno?
En este punto, Thomas empieza a considerar la posibilidad de ocupar el lugar vacante, no porque lo desee, sino como un modo de garantizar la continuidad de lo que su referente, el Papa muerto, había dejado como herencia ética. Es entonces cuando surge la elección simbólica de un nombre para sí mismo en esa función: João, eco del nombre del Papa difunto, pero que también remite, de forma velada, a la leyenda de la Papisa Juana. Esta resonancia mítica enlaza la tensión entre el orden masculino de la institución y lo femenino como grieta silenciosa que persiste en la historia de la Iglesia. Su elección no es un nombre propio en clave de deseo, sino un gesto de fidelidad: la apuesta de sostener lo que falta, aunque eso amenace con fisurar la forma.
La leyenda de la Papisa Juana habla de una mujer que, disfrazada de hombre, habría alcanzado el trono papal en la Edad Media. Aunque considerado mito por la historiografía oficial, su figura persiste como símbolo de lo femenino encubierto dentro de una institución exclusivamente masculina. Esto luego cobra otro valor.
Justo cuando está a punto de votarse a sí mismo, una explosión interrumpe el rito. Casi como una señal divina, interrumpe no lo que sería un acto subjetivo, sino fidelidad y continuidad, devolviéndolo al lugar de administrador. Esa irrupción, disruptiva en el sentido de Ignacio Lewkowicz, no es solo ruptura sino apertura de una grieta fértil para algo nuevo. Es en ese corte donde Thomas reevalúa no solo su papel en el proceso sino el modo en que quiere habitarlo: ya no actúa desde el mandato ni desde el deber, sino desde una posición subjetiva transformada por la fractura.
Se hace concreta la aparición del cardenal misterioso Benítez, visualizado de otro modo a partir de esta irrupción. Alza su voz, como un parafraseo a la “hermana”, quien pareciera promover esperanza y apertura, alineado con las ideas del papa muerto.
Thomas y su decisión final, no aceptarse como posibilidad, sino elegir a otro y confiar en él, marca una salida del duelo por vía del acto. No se trata de reponer lo perdido, sino de abrir una transmisión posible, no asegurada por la ley, sino sostenida por una intuición, por una fidelidad silenciosa a aquello que el Papa dejó como señal. Se convierte entonces en aquel que elige a quien el Papa había amado en secreto, sin pruebas, sin legitimación oficial. Y en ese gesto, lo que se transmite no es un cargo, sino una lógica otra: la confianza sin garantías, el deseo de futuro, la posibilidad de que la herencia no sea repetición sino invención. Benítez figura impensada, no tiene peso político, ni una trayectoria ascendente, ni alianzas visibles. Es un joven cardenal que no encaja del todo en el esquema. No representa ni el ala conservadora ni la progresista: parece fuera de serie, fuera de cálculo. Pero, sobre todo, fue el protegido secreto del Papa fallecido, alguien que fue amado, cuidado, educado… pero, al igual que las hermanas, nunca visibilizado públicamente.
La expresión que en la Iglesia designa este tipo de elección reservada es “in pectore”, literalmente, “en el pecho”. Un cardenal in pectore es aquel que el Papa designa sin hacerlo público. Es una forma de resguardar a alguien que, por condiciones políticas, sociales o incluso personales, no puede aún ser reconocido sin poner en riesgo algo más. El “in pectore” es el hijo simbólico que aún no tiene lugar, el heredero que no ha sido inscrito en el lenguaje oficial, pero que habita el corazón del poder.
Ese gesto, nombrar sin anunciar, proteger sin inscribir, condensa una lógica que atraviesa toda la película: la de lo no dicho que sostiene.
In pectore, entonces, nombra lo que todavía no entra en lo simbólico oficial, lo que no ha sido validado por las leyes ni por los rituales, pero que ya estaba en el centro. Y esa operación, sostener el secreto sin traicionarlo, reconocer sin absorber, es una apuesta ética: confiar en que hay algo verdadero que todavía no tiene forma, pero merece lugar.
El cardenal in pectore designado por el Papa no es quien todos creían, ni siquiera aquel a quien él mismo había empezado a considerar. El ultimo secreto de Benítez lo lleva a una verdad que no puede ser dicha sin hacer estallar el rito: la persona elegida, el heredero designado, es portador de una condición que no encaja en los cánones admitidos. El cardenal Benítez tiene por dentro un cuerpo de mujer. Secreto que si fuese revelado quebraría todo el edificio institucional. Desde Badiou, ese dato biológico que porta Benítez, un cuerpo femenino escondido bajo la investidura de un cardenal, funciona como acontecimiento: no deducible de la situación previa, irrumpe como exceso, exige fidelidad.
Thomas hace su acto ético final, decide guardar en secreto este dato, como elección, como fe, como último gesto ético, quedando, así como el único portador de ese secreto. Guarda algo que la institución no puede alojar, pero que late como verdad. Su silencio, entonces, no es negación, sino cuidado. No es omisión, sino espera. Como si supiera que hay verdades que no pueden decirse en cualquier tiempo, que necesitan condiciones para ser escuchadas. Y que, hasta tanto eso ocurra, alguien debe sostener el secreto sin traicionarlo, guardarlo “in pectore”, como se guarda una semilla, con la fe de que en un futuro podrá dar sus frutos.
Thomas no tiene retorno. Se escuchan los aplausos. Finalmente, una multitud de fieles celebran a Benítez, Papa “Inocente”, sin saber que bajo ese nombre late lo que la institución aún no puede alojar. La grieta ya no se cierra. Es testigo de algo innombrable, que tal vez un día pueda florecer. Desde la ventana, el silencio y el patio del Vaticano, las hermanas salen distintas, caminan con más soltura, se ríen, han alzado la voz. No irrumpen en la escena de poder: simplemente existen, visibles, vitales, en pluralidad. La cámara no subraya el momento, no lo dramatiza. Pero algo se intuye: algo se ha quebrado en el orden cerrado, algo ha comenzado a circular. Es una imagen mínima, pero suficiente: la promesa de que lo que no tenía lugar ya empezó a desplazarse, y que el mundo puede volver a escribirse desde otras voces, otros cuerpos, otros gestos. Lo femenino no amenaza: fecunda. Así como Dios confió a María el alumbramiento del Salvador, la Iglesia, sin saberlo, confía a lo femenino la potencia de alumbrar otro modo de poder. Observamos a Thomas ya no como guardián de lo instituido, sino como aquel que sostiene, en silencio, la posibilidad de un porvenir aún innombrable. Es testigo de algo que no puede revelar, pero que lo ha transformado. Ya no se trata de una fe ritual, sino de una certeza íntima: que lo que late “in pectore”, si es cuidado y no negado, puede abrir en su tiempo una nueva forma de verdad.
La vacancia del trono, como significante del Nombre del Padre, recorre tanto la película “Habemus Papam” como “Conclave”, pero se despliega de forma opuesta. En “Habemus Papam”, el cardenal Melville no logra asumir su lugar: paralizado por la perplejidad, queda imposibilitado de sostener la función del Padre como garante de la ley simbólica. El vacío no se tramita, no hay acto de transmisión, y la estructura tambalea en un bucle sin resolución. En Conclave, Thomas inicia igualmente tambaleante: siente que no es digno, duda de su fe, teme traicionar la herencia del Papa muerto. Sin embargo, su acto lo diferencia: elige no ocupar el trono, pero se vuelve transmisor de una grieta imposible de alojar en lo instituido. No restaura el Nombre del Padre, sino que lo sostiene en su falta, abriendo paso a lo que late in pectore, la herencia de lo femenino como potencia de otra transmisión. Así, donde Melville se repliega en el no poder, Thomas se proyecta en un gesto ético que hereda sin garantías. La pregunta por la dignidad vuelve a latir: no como un lugar a ocupar, sino como una posición subjetiva capaz de sostener la grieta.
“Conclave” se estrena tiempo antes de la muerte real de papa Francisco. Muchas coincidencias se han encontrado entre hecho real y ficción, como algo premonitorio: cine y realidad se pliegan, la grieta se convierte en signo. Lo que late in pectore se hereda como semilla: sin garantías, imposible de sellar del todo. Quizás esa sea, al final, la única dignidad posible: sostener, en silencio, lo que aún no tiene nombre. Y volver siempre a esa pregunta que late como un eco: ¿quién es digno?, lo único seguro es ese pasaje: del rito al acto.
Referencias:
Badiou, A. (2005). El ser y el acontecimiento. Buenos Aires: Manantial.
Benyakar, M. (2001). Psicología del duelo: Pérdida, trauma y reparación. Buenos Aires: Paidós.
Fariña, M. (2023). Ética del acto psicoanalítico (Material de cátedra, inédito).
Lewkowicz, I. (2001). Las formas de lo disruptivo. En Pensar sin Estado. Buenos Aires: Paidós.
Lacan, J. (1988). Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis. Buenos Aires: Paidós.
Moretti, N. (Director). (2011). Habemus Papam [Película]. Italia: Sacher Film.
Berger, E. (Director). (2024). Conclave [Película]. Reino Unido: House Productions.
NOTAS
FORUM
Si bien todavía no pude ver la película, lo que leí me resultó muy interesante. Creo que, aunque ficticia, esta obra busca devolver y visibilizar la importancia que lo femenino tiene, tuvo y siempre tendrá en la Iglesia. La verdad interior del elegido Benítez parece mostrar que lo femenino no es un agregado secundario, sino un pilar fundamental que muchas veces quedó “tapado” por el hecho de que los Papas siempre fueron figuras masculinas, como si eso relegara a la mujer a un segundo plano.
La elección de Benítez, nombrado in pectore, no es una novedad, sino más bien una reafirmación de lo que la Iglesia ya tuvo en su corazón desde siempre. María fue la madre de Dios —sin ella, Jesús no hubiera podido cumplir su misión— y es reconocida como “Reina de los Apóstoles”, incluso por encima del primer papa, San Pedro. La Iglesia misma es llamada “Madre” en la tradición, y a lo largo de los siglos no faltaron santas que interpelaron e incluso corrigieron a papas y santos varones, como la Madre Teresa de Calcuta frente a Juan Pablo II.
En este sentido, la película parece recordarnos que lo femenino es lo que late in pectore: lo secreto que sostiene, lo no dicho que fecunda, la semilla que espera su tiempo para florecer. No se trata de un complemento ni de un simple contrapunto del varón, sino de la fuerza silenciosa que posibilita lo nuevo. Quizás el verdadero gesto del film sea recordarnos que, en el fondo, lo femenino siempre estuvo allí, sosteniendo desde adentro, aun cuando la institución todavía no sepa nombrarlo del todo.
Excelente recorrido sobre la película. Thomas Laurence se ve arrastrado por una grieta entre el rito institucional y un acto ético singular, confrontado con una verdad imposible de alojar en lo simbólico. El cónclave “bajo llave” devela lo oculto: la vacancia del trono como significante del Nombre del Padre. Su viaje culmina no ocupando el lugar, sino asumiendo la transmisión de lo imposible—el secreto in pectore—, sosteniendo en silencio la herencia de lo femenino como promesa de un porvenir.
Me gustó mucho este artículo, Me llama la atención el concepto de in pectore, aquello que todavía no está en lo simbólico oficial. El personaje Benítez quien aparece repentinamente y llena de dudas todas sus intervenciones, como si estuviera en una posición confusa, indefinida o silenciosa. Al final capaz se puede comprender un poco más de esto, pero es interesante lo que se plantea respecto de ser "testigo de algo innombrable" algo que todavía no se puede decir, por cuidado y por espera. Demostrando también cierta esperanza de que en un futuro las condiciones estén dadas para que eso "no dicho" pueda decirse y exteriorizarse y en ese momento abrir a una nueva forma de verdad, que puede estar en esa confianza de la iglesia a lo femenino así como Dios confió en María. Y la idea de que lo femenino no amenaza sino que fecunda.
En este artículo la autora hace una lectura de “Conclave” donde más allá de enfocarse en lo político o religioso de manera literal, resalta el choque entre lo que dicta la norma y la decisión (singular) del protagonista, abriendo la pregunta sobre qué significa realmente ser “digno” y hasta dónde las instituciones pueden controlar lo que, en esencia, escapa a sus lógicas.
El artículo logra así reflejar la fragilidad de la autoridad y del orden simbólico convirtiendo al film en un espacio de reflexión sobre la ética, mostrando cómo una decisión singular puede sacudir lo establecido y a cuestionar lo que suele darse por sentado en el ámbito de las instituciones.
Película:Cónclave
Título Original:Conclave
Director: Edward Berger
Año: 2024
País: Reino Unido
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