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Dos senderos que se bifurcan

por Lipper, Alejandra

Universidad de Buenos Aires

Resumen

Saroo y Mantosh son dos niños indios que migraron a Australia porque desde allí fueron adoptados. Las vidas de ambos, a pesar de compartir el mismo y nuevo seno familiar, cobraron en la adultez formas y rumbos muy distintos. Saroo siguió sus deseos y accionó a partir de ellos. Mantosh ni siquiera pudo abandonar la casa de sus padres. Solamente conocemos el pasado de uno de ellos. Apuntalados en el psicoanálisis, nos preguntamos por qué un camino que parecía ser el mismo terminó por bifurcarse en dos senderos que –probablemente– no habían nacido en el mismo jardín.

Palabras Clave: CIRRE | identificación | retroacción | Korman

Introducción

Elegimos para la realización de este trabajo un film que desde hace tiempo despierta nuestro interés clínico. Se trata de la película “Lion”, en inglés, o “Un camino a casa”, en su versión traducida al español.

Comentaremos para comenzar de qué va la película.

Un camino a casa

El largometraje narra la historia verídica de un niño indio de cinco años que una noche se perdió de su familia en India. Su hermano mayor lo pasaría a buscar por el banco de una estación de tren donde él había preferido quedarse durmiendo hasta que aquel regresara de uno de los tantos trabajos que hacía para colaborar con el sostén de la familia. Pero ello no sucedió. Guddu no regresó y Saroo, algo asustado al despertarse, se refugió para esperarlo en el vagón de un tren. Allí volvió a quedarse dormido y el tren arrancó. Cuando amaneció, ya no sabía dónde estaba y jamás pudo –hasta muchísimo tiempo después– reencontrarse con su familia de origen. El destino de Saroo, luego de varias peripecias por una India absolutamente desconocida, fue Australia. Allí fue adoptado por una pareja heterosexual de australianos que lo recibieron con mucho amor. Tiempo más tarde, cuando Saroo llevaba ya más de un año viviendo con su nueva familia, un nuevo integrante indio llegó: Mantosh, quien había sido adoptado a través del mismo asilo para niños en el que había permanecido Saroo antes de su traslado hacia Australia.

El film narra la historia de Saroo, quien creció felizmente en su nuevo hogar hasta que un día lo asaltó la idea que su familia de origen debió haber sufrido mucho por no tener noticias suyas desde aquel día que se perdió. Decidió, entonces, emprender una búsqueda incansable hasta encontrar su destino de origen [1] para regresar a la India y decirle a su madre “Mamá, estoy bien”.

Nuestro recorte del film

Como sucede siempre que intentamos dar cuenta de un libro, un caso clínico, una anécdota, un film, lo que en realidad hacemos es un recorte del material inédito (inédito, al menos, para nuestro punto de vista). Es decir, al narrar editamos un material que suele ser más rico y extenso que nuestro recorte, que lo trasciende. A los fines de llevar a cabo este trabajo, nos detendremos en aquellos puntos que nos permiten realizar una posible articulación del film con los contenidos teórico-psicoanalíticos que nos orientan para formularnos algunas preguntas.

Toda nuestra labor hará foco en las vidas distintas que en la adultez Saroo y Mantosch lograron construir. Si bien los dos niños fueron recibidos por la misma familia a una edad similar y desde el mismo lugar de procedencia, resultan llamativas las diferencias que hallamos respecto de los logros y la calidad de vida que en cada uno de ellos podríamos describir. Incluso los vínculos que forjaron con sus nuevos padres fueron desde el comienzo significativamente distintos.

Saroo es presentado por el director del film como un niño feliz que ha sido capaz de recibir el amor que estos padres tenían para darle. Finalizó sin inconvenientes su escuela secundaria, hizo amigos, practica el surf, ingresó en la universidad y tiene una novia con quien se aman profundamente. Se siente agradecido hacia su madre y su padre australianos y siente culpa por haber emprendido la exhaustiva búsqueda de su lugar de origen por temor a lastimarlos.

El personaje de Mantosh, por su parte, es desplegado desde coordenadas diametralmente distintas. Mantosh se ha convertido en un adulto que no pudo hacer nada con su propia vida. Sigue viviendo en la casa de sus padres pero en la parte trasera, alejado de ellos y del mundo. No tiene pareja ni estudia, es inestable en sus trabajos y no sabemos si pudo finalizar el secundario. Fuma, tiene problemas con las drogas y cada tanto desaparece por unos cuantos días para intoxicarse junto a otras personas. Cuando regresa, los padres adoptivos lo reciben una y otra vez. Parecen aceptarlo tal como es, ya acostumbrados al sistemático rechazo de la ayuda que querrían darle. Podríamos pensar que a Mantosh le cuesta recibir. Envidia y por momentos parece odiar a su hermano que representa para él el supuesto “hijo perfecto”. La relación entre Saroo y Mantosh es tensa y fue a partir de una discusión en la mesa familiar en la que Saroo expresó delante de Mantosh que “no lo considera su hermano” que Saroo comenzó a recordar la hermosa relación que tenía en India con su hermano de sangre Guddu; recuerdo que potenció su búsqueda inclaudicable.

Mantosh se lastima a sí mismo; se pega con violencia en la cabeza con los puños de ambas manos, a solas o delante de cualquier persona. Esta fue, de hecho, su reacción inmediata frente a aquel escollo familiar. El director nos muestra que este impulso incontrolable ya acontecía en la India, en el asilo infantil. En una toma se lo ve a Mantosh de niño golpeando impulsivamente su cabeza contra la pared, situación que se repite también el día que llega a Australia. En su cabeza podía verse la falta de pelo allí donde los golpes se habían transformado en cicatrices. El director nos da a entender así que esa reacción incontrolable no había cesado jamás de repetirse. Una y otra vez los padres adoptivos –aún en la adultez– intentan contenerlo.

El recurso de la palabra frente a aquello que lo hiere parece estar ausente en Mantosh. En general, habla poco; se comunica casi nada.

Preguntas orientadoras

¿Cómo podemos explicar(nos) que dos niños de aproximadamente la misma edad (entre seis y ocho años) que reciben las mismas posibilidades para desarrollarse como personas puedan hacer con ellas algo tan distinto?

Son las elaboraciones teóricas del psicoanalista argentino–español Víctor Korman las que en esta oportunidad nos ayudarán a reflexionar acerca de la complejidad de esta pregunta al mismo tiempo que nos orientarán a la hora de intentar esbozar algunas posibles ideas.

Nos adelantaremos en la obra de este autor y lo citaremos tempranamente para comentar que si bien no podemos dejar de “tomar en consideración lo que la niña o el niño aportan para (…) la conformación de sus propias subjetividades gracias a una tarea de organización, desorganización y reorganización constante de la materia psíquica recibida de los objetos que les identificaron” (Korman, V.; 2017) nos es inevitable formularnos la pregunta por las vivencias previas que cada uno de estos niños ha experimentado antes de ser dados en adopción. ¿Cómo fueron esas primeras vivencias desde su nacimiento hasta entonces? ¿Por qué mundo simbólico fueron recibidos al nacer? ¿Contaron con alguna figura materna que cumpliera su función? ¿Había quién desempañara la función paterna?

Sostenemos que si las condiciones de vida en Australia fueron realmente las mismas para ambos niños (en el deseo de alojarlos, en la capacidad para darles amor, educación, etc), entonces debemos investigar sobre las vivencias previas de cada uno de ellos.

En el caso de Saroo, el director nos da herramientas fílmicas que nos permiten conocer su primera infancia. Nos cuenta que Saroo era un niño muy amado por su madre india y por su hermano Guddu. Si bien a pesar de su corta edad tenía que trabajar para sobrevivir a la pobreza, Saroo podía jugar, imaginar y reír. La madre lo dejaba al cuidado de su hermano mayor, a quien llamaba la atención cuando veía que lo descuidaba. Parecía depositar en Guddu la confianza suficiente para la instauración de los límites en su hermano menor pero sin dejar ella de estar presente.

No tenemos la misma suerte con respecto a Mantosh. Por un lado, Mantosh parece no haber tenido la misma suerte familiar que Saroo; por el otro, el director nos cuenta muy poco acerca de su primera infancia. Sólo nos deja ver –como dijimos antes– que Mantosh se pegaba en la cabeza ya desde los tiempos del asilo y que incluso entonces permanecía aislado, sin interactuar con los demás niños que vivían en el hogar.

Saroo, por su parte, ya tenía una nueva amiga.

Herramientas teóricas para pensar la clínica

Es casi inevitable, luego de haber entrado en contacto con la producción teórica de Víctor Korman, apelar a la originalidad de su teoría para pensar el padecimiento subjetivo de Mantosh desde la categoría diagnóstica CIRRE (cuadros con insuficiente reorganización retroactiva edípica).

Para explicar estos cuadros, Korman recurre a Lacan y, al mismo tiempo que se nutre de su teoría, se distancia de ella. Dice: “Si de elecciones personales se trata, prefiero los enfoques que reconocen estructuras diferenciadas, cada una con su dinámica propia. En términos generales, opero con esa óptica pero pienso que la (…) encarnación concreta de una estructura no se realiza de forma pura en ningún sujeto.” (Korman. V.; 2006).

Es sabido que para Lacan existen solamente tres estructuras posibles para pensar la psiquis humana: la neurosis, la psicosis y la perversión. Cada una de ellas se diferencia nosográficamente de la otra y todas ellas son excluyentes entre sí.

Por su parte, Víctor Korman propone una terminología específica que permite nombrar con propiedad aquellos casos que no sería conveniente ubicar de lleno en ninguna de las estructuras antes mencionadas y que, hasta ese momento, habían sido apenas referenciados por los términos “psicosis estabilizadas, prepsicosis, psicosis no desencadenadas” (desde la vertiente lacaniana) o “borderlines, fronterizos, trastornos narcisistas de la personalidad ” (desde la línea kleiniana); es decir, todos términos que lejos de ofrecerles a las problemáticas de esos casos una entidad propia, las hacían depender (para visibilizarlas) de variables que –si bien no les son ajenas– no alcanzaban para explicar los cuadros.

Korman, por otro lado, tampoco se identifica con los analistas adscriptos a la corriente inglesa “para quienes siempre es posible el desencadenamiento de una psicosis en todos los sujetos, [ya que] elementos traumáticos de diversa índole pueden forzar una regresión hacia la posición esquizoparanoide, punto de fijación de los cuadros psicóticos.” Dice Korman al respecto: “La neurosis tendría, según M. Klein, una psicosis subyacente; por lo tanto, el desarrollo evolutivo de cada niño o niña dejará como saldo la presencia de núcleos psicóticos.” Y agrega más adelante: “Mi postura es distinta: la potencialidad psicótica sería el resultado de un camino estructurante singular, particular; uno posible entre otros; no obligado (...) La potencialidad psicótica no es, por lo tanto, obligatoria ni universal.” (Korman, V., 2010).

Como ya habíamos adelantado, la cuarta categoría que introduce Korman son los CIRRE (cuadros con insuficiente reorganización retroactiva edípica). Dice acerca de ellos:

Creo útil habilitar una categoría nosográfica distinta de las neurosis, psicosis y perversiones clásicas para dar cabida a las problemáticas clínicas que, a mi modo de ver, son difíciles de incluir en las tres citadas. Estas entidades polifacéticas [CIRRE] (…) tienen el mérito de introducir lo difuso en el diagnóstico clínico. Nos plantean, como fenómeno rebote, que las propias neurosis, psicosis y perversiones tienen límites menos netos de lo que creemos.” (Korman, V.; 2006).

Para configurar esta cuarta categoría (a la que eligió identificar con el término “cuadro” y no “estructura”) se basa en tres premisas y fundamentos característicos.

Interesa señalar desde el comienzo (…) los ejes fundamentales sobre los que giran mis consideraciones sobre los CIRRE. Son los siguientes: a) la incidencia fundamental del entorno objetal en la psiquización del recién nacido humano; b) la reorganización retroactiva de lo psíquico; c) la relación indisociable entre narcisismo y Edipo. Estas premisas nos conducen, a su vez, a otras tres cuestiones íntimamente engarzadas con cada uno de los ejes recién expuestos. Para el primero: la teoría identificatoria estructural; para el segundo: una concepción retroactiva de la temporalidad psicoanalítica; y, para el tercero: la necesidad de descubrir la objetalidad en el narcisismo y el narcisismo en la objetalidad.” (Korman, V.; 2010).

Si bien desarrollar cada uno de estos puntos excedería con creces la extensión máxima permitida para la realización de este trabajo, intentaremos abstraer la lógica que aquí está en juego, de forma que nos sirva como herramienta teórica para pensar las interrogantes que nos convocan.

Para adentrarnos en la lógica de este autor, es conveniente destacar al menos tres puntos originales de su obra que habrán de orientarnos.

El primero de ellos se desprende de la idea de que para Víctor Korman no existe el ser humano por fuera de lo social. Toda su lógica partirá de concebir al cachorro humano, incluso antes de devenir sujeto, como un ser sumergido y afectado por aquello que acontece en y con los objetos de su entorno. En este sentido, se distancia de Freud y sostiene que tampoco es posible el narcisismo anobjetal.

…cuando pienso los orígenes de lo psíquico en el bebé (…) jerarqui[zo]el papel del psiquismo de los padres –mejor aún, del contexto objetal en su conjunto– (…) Este marco general me distancia de las tesis freudianas que sostienen la anobjetalidad del narcisismo primario. Opto, entonces, por un narcisismo objetal, en tanto considero que el recién nacido se ve abocado –desde su primer día de vida– a un mundo relacional. (…) Después del parto, el bebé (…) recibe un baño narcisista y edípico –simultáneo– dando así comienzo a la estructuración identificatoria del candidato a sujeto (…) No se trata aún (…) de la economía narcisística y edípica del infans, sino de la perteneciente a sus progenitores.” (Korman, V.; 2006).

Korman visualiza una constante en la vida de todo sujeto a la que llama “constancia de la relación objetal”:

Se alude con estos términos a la capacidad del sujeto de establecer y mantener relaciones objetales; es decir, de ligarse libidinalmente a los otros. (…) La constancia de la relación con el objeto supone haber construido primero, y mantener catectizada después, la representación de dicho objeto en el inconsciente, fenómeno este que se logra de manera bastante permanente en las neurosis, de un modo poco estable en los CIRRE y muy pobremente en las psicosis.” (Korman, V.; 2010).

El segundo punto importante a tener en cuenta es que la operación a la que recurre Korman para dar cuenta de cómo lo social se vuelve intrapsíquico es la IDENTIFICACIÓN. Una de las definiciones que propone para ella es la de “concepto límite entre lo psíquico y lo social.” (Korman, V.; 2017). Se refiere en este caso a la identificación como estructurante. Desarrolla además cuatro tipos de identificaciones que tienen lugar ya desde el nacimiento del infans: las primigenias (que tienen que ver con el narcisismo y la estructura edípica –no del infans, sino de su entorno objetal–); las incorporativas e introyectivas (que son las que permiten que sea posible el autoerotismo en el infans); la narcisista (a partir de la cual se conforma el yo del sujeto) y las secundarias o edípicas. Si bien no las desarrollaremos en esta oportunidad, sí destacaremos los datos más relevantes para los fines de nuestro trabajo. Son dos. Uno, que –como dijimos antes– el objeto está siempre presente, desde los inicios, porque la identificación no podría acontecer sin objetos con los que identificarse. Dos, que el pasaje por cada una de estas operaciones da cuenta de cómo lo social se va subjetivando.

La identificación, en su calidad de estructurante de lo psíquico, es un articulador teórico de primera magnitud para el estudio de la internacionalización del contexto familiar y social desde el momento mismo del nacimiento; es decir, es un concepto clave para pensar la constitución del sujeto en el seno de los vínculos con los que le rodean; es decir, con su entorno objetal.” (Korman, V.; 2017).

El tercer punto al que haremos referencia para intentar asir la lógica del autor es que Víctor Korman concibe un aparato psíquico que siempre “acciona como un todo”. (Korman, V.; 2010).

De lo que acabamos de esbozar es posible desprender dos ideas que podrían parecer opuestas; sin embargo, que una u otra tenga lugar dependerá, por un lado, de lo propio que aporte el infans y, por el otro, de lo que ocurra en el contexto en el que se encuentra inmerso. La primera idea apunta a que las fallas en el inicio de la constitución psíquica del infans tienen efectos sobre el desarrollo de las etapas posteriores (justamente porque el aparato psíquico opera como un todo). Sería el llamado “efecto bola de nieve”, referenciado por el autor, según el cual las fallas en los comienzos de la estructuración psíquica afectarían el pasaje por las etapas siguientes. En un sentido opuesto, sin embargo, podemos pensar que es precisamente porque el aparato psíquico acciona como un todo, que lo que ocurre en él a posteriori puede resignificar –y de esta manera, quizás, reparar– las fallas acaecidas en las etapas previas.

Este último punto se relaciona directamente con el concepto de reorganización retroactiva de lo psíquico: “La retroacción rompe con un determinismo lineal: no sólo el pasado actúa sobre el presente, sino que el presente va retroactuando sobre el pasado” (Korman, V.; 2006); es entonces el presente el que le da así una nueva oportunidad de significación a aquello que ya había sido vivenciado. “Cada lapso de tiempo transcurrido –con las nuevas experiencias que le han sido inherentes– posibilita el otorgamiento de nuevos sentidos a lo vivido anteriormente.” (Korman, V.; 2006).

Acerca de la relación indisociable entre el narcisismo y el Edipo y de la necesidad de descubrir la objetalidad en el narcisismo y el narcisismo en la objetalidad, el autor se pregunta: “¿Es que la libido narcisista es de igual naturaleza que la objetal? El narcisismo ¿no sufre ninguna transformación cuando se produce el trasvasamiento libidinal desde la representación del sí mismo hacia los objetos? (Korman, V.; 2010). Y afirma:

Como resultado del proceso de estructuración psíquica, queda establecida en la mente del niño/a una articulación fundamental entre el narcisismo y el Edipo. Todo abordaje de la organización psíquica (…) debería considerar siempre la interpenetración de estas vertientes fundamentales. Y esto por dos razones de peso: –en primer lugar, porque el Edipo, además de ser un destino y una transformación del narcisismo primario, realiza una tarea de destilación de los remanentes narcisísticos que se incluyeron en las relaciones triangulares. Este narcisismo edipizado es cuantitativa y cualitativamente distinto del narcisismo primario; –en segundo término, porque las diversas modalidades en que narcisismo y Edipo quedan engarzados (…) son elementos claves para el diagnóstico psicoanalítico.” (Korman, V.; 2010).

Con todos estos elementos presentados, estamos ya en condiciones de comenzar a hilvanar algunos hilos teóricos.

Los ejes fundamentales que ha especificado Víctor Korman para desarrollar su teoría sobre los CIRRE nos guiarán en este tejido psicoanalítico que procura aprehender cuándo es conveniente considerar que estamos en presencia de cuadro con insuficiente reorganización retroactiva edípica.

Como ya dijimos, el autor plantea que los CIRRE se diferencian de las neurosis, las psicosis y las perversiones clásicas. Que quede conformada una u otra estructura o cuadro psíquicos dependerá de lo que acontezca con el desarrollo psíquico del nuevo ser viviente que estará siempre en relación con su entorno objetal.

En este sentido, si las relaciones objetales de los primeros tiempos se volvieran (por uno u otro motivo) traumáticas para el infans, esto no sería sin consecuencias para su estructuración psíquica: “[L]os humanos (…) no tenemos la posibilidad de soslayar la dependencia estructural de la otredad: la influencia (benéfica y maléfica) del entorno objetal no deja de ser regla. Lo psíquico del nuevo sujeto emerge siempre determinado por el psiquismo de los otros” (Korman, V.; 2017).

En el caso de los CIRRE, a diferencia de las psicosis, el Complejo de Edipo es atravesado. Pero si este tiene lugar en medio de un entorno inapropiado u hostil para las necesidades de la salud psíquica; y si además es alcanzado con fallas que –por el mismo u otro motivo– se acarrean incluso desde antes de la constitución del yo (identificación narcisista), entonces podrían estar dadas las condiciones para la configuración de un cuadro con insuficiente reorganización retroactiva edípica en el que el Complejo de Edipo –si bien habría tenido lugar– no habría alcanzado para reorganizar retroactivamente las fallas provenientes de las etapas de constitución psíquica previas.

Estas fallas extendidas hasta el narcisismo y la escasa resignificación edípica posterior darían como resultado diversas manifestaciones clínicas que caracterizan los CIRRE.

Dice Víctor Korman respecto de las manifestaciones clínicas:

…las llamo así [manifestaciones clínicas] como término genérico para incluir y sobre todo diferenciar los que son síntomas propiamente dichos (productos transaccionales donde se manifiesta el deseo inconsciente procesado por los mecanismos de defensa) de aquellos observables clínicos que derivan del narcisismo fallido: idealizaciones, denigraciones, vivencias corporales, descargas pulsionales insuficientemente moderadas por el Superyó…” (Korman, V; 2006).

Estos componentes estructurales pueden manifestarse de formas muy variadas y las encontramos con mucha frecuencia en los fenómenos adictivos, bulímicos, anoréxicos, en las crisis delirantes del puerperio (…), en cuadros depresivos con pérdida de realidad…” (Korman, V; 2006).

El conjunto configura una organización psíquica más o menos estable y definida que no necesariamente merece ser situada entre la neurosis y la psicosis, a la manera de territorio intermedio. Merece, a mi juicio, un lugar distinto, un sitio circunscripto y diferente (…), ya que no sólo es irreductible a otras categorías nosográficas, sino que tampoco bascula hacia ellas.” (Korman, V; 2006).

Es decir, en el caso de las neurosis estaríamos en presencia de un Complejo de Edipo lo suficientemente bien atravesado, en el que la castración y las funciones paterna y materna operaron de forma tal que el pasaje a la exogamia y la regulación del goce pulsional estarán lo suficientemente asegurados. Predomina Eros en la estructura y el mecanismo de defensa fundamental será la represión.

En el caso de las psicosis, domina el cuadro la pulsión de muerte. Las fallas en la constitución del narcisismo son severas y no se alcanzó a ingresar en el Complejo de Edipo. No hay ley ni castración que organice la estructura; el goce invade al sujeto y el aparato se defiende con los mecanismos propios de la psicosis. El déficit simbólico es muy marcado y, en términos lacanianos, queda forcluido el significante del Nombre del Padre.

… en los CIRRE (…) los desórdenes son (…) previos a la instauración del narcisismo. Esto determina que la propia experiencia especular, constitutiva del yo, sea también fallida, cosa que, a su vez, dificulta el pasaje por el Edipo y la castración. La función materna ya fue anómala antes del narcisismo y la paterna no corta bien.”(Korman, V.; sin año). Pero –agregamos nosotros– por todas estas instancias logró atravesar –como un todo– el aparato psíquico del sujeto, aunque “Tánatos no queda suficientemente neutralizado por Eros.” (Korman, V.; 2017).

Entonces, si en los CIRRE la identificación narcisista ha tenido lugar –aunque fallida– pero no ha sido lo suficientemente modulada por el Complejo de Edipo, ello podría derivar en un narcisismo exacerbado o deficitario. Esto ocasionaría, entre otras cosas, las idealizaciones y las denigraciones propias de los vínculos que el sujeto podría entablar. El goce autoerótico estaría a la orden del día y habría una mayor predisposición para las adicciones y los trastornos severos de la alimentación (bulimia y anorexia).

Estaríamos así frente a un sujeto que podría manifestar dificultades para formar una pareja; que presentaría obstáculos a la hora de sostener una carrera de estudio y/o un trabajo; que contaría con pocos recursos simbólicos para desenvolverse.

Hermanos adoptivos

Si bien es mucho el material que ha quedado por fuera de este recorte, lo esbozado hasta aquí nos permite intentar relacionar los contenidos teóricos con los personajes de nuestra película.

Mientras que Saroo, si retomamos las estructuras lacanianas, es un personaje fácilmente ubicable en una estructura neurótica (con su dinámica y sintomatología propias, ambas producto de la represión como mecanismo de defensa predominante), no podríamos hacer lo mismo con Mantosh. Como ya dijimos, nos orienta la categoría diagnóstica de los CIRRE para pensarlo clínicamente.

Respecto de los distintos puntos que hemos descripto, vemos varios de ellos encarnados en este personaje. Mantosh parece tener serios problemas con las drogas y esto hablaría de fallas en la constitución de su narcisismo; habría entonces un goce ubicado en el territorio de lo autoerótico más que modulado por lo edípico. También en relación con lo edípico observamos que Mantosh no ha formado una pareja. Tampoco parece vivir de acuerdo con las leyes ni las convenciones de la cultura en la que está inmerso, sino que se mantiene aislado del mundo al que contempla desde los márgenes.

Sus recursos simbólicos parecen escasos, en el sentido que reacciona a los conflictos con actos más que con palabras. Recordemos la situación en la que comenzó a pegarse con los puños en la cabeza en aquella conflictiva mesa familiar. Es posible relacionar estas actitudes con “las descargas pulsionales insuficientemente moderadas por el Superyó” de las que habla Korman.

El director nos hace pensar que Mantosh idealiza a su hermano Saroo, a quien considera “el hijo perfecto”; como contrapartida, se denigra a sí mismo, situación que refuerza el aislamiento.

Los parámetros metapsicológicos claves de estas organizaciones psíquicas que denominé CIRRE son tres: (a) el polimorfismo defensivo; (b) el narcisismo exacerbado y (c) el desfallecimiento de la función fálica, que se acompaña de un déficit deseante y simbólico.” (Korman, V.; 2017).

En cuanto al primer factor cabe decir [que] la represión no es prevalente; junto a ella hay otros mecanismos que estructuran la psique: la renegación, la escisión, la proyección masiva y la forclusión local.” (Korman, V.; 2017).

Segundo parámetro: El tránsito desde el narcisismo primario hacia la objetalidad edípica fue tortuoso; las relaciones de objetos triangulares a partir de la salida del narcisismo primario han sido escasas. Lo narcisístico es escasamente transformado en su pasaje por la castración (…) Los vínculos mantienen un acusado carácter dual, narcisista. Esta exacerbación del narcisismo signará las relaciones del sujeto adulto.” (Korman, V.; 2017).

La tercera faceta: la función fálica se ha instalado aunque no de manera firme; la dimensión deseante es deficitaria y el predominio de las identificaciones primarias incorporativas y de las narcisistas producen fracasos de las primigenias inscripciones simbólicas.” (Korman, V.; 2017).

Conclusiones

Una interrogante fundamental había orientado nuestro trabajo: “¿Cómo podemos explicar(nos) que dos niños de aproximadamente la misma edad (entre seis y ocho años) que reciben las mismas posibilidades para desarrollarse como personas puedan hacer con ellas algo tan distinto?”

Intentar responder esta pregunta nos llevó a cuestionarnos por las vivencias previas que, antes de ser adoptados, cada uno de estos chicos traía consigo. Nos preguntamos entonces ¿Cómo fueron esas primeras vivencias desde su nacimiento hasta entonces? ¿Por qué mundo simbólico fueron recibidos al nacer? ¿Contaron con alguna figura materna que cumpliera su función? ¿Había quién desempañara la función paterna?

La elaboración teórica de este trabajo nos permite suponer que –al contrario de Saroo– los primeros años de vida de Mantosh habrían transcurrido en un entorno objetal lo suficientemente traumatizante como para afectar el saludable desarrollo de su constitución psíquica, aunque sin llevarlo a desarrollar una psicosis. Podríamos pensar que hubo presencia de las funciones materna y paterna pero en grados traumatizantes y fallidos.

Antes de finalizar, cabe mencionar una preocupación que ocupa al autor que nos ha guiado para la reflexión y la confección de este trabajo. En la conferencia “Lo psíquico es lo social subjetivado” (2007) –ya varias veces citada en esta redacción– Víctor Korman caracteriza nuestra sociedad actual y aduce que cada vez son más los casos clínicos que podemos ubicar bajo las coordenadas de los CIRRE y que necesitarían –para su abordaje clínico– de un nuevo tipo de intervenciones por parte de los profesionales de la salud mental; uno distinto al que tendríamos frente a las neurosis clásicas. Se interroga entonces por la labor de los analistas frente a estas nuevas realidades y expresa:

En este contexto social que va muy a contracorriente del pensamiento psicoanalítico, los analistas o bien continuamos aferrándonos a nuestras sagradas escrituras, con escaso fomento de nuestra capacidad creativa, o bien hacemos un rebajamiento apresurado de nuestros objetivos para ajustarnos al espíritu de la época. Nostálgicos, añoramos tiempos pasados, como si la rueda de la historia pudiera dar marcha atrás. Pienso que hay otras alternativas, pero ellas implican declarar caducos algunos de nuestros conceptos, renovar e introducir nuevas modalidades de intervención, tras los imprescindibles enriquecimientos con las disciplinas afines. La necesidad de bases firmes no nos exime del cuestionamiento reiterado de nuestras certezas.” (Korman, V.; 2017).

Por último, es importante volver a destacar que para Víctor Korman “[e]l nuevo sujeto [nunca] es una tábula rasa en la que se implantan los rasgos identificatorios provenientes de los otros. Es necesario tomar también en consideración lo que el protosujeto aporta y cómo entra en juego él en ese entramado complejo de determinaciones que, a mi modo de ver, es a múltiples vías.” (Korman, V.; 2010).

Referencias

Korman, V.; (2006); Los cuadros con insuficiente reorganización retroactiva edípica: los casos límite; Conferencia dictada en la Escuela de Psicoanálisis de Madrid.

Korman, V.; (2010); Los cuadros con insuficiente reorganización retroactiva edípica (CIRRE) Primera parte: Distintas aproximaciones a la patología llamada borderline.

Korman, V.; (2010); Los cuadros con insuficiente reorganización retroactiva edípica (CIRRE) Segunda parte: Fundamentos metapsicológicos y clínicos.

Korman, V.; (2017); Lo psíquico es lo social subjetivado; Pozuelo de Alarcón, Madrid, España.



NOTAS

[1La expresión “destino de origen” surgió espontáneamente. Al releer el texto nos dimos cuenta de que había algo extraño en aquella expresión. Sería en verdad más correcto (o preciso) decir “lugar/pueblo de origen”. Sin embargo, creemos que la combinación semántica “destino de origen” grafica muy bien aquello que está en juego en esta historia.




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Película:Un camino a casa

Titulo Original:Lion

Director: Garth Davis

Año: 2016

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