Universidad de Buenos Aires
Resumen:
El primer episodio de la séptima temporada de Black Mirror, "Common People", presenta una distopía donde la muerte es interceptada por dispositivos tecnológicos que prometen administrar la falta. Este trabajo analiza cómo la corporación Rivermind, mediante su dispositivo de preservación cognitiva, al evitar la muerte suspende el trabajo simbólico del duelo y lo transforma en una suscripción perpetua. Articulando conceptos del psicoanálisis con el "tecnofeudalismo" de Yanis Varoufakis, exploramos cómo la negativa a elaborar la pérdida convierte a los protagonistas en sujetos de una doble extracción: económica y subjetiva. El análisis revela que el discurso capitalista, al forcluir la imposibilidad inherente a la condición humana, genera formas inéditas de servidumbre donde el amor y la muerte quedan capturados por lógicas algorítmicas. La muerte emerge paradójicamente como único límite accesible frente a un sistema que prometía eliminarla, constituyéndose en la única vía de escape del dominio tecnofeudal.
Palabras Clave: discurso capitalista | duelo | tecnofeudalismo | Black_Mirror
From Suspended Mourning to The Fragmented Body: Common People and The New Technological Servitudes
Abstract:
The first episode of Black Mirror’s seventh season, "Common People," presents a dystopia where death is intercepted by technological devices that promise to manage loss. This paper analyzes how the Rivermind corporation, through its cognitive preservation device, by preventing death suspends the symbolic work of mourning and transforms it into a perpetual subscription. Articulating psychoanalytic concepts with Yanis Varoufakis’s "technofeudalism," we explore how the refusal to elaborate loss converts the protagonists into subjects of double extraction: economic and subjective. The analysis reveals that capitalist discourse, by foreclosing the impossibility inherent to the human condition, generates unprecedented forms of servitude where love and death are captured by algorithmic logics. Death paradoxically emerges as the only accessible limit against a system that promised to eliminate it, constituting the only way to escape technofeudal dominion.
Keywords: capitalist discourse | mourning | technofeudalism | Black_Mirror
Pero, como se sabe, sólo la muerte es gratis.
Sigmund Freud.
Introducción
La serie Black Mirror explora consistentemente las problemáticas contemporáneas en torno a la tecnología y sus efectos en la subjetividad. En Common People, primer episodio de la séptima temporada, esta exploración adquiere una dimensión particularmente inquietante.
El episodio presenta a Amanda y Mike, una pareja de mediana edad perteneciente a la clase trabajadora: él se desempeña como operario en una fábrica; ella, como maestra de escuela primaria. Casados hace tres años, buscan infructuosamente su primer hijo. Sus días transcurren en esta espera hasta que Amanda se desvanece mientras da clases y debe ser hospitalizada.
Cuando Mike llega al hospital, la encuentra inconsciente. Allí recibe el diagnóstico devastador: un tumor cerebral terminal, inoperable por lo avanzado de su estado. En medio de esta situación crítica, la médica le menciona una nueva corporación que está obteniendo resultados, aunque advierte sobre los riesgos. Es entonces cuando aparece la amable representante de Rivermind, quien explica a un Mike desesperado los términos de la intervención: extraerían el tumor, harían un respaldo del área afectada, reemplazarían el tejido por material sintético receptor, y las funciones cognitivas de Amanda serían transmitidas desde un servidor en la nube.
La propuesta de Rivermind se caracteriza por una estratégica opacidad. Mike no recibe información clara sobre el funcionamiento del dispositivo, los niveles escalonados de suscripción, las alteraciones automáticas en el ciclo de sueño, ni la inserción de publicidad en el discurso de Amanda. Tampoco le informan que, durante su sueño o inactividad, el dispositivo implantado aprovecha la capacidad de procesamiento cerebral de Amanda para alimentar los servidores de la corporación.
Estas condiciones se revelan progresivamente. Ante cada nueva dificultad, la corporación responde con una única fórmula: ofrecer la adquisición de un plan superior. Esta dinámica, presentada como la única vía para sostener las "mejoras" de Amanda, vela la creciente sumisión de Mike a un sistema que no ofrece alternativas reales. La única opción por fuera de Rivermind implica aceptar la muerte de Amanda.
El desenlace inevitable del tumor era la muerte, tal como le habían asegurado a Mike en el hospital. Esto implicaría un necesario trabajo de duelo. Sin embargo, lo que observamos es que ambas posibilidades –la muerte de Amanda y el duelo de Mike– se ven interceptadas y redirigidas hacia una administración tecnológica de la pérdida. Su vínculo queda así supeditado a una lógica de consumo.
Las prestaciones del dispositivo ilustran claramente el precio de este funcionamiento: los planes básicos limitan la vigilia de Amanda a pocas horas, sumiendo el resto en extensos períodos de "suspensión"; los planes superiores, en cambio, desbloquean prestaciones adicionales, como una sensibilidad artificialmente aumentada al placer y a todo tipo de sensaciones y capacidades. La inserción de anuncios publicitarios involuntarios y adecuados al contexto en el discurso de Amanda termina de consolidar esta lógica mercantil. La existencia y el afecto se transforman en bienes de cambio, y lo singular del lazo amoroso queda desplazado por una interfaz de servicios pagos.
Esta mediación tecnológica y sus efectos emergen como síntomas del discurso capitalista que Lacan introduce en 1972. Se configura así una situación distópica donde amor, muerte, imposibilidad y duelo quedan atravesados por los dispositivos del capital. Desde este punto de partida, el presente trabajo explora cómo la intervención tecnológica de Rivermind –adoptando las formas que Yanis Varoufakis asocia al "tecnofeudalismo"– no solo gestiona el duelo, sino que activamente desarticula su trabajo simbólico.
En su lugar, instala una lógica de consumo y extracción de "renta de la nube" que perpetúa el sufrimiento al excluir sistemáticamente la falta y lo negativo inherentes a la experiencia humana. Como señala Soria (2019), esto revela que "el agente del discurso pasa a ser el sujeto consumidor/consumido por un discurso que no encuentra el límite de lo imposible" (p. 821).
El duelo suspendido: la imposibilidad del acto simbólico
La propuesta de Rivermind revela una lógica más profunda que la mera gestión tecnológica. Como señala Miguel Benasayag (2021), vivimos en una
"sociedad de biopoder, centrada en nuestros cuerpos máquinas funcionantes, [donde] la muerte es central, o más bien, la preocupación por evitarla se vuelve central y dominante. La muerte, vista como algo grave que le pasará a un individuo serializado, remite a un final total" (p. 28).
La función principal del dispositivo de Rivermind, más allá del progreso tecnológico que implica, radica precisamente en lo que previene: la muerte y, consecuentemente, el duelo. Lejos de participar en la elaboración simbólica de la pérdida, el dispositivo tiende a suspenderla, neutralizarla, postergarla, velando sus efectos subjetivos y anudando el duelo a la gestión algorítmica.
Si entendemos que Amanda, ante su diagnóstico terminal, debería haber muerto, lo que hace el dispositivo es postergar ese evento natural. En lugar de permitir que Mike comience el trabajo de duelo, se le ofrece una solución técnica: mantener a Amanda presente, aunque con limitaciones nunca especificadas al principio. La frase que le dice la representante de Rivermind, "This will give you time", condensa esta lógica: no se trata de elaborar la pérdida, sino de administrarla, dosificarla.
Pero el tiempo que ofrece es puramente contractual, regulado por pagos. No es un tiempo para elaborar, sino un tiempo comprado: cada momento de consciencia de Amanda tiene un precio y una duración predeterminada. En este sentido, el dispositivo evita la falta: Amanda sigue disponible, sin corte en su existencia. La única interrupción es la que imponen las limitaciones del plan que Mike puede pagar. Esta continuidad artificial impide que la pérdida se simbolice y transforma su presencia en algo sostenido técnicamente, más en el orden del funcionamiento que de la existencia.
Al garantizar ese funcionamiento pagando el abono de Rivermind, Mike queda sumido en un sinfín de horas extras para cubrir los gastos que implica mantener "despierta" a Amanda. Soria (2019) dirá que
"Aquí el sujeto hace un uso de la falta en ser, del síntoma, como motor del movimiento incesante del mercado, que en su articulación con la tecno-ciencia ofrecerá siempre un nuevo objeto, que dará a cada instante la ilusión de suturar la carencia de ser estructural" (p. 821).
En esta línea, Lacan en el Seminario 10 nos recuerda que el duelo se constituye en relación con aquel de quien podemos decir "soy su falta", es decir, causa de su deseo. Al aceptar el dispositivo de Rivermind, Mike se niega a perder ese lugar de objeto causa del deseo para Amanda, condenándola, a través de su elección, a una suerte de no-muerte y condenándose él mismo a convertirse en objeto a resto.
Esto se articula con lo que plantea Freud (1917) en Duelo y melancolía: el duelo implica una desinvestidura libidinal que ocurre "pieza por pieza" (p. 243). Aquí, ese trabajo ni siquiera comienza. El "pieza por pieza" adquiere una resonancia siniestra: no solo refiere al fragmento de cerebro de Amanda que se reemplaza por el dispositivo de Rivermind, sino también a las funciones que Amanda progresivamente pierde y que, pieza por pieza, deben ser recuperadas mediante ajustes en la suscripción.
En este contexto, donde la elaboración freudiana del duelo es obturada, la época misma, como advierte Benasayag (2021), "está desprovista de toda dimensión trágica" (p. 25), lo que deja al sujeto sin coordenadas simbólicas para alojar la pérdida y lo empuja hacia soluciones técnicas que prometen eludirla. Sin embargo, la pérdida que no puede elaborarse simbólicamente insiste y encuentra otras vías: si Mike no puede perder a Amanda en el duelo, terminará perdiéndose a sí mismo de manera literal y fragmentaria.
La fragmentación del sacrificio: el cuerpo como moneda de cambio
Si el dispositivo de Rivermind suspende el trabajo de duelo, cabe preguntarse qué ocurre con la elaboración de la pérdida. Allouch (2011), distanciándose de la idea del duelo como trabajo, lo propone como un acto capaz de "efectuar en el sujeto una pérdida sin compensación alguna, una pérdida a secas" (p. 9). Este acto de duelo solo se consuma si quien está de duelo se desprende sacrificialmente de un "pequeño trozo de sí". El autor precisa que este trozo es "ni de ti ni de mí, de sí", señalando la dimensión de lo indistinto entre el doliente y el objeto perdido (p. 10).
En el caso de Mike, podemos pensar que al quedar impedido este acto simbólico de desprendimiento, emerge en su lugar un sacrificio literal y fragmentador, desplazado hacia lo real del cuerpo.
Es entonces que entra en juego "Dum Dummies", una plataforma que Mike descubre de manera casual en su trabajo. No es coincidencia que esta plataforma emerja cuando los costos de Rivermind se vuelven insostenibles: ambas forman parte de un mismo ecosistema extractivo donde el dolor y la desesperación se monetizan por diferentes vías. Allí, transmiten en vivo personas desesperadas por dinero que realizan actos degradantes para recibir un pago. La oferta monetaria aumenta proporcionalmente al carácter denigrante de la propuesta.
Mike comienza con actos aparentemente menores –golpearse, cortarse– que la plataforma monetiza según su espectacularidad. Pero la lógica extractiva y la necesidad creciente lo empujan hacia mutilaciones cada vez más graves. Frente al límite que su cuerpo impone a la realización de más horas extras, y ante el precio cada vez más prohibitivo de la suscripción de Rivermind, Mike encuentra en esta plataforma un recurso que revela su particular susceptibilidad a los mecanismos de mercantilización del sufrimiento.
En la alienación a la lógica que proponen tanto Rivermind como Dum Dummies, Mike encuentra una forma de no confrontar con la pérdida. Como señala Miller (2023), "insertarse en esta cadena es alienarse y no hacerlo es la separación, que uno se inserte o no en ella hace que el sujeto se experimente él mismo como desecho de la civilización" (p. 334). Mike, al alienarse completamente a ambas plataformas, se ofrece como objeto para sostener a Amanda como objeto causa de su deseo, pero en esta operación queda reducido él mismo a puro resto, a objeto a desecho del sistema.
Al negarse a perder a Amanda, Mike acaba perdiéndose a sí mismo, pero no de una vez, no en un acto simbólico único, sino "pieza por pieza" –retomando la lógica freudiana del duelo pero vaciada de su potencial elaborativo–. Este proceso no produce un corte simbólico, sino una persistencia dolorosa: un cuerpo ofrecido al espectáculo del consumo, donde el sufrimiento se sostiene como mercancía.
El sacrificio no opera como acto pleno –como lo describe Allouch– sino como una pérdida administrada, sostenida por la deuda y por la demanda de la plataforma. Como señala Soria (2019), "el cuerpo biológico sigue allí como un escollo a transformar" al que la tecno-ciencia provee "múltiples ilusiones", sin conseguir "los efectos de goce esperados" (p. 823). En Mike, esta dimensión real de la castración se literaliza: cada fragmento entregado revela la falla del dispositivo para producir la completud prometida.
Lo que entrega Mike para sostener a Amanda no es solo una parte de sí en sentido individual, sino también fragmentos de ese "sí" indistinto que constituía su proyecto de vida compartido, ahora capturado y administrado por el dispositivo de Rivermind. No hay acto sacrificial que cierre el duelo, sino una pérdida que se prolonga indefinidamente.
Cada parte cedida busca sostener la ilusión de que lo perdido puede recuperarse: en una función que Amanda recupere, en una respuesta amorosa, en la fantasía de un futuro. Pero, como señala Allouch, la pérdida es sin compensación. Esa es la trampa del dispositivo: a medida que Rivermind ubica las funciones más deseadas en los niveles más caros, más debe sacrificar Mike para alcanzarlas. La pérdida no tramitada en lo simbólico se cursa en lo real del cuerpo, revelando (como exploraremos más adelante) que es el cuerpo mismo el territorio de la extracción.
Rivermind, señor tecnofeudal
La pérdida que se cursa en lo real del cuerpo revela la lógica extractiva más amplia en la que Mike y Amanda quedan atrapados. La estrategia de captura se revela desde el primer encuentro en el hospital con la representante de Rivermind. Como señala Miller (2023), la publicidad opera movilizando el deseo mientras tranquiliza al superyó respecto a la culpa y asegura al yo la solidez de la decisión. Esta representante que presenta la "solución" a Mike encarna los "semblantes imaginarios" (p. 19) que, según Miller, desorientan: ante el diagnóstico terminal de Amanda, ofrece tiempo –no para elaborar la pérdida, sino para seguir pagando–. La oferta se presenta como salvación cuando en realidad inaugura una nueva forma de servidumbre.
Esta servidumbre opera según lo que Yanis Varoufakis (2024) describe como "tecnofeudalismo": Rivermind no funciona como una empresa compitiendo en un mercado abierto, sino como un "señor de la nube", propietario de un "capital en la nube" –el dispositivo y su infraestructura algorítmica– cuya función primordial es la modificación del comportamiento y la extracción de "renta de la nube".
La corporación no solo cobra una suscripción mensual por mantener activas las funciones cognitivas de Amanda; durante los períodos de "suspensión", el dispositivo aprovecha su capacidad de procesamiento cerebral para alimentar la capacidad de funcionamiento de sus servidores. Esta doble extracción –renta directa y capacidad computacional– transforma a Mike en "vasallo" y a Amanda en recurso.
En lugar del trabajo de duelo que elabora la pérdida de una vez, Rivermind ofrece una pérdida administrada: Amanda nunca termina de morir mientras ella y Mike paguen la renta. El duelo, que debería ser un acto con término, se convierte en una suscripción sin fin.
En este esquema tecnofeudal, la subjetividad de Amanda es colonizada: su discurso se ve infiltrado por anuncios publicitarios "contextualmente relevantes" que la convierten en agente involuntaria de marketing para Rivermind, monetizando hasta sus interacciones cotidianas en la escuela; sus períodos de suspensión y vigilia son administrados según los planes de pago; y sus capacidades sensoriales pueden ser moduladas algorítmicamente.
Los planes escalonados de Rivermind materializan esta lógica extractiva. El plan básico apenas mantiene despierta a Amanda por unas horas, con transmisión constante de anuncios comerciales; el plan Lux regula positivamente sus sensaciones, potencia habilidades y promete "controlar todo". Cada nivel implica mayor dependencia y mayor extracción. Sin embargo, como advierte Soria (2019), pese a las ilusiones que proveen estos gadgets tecnológicos, el cuerpo biológico persiste como "escollo a transformar", sin alcanzar los efectos de goce esperados, haciendo presente "una dimensión real de la castración, de la falla" (p. 823).
Este sistema tecnofeudal no opera aisladamente. A medida que el precio de la suscripción de Rivermind se vuelve prohibitivo para la pareja, ambas plataformas conforman un circuito de extracción que se retroalimenta: la primera demanda pagos crecientes que empujan a Mike hacia la segunda, donde transforma su sufrimiento en espectáculo rentable.
Ambas plataformas extraen valor de la negativa a elaborar la pérdida. La promesa de completud tecnofeudal se revela así como lo que siempre fue: una forma sofisticada de extracción que impide el duelo mediante la administración tecnológica de la pérdida.
La muerte como límite
El dispositivo de Rivermind promete diferir la muerte indefinidamente, pero es precisamente la muerte la que emerge como único límite a su lógica extractiva. Después de un año de existencia administrada, donde cada función vital tiene un precio y cada momento de consciencia se paga con fragmentos del cuerpo de Mike, Amanda reconoce lo que el sistema oculta: que la única salida es aquella que ningún upgrade puede comprar.
La escena final condensa la perversión del dispositivo. Es el aniversario de la pareja y Mike ha vendido la cuna del hijo que nunca tendrán, venta que metaforiza el futuro cancelado, para comprar treinta minutos del plan Lux. En el jardín, mientras maximiza la serenidad de Amanda en la aplicación, ella le dice que "es hora". Mike se resiste, menciona un encargo especial de un cliente privado en Dum Dummies que les permitiría continuar. Pero Amanda insiste: está segura. Solo le pide que lo haga cuando ella "ya no esté ahí" –cuando los treinta minutos terminen y vuelva a ser puro recurso computacional–.
Mike la acuesta. El timer marca los últimos segundos. Se dicen que se aman y, cuando el tiempo expira, Amanda comienza a transmitir anuncios publicitarios. Es entonces cuando Mike la ahoga con una almohada. Ella no se defiende –ya no está ahí– pero su cuerpo continúa emitiendo publicidades hasta el último aliento. Incluso en la muerte, Rivermind extrae valor: Amanda muere vendiendo productos que nunca eligió promocionar.
El acto de Mike revela la paradoja del sistema: para liberarla debe matarla. El "encargo especial" que menciona sugiere una mutilación definitiva –la castración literal que cierra el círculo de fragmentaciones–. El cuerpo que se ofreció pieza por pieza en Dum Dummies llega a su sacrificio final, no ya para sostener la vida artificial de Amanda, sino como culminación de su propia desintegración.
En este desenlace, la muerte no aparece como derrota sino como único acto posible frente a un sistema que prometía eliminarla. Amanda elige morir porque es lo único que puede elegir. Mike accede a matarla y en esa acción respeta genuinamente por primera vez la elección de Amanda, que nunca pudo tener lugar desde el desvanecimiento en el hospital, ya que él eligió por ella la continuidad de su vida en ese sistema. Es la única forma de amarla fuera de la lógica transaccional esclavizante de Rivermind.
La muerte, negada sistemáticamente por este tecnofeudalismo, retorna como aquello que no puede ser capturado, administrado ni monetizado. Es el límite que revela la imposibilidad de su promesa: donde el dispositivo ofrecía gestión infinita de la pérdida, la pareja encuentra que solo el acto definitivo de perder –y perderse– escapa a su dominio.
Conclusión
El recorrido por Common People nos confronta con los síntomas del discurso capitalista en su versión tecnofeudalista más extrema: Rivermind transforma el duelo en suscripción perpetua y pone al vínculo entre Amanda y Mike bajo gestión algorítmica.
¿Qué nos dice este episodio sobre nuestro presente? En una época donde proliferan las promesas de optimización tecnológica del duelo –desde la inteligencia artificial que simula conversaciones con muertos hasta las redes sociales que eternizan perfiles–, Common People nos interroga sobre el precio de eludir la pérdida. Queda abierta la pregunta sobre qué particularidad de la estructura permite a Mike asumir con tal presteza el recurso a la automutilación como respuesta a las demandas de este sistema.
La situación de Amanda revela el callejón sin salida al que conduce el dispositivo: después de un año de existencia administrada, la acción posible es elegir aquello que desde el principio le correspondía. En este sentido, aquella frase que Fisher (2017) atribuye a Jameson o Žižek –"es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo"– (p. 22) cobra una dimensión siniestra: para Mike y Amanda resulta efectivamente más fácil imaginar –y consumar– el fin de sus propias vidas que imaginar una existencia por fuera del sistema tecnofeudal que los mantiene cautivos.
Quizás la advertencia más perturbadora del episodio no radique en la distopía tecnológica que presenta, sino en reconocer que ya habitamos formas incipientes de esta administración de la pérdida. La pregunta que nos deja no es si estos dispositivos llegarán, sino qué formas de resistencia son posibles cuando el duelo, ese trabajo fundamental de lo humano, es capturado por lógicas que prometen diferirlo indefinidamente a cambio de nuestra servidumbre.
Como anticipaba el epígrafe, "sólo la muerte es gratis": en un mundo donde todo intenta ser monetizado al máximo, la muerte emerge como lo único que escapa a la lógica extractiva del tecnofeudalismo. Solo reconociendo este límite de lo imposible –ese real que ninguna tecnología puede domesticar– es posible recuperar la dimensión propiamente humana de la existencia.
Referencias:
Allouch, J. (2011). Erótica del duelo en tiempos de la muerte seca. El cuenco de plata.
Benasayag, M. (2021). ¿Funcionamos o existimos? Una respuesta a la colonización algorítmica. Prometeo Libros.
Fisher, M. (2017). Realismo capitalista: ¿No hay alternativa? Caja Negra.
Freud, S. (1917 [1915]). Duelo y melancolía. En Obras completas (Vol. XIV, pp. 235-255). Amorrortu.
Freud, S. (1940 [1938]). La escisión del yo en el proceso defensivo. En Obras completas (Vol. XXIII, pp. 271-278). Amorrortu.
Lacan, J. (1972). Del discurso psicoanalítico (Conferencia en la Universidad de Milán, 12 de mayo de 1972). Inédito. https://www.elsigma.com/historia-viva/traduccion-de-la-conferencia-de-lacan-en-milan-del-12-de-mayo-de-1972/9506
Lacan, J. (2009). El Seminario, Libro 10: La angustia. Paidós.
Miller, J.-A. (2023). El otro que no existe y sus comités de ética. Paidós.
Miller, J.-A. (2025). Todo el mundo es loco (3ª reimpresión). Paidós.
Soria, N. (2019). Síntomas del discurso capitalista. XI Congreso Internacional de Investigación y Práctica Profesional en Psicología. XXVI Jornadas de Investigación. XV Encuentro de Investigadores en Psicología del MERCOSUR. I Encuentro de Investigación de Terapia Ocupacional. I Encuentro de Musicoterapia. Facultad de Psicología - Universidad de Buenos Aires. https://www.aacademica.org/000-111/517
Varoufakis, Y. (2024). Tecnofeudalismo. Ariel.
NOTAS
FORUM
Me resultó muy interesante el artículo, especialmente en cómo muestra que el dispositivo no solo evita la muerte del paciente, sino también la posibilidad de elaborar simbólicamente el duelo por parte de su esposo. Al suspender esa pérdida, lo que se pone en juego no es solo la prolongación de la vida, sino también un corrimiento del trabajo psíquico necesario para tramitarla, con consecuencias profundas en la economía subjetiva. En este sentido, el capítulo deja ver cómo el discurso capitalista empuja a los límites de lo impensado con tal de evitar el encuentro con lo real de la muerte y del duelo, ofreciendo soluciones tecnológicas que buscan taponar aquello que, estructuralmente, no puede ser abolido.
El articulo sobre Black Mirror, Common People, plantea de manera cruda y real de una forma metafórica, y no tanto, como la tecnología puede meterse en cuestiones tan humanas como el duelo. Se muestra como la empresa rivermind transforma algo que debería ser un proceso simbólico, en un sistema de consumo, donde cada recuerdo o momento se paga como si fuera un servicio más. También se señala el carácter tecnofeudal del sistema, que atrapa tanto a Amanda como a Mike en una lógica de extracción constante. En síntesis, el texto ayuda a pensar como ciertos recursos técnicos actuales podrían llegar a funcionar de manera similar, evitando que la perdida se elabore realmente.
La primera frase de Freud que aparece en el capítulo —“Pero, como se sabe, sólo la muerte es gratis”— me impactó de entrada. En este episodio de Black Mirror, conocemos a Revermind, una empresa que vende la ilusión de tener más tiempo, de saltear el duelo, de evitar el dolor. Pero en realidad, lo que se consigue es más tiempo para sufrir. Más tiempo para seguir pagando. Nos volvemos esclavos del sistema.
Mike es un ejemplo claro: llega a límites impensados con tal de no enfrentarse a la pérdida. Lo que ya había perdido lo persigue, y en ese intento desesperado por evitarlo, se pierde a sí mismo. Me hizo pensar en nuestra vida cotidiana: trabajamos más, producimos más, convencidos de que así vamos a evitar la falta. Pero esa promesa de completud nos deja más vacíos.
Lo más fuerte para mí fue darme cuenta de que lo único que no tiene precio es justamente la muerte. Y es esa misma muerte la que evitamos constantemente. El sistema se alimenta de ese miedo: tratamientos de belleza, aplicaciones de productividad, tecnologías que prometen mejorar nuestra vida, darnos tiempo. Consumimos lo que sea con tal de sentir que todavía “hay más tiempo”.
Siempre en coordenadas de cantidad: más tiempo, más belleza, más amor. Se produce, se acumula. Y por eso el duelo no encaja. En estas coordenadas, el duelo no tiene lugar. Y ahí es donde nos destruimos, intentando pagar para no perder, cuando en realidad, la pérdida es lo único que puede darnos, aunque sea, un poco de libertad.
En este capítulo de Black Mirror, y como en tantos otros, me movilizan las diversas distopías que se presentan y la fantasía de cuestionarme si pudiera suceder realmente algo así. La reflexión que se me ocurre, es que vivimos en una era donde la tecnología promete consuelo y una supuesta eternidad, ofreciendo dispositivos para evadir el dolor y la pérdida. Esta “optimización del duelo” tiene un costo altísimo: nos vuelve esclavos de un sistema que capitaliza cada aspecto de nuestra existencia, al punto de que escapar de él parece una fantasía prácticamente inalcanzable. El episodio de Common People nos confronta con el reconocimiento de que la muerte es lo único que no puede ser monetizado, la muerte emerge como el único límite que la tecnología no puede dominar. La afirmación de que "sólo la muerte es gratis" plantea que, la verdadera resistencia reside en reconocer esa dimensión imposible de controlar. Asumir este límite nos permite recuperar la esencia de lo que significa ser humano.
Resulta sumamente interesante la lectura que se hace en relación con el trabajo de duelo y con la falta. Con el objetivo de evitar confrontarse con la pérdida simbólica - con el no hay -, se condena a una pérdida que retorna constantemente y llega a tocar algo de lo real.
Asimismo, se destaca la necesidad de que "todo siga funcionando", que todo siga siendo funcional. Al ponerle un freno a la muerte, se pone otro freno al trabajo de duelo del que quedaría vivo. No hay tiempo para lamentarse, para angustiarse, para llorar, para vivir esa pérdida, el sujeto tiene que seguir siendo funcional, no puede dejar de ser productivo.
Ese supuesto ahorro de malestar es ficticio, se paga de una u otra manera, más tarde o más temprano, de forma más consciente o más inconsciente; no hay forma de no pagar el precio.
Con el uso de nuevas tecnologías - como es el caso de Rivermind - se puede abonar a la ilusión neurótica del tiempo eterno "siempre habrá más tiempo para...". Siempre habrá más tiempo para evitar enfrentarse con la muerte, con la pérdida, con la falta, con lo que no hay, con lo que no alcanza, con lo que no se puede decir ni significar. Pero, a fin de cuentas, no son más que nuevas formas neuróticas de defensa, tal vez, con un precio demasiado alto.
Como indica el epígrafe que cita a Freud: "Pero, como se sabe, solo la muerte es gratis."
Lo que más me impactó del artículo fue la idea de que cuando la pérdida no se tramita en lo simbólico, se cursa en lo real del cuerpo. Me quedó resonando mucho, porque muestra cómo algo tan íntimo como el duelo puede terminar sometido a una lógica de extracción de valor. En el capítulo se ve clarísimo: Mike, en vez de poder elaborar la muerte de Amanda, queda atrapado en un sistema que extrae valor de su cuerpo y de su dolor, pieza por pieza. Y ahí pienso en lo que plantea Mark Fisher en Realismo capitalista (2009), cuando dice que el capitalismo no sólo organiza lo que hacemos, sino también lo que podemos imaginar. Justo eso pasa acá: la única alternativa fuera del sistema es aceptar la muerte, mientras que todo lo demás implica pagar con el cuerpo. Me genera inquietud porque muestra que, si todo se mercantiliza, incluso lo más doloroso se vuelve negocio, y lo humano queda reducido a un recurso explotable.
El texto me hizo pensar cómo la tecnología puede apropiarse del amor, de la muerte y del duelo, convirtiéndolos en una mercancía administrada por un dispositivo.
Me interpeló la idea de “tecnofeudalismo”: como un modo de poder que captura al sujeto y lo ata a una dependencia infinita. Tecnologías que vacían de sentido lo más humano, convirtiendo la pérdida en un producto y dando lugar a un duelo que nunca llega a tramitarse.
¿Hasta qué punto estamos dispuestos a delegar lo más íntimo de la vida (y de la muerte) en manos de un dispositivo?
Buenas tardes estimados, el presente articulo me invita a reflexionar sobre el aprovechamiento del mercado capitalista en torno a la vulnerabilidad del sujeto y su respectiva explotación como margen de ganancia. De allí deviene el imponente título del episodio, "common people". Podría entenderse a la vulnerabilidad en términos lacanianos como la organización del deseo en torno a la falta estructural, en este caso, evitar la muerte a toda costa y a cualquier precio. Dicha situación es claramente percibida por el capitalismo como una oportunidad de mercado, como un deseo imperante por el cual el sujeto común hará lo imposible para satisfacerlo y, por ende, pagará lo que el mercado determine, aunque todo aquello que ofrezca como garantía de saciar esa falta, finalmente nunca logrará satisfacerla.
Leer el artículo me llevó a la misma impresión que el capítulo, algo que también se menciona: lo inquietante de su cercanía. Por una parte, nos atraen las promesas tecnológicas de prolongar, mejorar o sostener la vida. Estamos inundados de ellas. También estamos atravesados por sistemas de suscripción y algoritmos en nuestro día a día. Rivermind no ofrece una solución, ofrece un negocio. Empieza con apariencia inocente y transmite una ilusión de control frente a lo inevitable. Pero una vez dentro de este circuito alienante, cuando la vida y la pérdida se vuelven productos, parte de un contrato, ¿qué queda de nuestra subjetividad? Lo orgánico se vuelve manipulable, lo humano se subordina a lo mercantil. Suspender el duelo indefinidamente resulta, en más de un sentido, más doloroso y costoso que la pérdida misma. Me quedo también con la reflexión final, que en ese sistema que todo lo captura, la muerte se presenta como el único límite y el duelo, con todo lo que implica, quizá sea uno de los pocos espacios donde lo humano permanece frente a esta lógica totalizante.
Este articulo me pareció muy interesante porque claramente, Rivermind muestra cómo hoy se intenta evitar a toda costa la pérdida y el dolor, pero eso termina teniendo un costo muy alto. Desde lo que plantea el psicoanálisis, la falta y la muerte son parte de lo humano. En el artículo se ve cómo, al no dejar que Amanda muera, Mike tampoco puede hacer su duelo, y eso lo atrapa en una especie de círculo sin fin donde cada vez está más vacío, más dependiente y más destruido. Se torna en explotación del cuerpo y del deseo.
Película:Black Mirror: Common People
Título Original:Black Mirror: Common People
Director: Ally Pankiw, Charlie Brooker, Bisha K. Ali
Año: 2025
País: Reino Unido
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