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Los tres deseos de Josh Baskin

por Bronstein, Pablo

Universidad de Buenos Aires

Resumen

El presente trabajo procura hacer un análisis de la película Quisiera ser grande del año 1988 del director Penny Marshal, introduciendo conceptos, fundamentalmente, de dos textos tempranos de Freud: Tres ensayos de Teoría sexual y El creador literario y el fantaseo. De los mismos se trabajarán las ideas que dan cuenta del papel del juego y la fantasía en la constitución subjetiva, así como la relación con el concepto de deseo, y secundariamente con las nociones de cuerpo y goce.

Palabras Clave: Juego | Fantasía | Deseo | Pubertad

Si de algo se ocupa el psicoanálisis es de las palabras que hacen (o deshacen) a los cuerpos”.
Leonardo Leibson [1]

Introducción

Quisiera ser grande, el clásico inagotable del cine shampoo de los 80, revela una semejanza que ya Freud puntualizó en su célebre texto “El creador literario y el fantaseo”: la fantasía que reemplaza al jugar es la manifestación de la imposibilidad de la renuncia cuando el sujeto se anotició del placer. El título Quisiera ser grande es la traducción al español de Big, la película del director Penny Marshall del año 1988, protagonizada por Tom Hanks y Elizabeth Perkins. Josh Baskin, un púber de 12 años, despierta una mañana en un cuerpo de adulto. La entrada en la adolescencia es un momento de la vida que Freud caracterizó de metamorfosis que supone el momento vital en el que se deja de ser un niño y se producen una serie de cambios no solo a nivel físico, sino también a nivel psicológico, social y fundamentalmente sexual. En relación a este último punto, el protagonista del film, a partir de un deseo fantasmático cumplido, sirve de apoyo para dar cuenta de conceptos importantes para pensar la constitución subjetiva.

Primer deseo: ser grande

La película comienza ubicando un escenario que identifica a un joven Josh jugando a un videojuego donde, a partir de instrucciones a la computadora, tiene que derrotar al brujo. Josh no es más que un niño que juega, que anda en bicicleta, que inventa historias, que colecciona figuritas y practica béisbol con su amigo, vecino y compañero de escuela. Pero también hablan de chicas, de la sugerencia de las partes privadas, y especialmente hablan de Cynthia Benson, una adolescente bonita de quien ambos amigos se encuentran completamente perdidos. Es de una figuración impecable como conviven en el mismo momento el niño que juega y el púber que fantasea, actividades que Freud destaca de una manera precisa en “El creador literario y el fantaseo”, texto que escribe unos pocos años después de sus tres ensayos. Allí Freud expresa una diferencia sutil entre el jugar y el fantasear:

El niño diferencia muy bien de la realidad su mundo de juego, a pesar de toda su investidura afectiva; y tiende a apuntalar sus objetos y situaciones imaginados en cosas palpables y visibles del mundo real. Solo ese apuntalamiento es el que diferencia aun su jugar del fantasear [2]

Vale decir que el adulto fantasea y esta actividad entra en serie con el juego en la medida en que en ambas hay una ganancia de placer, solo que en la fantasía se resigna el apuntalamiento en los objetos reales.

Hay una escena en la película que es central en la trama, porque en pocos minutos nos presenta un material sin desperdicio. Josh está en un parque de diversiones, va a subir con sus padres a uno de esos juegos peligrosos parecido a una montaña rusa. Los padres dudan, les da miedo, y Josh al ver a Cynthia en la fila insiste en subir solo. Freud examina una de las características de la entrada a la pubertad: el desasimiento de la autoridad de los padres (Freud, 1905). Estos acceden a que suba solo y el muchachito se acerca a Cynthia, y en la fila tienen el siguiente diálogo:

Cynthia: Hola
Josh: Hola
Cynthia: ¿Te has subido a este juego?
Josh: ¿Este?
Cynthia:
Josh:
Cynthia: ¿Da miedo?
Josh:
Cynthia: ¿Estás solo?
Josh:
Cynthia: Mira ¿No son tus padres esos?

La escena no podría resultar más patética porque en el mismo momento en que le está mintiendo a Cynthia, los padres le están sacando una foto, orgullosos de su niño. Josh no puede más que mentir para sostenerse en una posición que la escena muestra en toda su perspectiva: el deseo por una mujer. Pero aun más patética se vuelve la acción, porque en el momento en el que la fila empieza a avanzar llega Derek, el novio de Cynthia, y cuando le toca el turno a Josh de entrar al juego no le da la altura, y para no retrasar más la conclusión: no está a la altura de su deseo; el tamaño de su cuerpo no está a la altura de su goce. Y la decepción es tan grande que lo lleva a un rincón del complejo donde el azar lo enfrenta cara a cara con el destino: Zoltar, la máquina de los deseos. Con la instrucción “eche 25 centavos” y los ojos encendidos de Zoltar, Josh queda introducido en una lógica deseante que organiza el escenario del fantasma neurótico. El deseo de ser grande, precedido de la frustración experimentada en la fila del juego, tiene como garantía una tarjeta con la leyenda: “se concede tu deseo”. La referencia a la concesión del deseo ofrece la oportunidad de pensar la idea freudiana de cumplimiento del deseo en tanto formación en la que el deseo encuentra su cumplimiento en el registro de lo imaginario. Pero hay aquí una complejidad: el deseo se cumple en lo real del cuerpo y en lo simbólico de las palabras impresas en una tarjeta. Josh desea: QUISIERA SER GRANDE.

El jugar del niño estaba dirigido por deseos, en verdad por un solo deseo que ayuda a su educación; helo aquí: ser grande y adulto. Juega siempre a “ser grande”, imita en el juego lo que le ha devenido familiar de la vida de los mayores [3]

Querer ser grande no es lo mismo que desearlo porque el deseo es estructuralmente no colmado, y esa es su paradoja. Una tormenta anuncia que algo va a suceder. Por la noche, el llanto de su hermano bebé no lo despierta. Y a la mañana siguiente, Josh, amanece en un cuerpo de hombre y no ya de niño. Pero no es sino hasta el momento del encuentro con su propia imagen en el espejo que la nueva realidad provoca en él un asombro tan grande que la afectación del cuerpo por la irrupción de goce provoca la ausencia de reconocimiento en su imagen, allí donde el niño quedó atrapado en un cuerpo de hombre, el deseo tocó el cuerpo. Se mira el pene, se sorprende, se toca el bello corporal, se escucha a sí mismo con una voz grave y bien diferente.

El tránsito de la niñez a la adolescencia es un proceso que Freud indagó minuciosamente en el texto “Tres ensayos de teoría sexual”. La noción de la acometida en dos tiempos de la sexualidad humana (Freud, 1905), da cuenta de un primer tiempo que supone la sexualidad infantil y las primeras elecciones de objeto, es decir, los padres del Complejo de Edipo, sexualidad caracterizada por el autoerotismo y la autonomía de las pulsiones parciales que buscan la satisfacción independiente en las distintas zonas erógenas, y que sucumbe a la represión dando lugar al período de latencia, sexualidad que lejos de desaparecer, se manifiesta en la utilización de su energía para la construcción de los diques morales (vergüenza, asco, estética y moral). Freud hace coincidir la maduración corporal con la subordinación de las pulsiones parciales bajo primado genital. Se trata de la segunda oleada de la sexualidad, del segundo tiempo de la elección de objeto donde el desasimiento de la autoridad de los padres funciona como instrumento para el hallazgo del objeto exogámico. Pero sucede que Josh de un día para el otro se encuentra trastocado porque lo real del cuerpo ha irrumpido de una manera en la que la modificación de la imagen de su cuerpo no coincide con la modificación del cuerpo pulsional. No hay que olvidar que Josh deseó ser grande; se trata de un deseo sostenido por una fantasía sexual que encuentra en la insatisfacción su fuerza pulsional: conquistar a Cynthia Benson.

A partir de aquí el argumento de la película se va a sostener en una circunstancia que obligará al niño-adulto a buscar a Zoltar, la máquina de los deseos, que ha mudado de la noche a la mañana de lugar, y a esperar varias semanas para que el Servicio al Consumidor le otorgue la lista de todos los parques de diversiones de la ciudad, y revertir así un deseo cuya fallas se registran en el desamparo en el que queda sumergido porque sus padre no lo reconocen. Pero su aun condición de niño lo lleva lejos en el mundo de los adultos. Consigue un trabajo sencillo de operador de computadoras en una empresa líder del rubro juguetería, porque en este contexto jugar tiene sus beneficios. Y un sábado, día no laboral, en la soledad de la gran ciudad de Nueva York, no tiene otro plan más que ir a una juguetería y allí tiene lugar una de las escenas más conocidas del film. Se encuentra con el dueño de la empresa en la que empezó a trabajar, el señor MacMillian, quien entabla con Josh una relación con un tinte algo paternal. Juntos, sobre el piso, un gran teclado musical sirve de base para que juntos con sus pisadas ejecuten una canción. Y así asciende, de operador de computadora, a vicepresidente encargado del desarrollo de nuevos productos: un niño en posición gerencial; un adulto que juega. Josh no tiene problemas en mostrar su juego en este mundo de grandes, porque si alguna sospecha despierta en los demás de que en realidad es un niño, es precisamente que muestra su juego, o más bien, su ganancia de placer.

El niño juega solo o forma con otros niños un sistema psíquico cerrado a los fines del juego, pero así como no juega para los adultos como si fueran su público, tampoco oculta de ellos su jugar [4]

A esta altura del éxito Josh ha despertado el interés de Susan, una directiva de la empresa que, tras pelearse con su pareja Paul ve en Josh la posibilidad de cortar con la cadena de repeticiones en las que el destino la introduce infinitamente cada vez que llega alguien nuevo a la corporación:

Paul: ¡Por favor! ¡Es solo un eslabón más en tu cadena! Primero fue Caulfield, después Hanlen, después Golding, después yo ¿me olvidé de alguien?
Susan: Las cosas ya no son así
Paul: ¿Qué tiene Baskin de especial?
Susan: Es un adulto

Es decir, el destino, no calculado, le juega una mala pasada a Susan que terminará sabiendo una verdad donde nuevamente queda girando en la misma órbita de las repeticiones significantes. Y Josh también, porque lo que encuentra al principio en Susan no es más que un subrogado materno. Pero una charla trivial con el señor MacMillian provoca el encuentro con un segundo deseo:

MacMillian: ¿Sabes qué es esto? Es un informe sobre cómo ampliar el mercado de aventura más allá de la edad límite de 12 años, no se puede hacer, no funciona
Josh: ¿Por qué?
MacMillian: No puedes evitar que un chico crezca. Lo único que quiere un chico de 13 años es una chica de 13 años.

Segundo deseo: el encuentro sexual

Pero casualmente al día siguiente, en su cumpleaños número 13 que le festeja su amigo en un divertido restaurant, éste le pregunta qué va a desear esta vez, advirtiendo así, y por experiencia, que desear es cosa seria. Y como las palabras de MacMillian no pasaron para Josh inadvertidas, la sugerencia de su rostro confirma inmediatamente que lo que desea es acceder al encuentro sexual con Susan. Y Josh localiza nuevamente el cumplimiento de un deseo, solo que esta vez no hizo falta la máquina Zoltar operando como lámpara de Aladino.

Luego del encuentro sexual con Susan hay un cambio notable en la conducta de Josh: se comporta como adulto, se aleja de su amigo, ya no juega, se toma el trabajo con seriedad y hasta formaliza una relación con ella, quien para entonces se transformó, para Josh, de madre en mujer. Las corrientes tierna y sensual han coincidido en el objeto y en la meta sexuales. La metamorfosis de la pubertad lo ha encontrado a Josh ya adulto.

Cuando Freud explica que el niño es como un creador literario quiere dar cuenta de que cuando juega también produce un texto, elabora un entramado simbólico que será el soporte que sostendrá el fantasma cuando ya el juego quede reprimido. Que la fantasía reemplace al jugar da cuenta, no solo de que el adulto no está dispuesto a renunciar a ese placer, sino también de que se constituye un espacio que resulta vaciado del lugar de objeto para la madre y entonces en condiciones para colocar allí el objeto de su deseo. Esta idea aparece muy claramente expresada por Freud en el texto de 1905 a propósito de la metamorfosis de la pubertad y de la barrera del incesto:

Pero la elección de objeto se consuma primero en la esfera de la representación; y es difícil que la vida sexual del joven que madura pueda desplegarse en otro espacio de juego que el de las fantasías, o sea, representaciones no destinadas a ejecutarse. A raíz de estas fantasías vuelven a emerger en todos los hombres las inclinaciones infantiles, solo que ahora con un refuerzo somático [5]

Pero sucede que en Josh dicha representación previa de la elección de objeto que caracteriza al segundo momento de la acometida en dos tiempos, no ha tenido lugar para desplegarse lo suficiente y es precisamente esto lo que va a llevar a Josh a un tercer deseo, porque algo se conmueve cuando encuentra y juega con aquel videojuego del brujo en el principio del film. Un mensaje contundente le llega de la computadora como si fuera el suyo propio que viene del pasado.

Tu [in]decisión te ha costado caro, y [el brujo] te ha lanzado un rayo de hielo mortal, con suerte te descongelarás en unos millones de años.

Una decisión que no fue más que un engaño subjetivo frente a la realización del deseo como deseo del Otro, al punto de olvidar que todo ese tiempo desde que su cuerpo maduró de la noche a la mañana hasta este momento era una espera a que llegue el informe de los parques de diversiones donde podrían encontrar a Zoltar. Pero su amigo que no se ha resignado a que viva una vida adulta sin más, descubre donde esta ubicada la máquina de los deseos y Josh, convertido en empresario exitoso y amante cálido, se enfrenta con otra decisión.

Tercer deseo: volver a ser chico

Josh vuelve al barrio y ve niños jugar y chicas adolescentes divertirse, entre las cuales se encuentra la mítica Cynthia Benson. La verdad, por increíble que resulte, ya no puede ocultarla a Susan. La escena es decisiva, patética y un poco graciosa, porque la verdad es tan poco confiable que no se entienden, y todo lo que Josh diga es mal entendido por Susan, él le habla de Zoltar pero ella cree que tiene otra familia. Pero la evidencia de la tarjeta en su billetera provoca en Susan la sospecha de que a lo mejor no miente. Y Josh ya no duda más: frente a Zoltar desea ser chico nuevamente. Las despedidas no son fáciles y Josh le propone irse con él a los 13 años, pero el mensaje de ella es contundente:

Susan: ya he pasado por eso, con una sola vez es suficiente.

Un beso en la frente basta para despedir ahora al adulto que retrocede en su deseo y el futuro viaja al pasado para restituir las condiciones para que otro deseo sea posible. Josh no será el mismo y habrá aprendido que no siempre el sujeto quiere lo que desea.

Referencias

Freud, S. (1905) “Tres ensayos de teoría sexual”, Obras Completas, T. VII. Buenos Aires, Amorrortu editores, 2007.

Freud, S. (1908 [1907]) “El creador literario y el fantaseo”, Obras Completas, T. IX. Buenos Aires, Amorrortu editores, 2006.

Leibson, L. (2018) “Deseo del cuerpo” En La máquina imperfecta. Buenos Aires, Letra Viva, Librería y Editorial, 2018.



NOTAS

[1Leibson, L. (2018) “Deseo del cuerpo” En La máquina imperfecta. Buenos Aires, Letra Viva, Librería y Editorial, pp. 73.

[2Freud, S. (1908 [1907]) “El creador literario y el fantaseo”, Obras Completas, T. IX. Buenos Aires, Amorrortu editores, 2006, pp. 128.

[3Freud, S. (1908 [1907]) “El creador literario y el fantaseo”, Obras Completas, T. IX. Buenos Aires, Amorrortu editores, 2006, pp. 129.

[4Freud, S. (1908 [1907]) “El creador literario y el fantaseo”, Obras Completas, T. IX. Buenos Aires, Amorrortu editores, 2006, pp. 129.

[5Freud, S. (1905) “Tres ensayos de teoría sexual”, Obras Completas, T. VII. Buenos Aires, Amorrortu editores, 2007, pp. 207.





COMENTARIOS

Mensaje de Sebastián Piasek  » 31 de octubre de 2019 » sebastianlpiasek@gmail.com 

¡Excelente texto! Felicito al autor por la agudeza de un escrito que, a través de una articulación entre aquello que moviliza el film de Marshall -el deseo siempre insatisfecho de Josh- y las conceptualizaciones freudianas y lacanianas sobre el deseo en la neurosis, teje en unos pocos párrafos un análisis y una hipótesis fortísimos en términos clínicos.
Corresponde entonces situar en la pluma del autor no sólo el interjuego entre el deseo que se IMAGINARIza en aquella pretensión de ser grande -pretensión que, por cierto, el autor ubica hacia el final del texto y a mi juicio de forma muy acertada, en la vía del querer-, y que luego se REALiza a la mañana siguiente a nivel del cuerpo, sino también otros puentes discursivos que construyen esta ponencia y permiten que adquiera un vuelo incluso poético: porque como bien sitúa el autor, es en un "...rincón del complejo donde el azar lo encuentra cara a cara con el destino...", y precisamente donde se enfrentará Josh con la posibilidad de desmentir algo del orden de la castración. No planteo esto en términos psicopatológicos, ni me interesa tampoco situar nada del orden de una salida perversa -lo cual, de cualquier modo, tampoco debiera equivaler a una estructura necesariamente perversa-, sino tan sólo señalar cómo en esa misma desmentida pareciera ya emerger en escena el germen o la antesala de lo que más adelante, a la altura del "tercer deseo" (volver a ser niño), lo forzará afortunadamente a volver las cosas a un tiempo anterior, acaso más lógico en todo sentido: en aquel rincón del complejo, enfrentado a la maquina y aún mascullando bronca por la escena anterior con Cynthia, Josh dice "quisiera ser grande" y no "quisiera ser adulto". Lo dice, quizás, porque realmente quisiera haber tenido la altura suficiente para que aquella escena previa no se coronara de forma tan patética. Y, lejos de querer llevar todo a un plano aún más imaginario -según el cual el enunciado "quisiera ser adulto" pudiera acaso haber facilitado alguna cuestión en Josh, quién sabe cómo...-, sitúo en la distancia entre esos dos enunciados la clave que explica luego la imposibilidad que encuentra el personaje encarnado por Tom Hanks para hacer frente a lo que el espejo (y el Otro) le devuelven una vez cumplido el primer deseo. Lo real del cuerpo -y de lo que ahora puede hacer y en efecto hace con ese cuerpo propio y ajeno a la vez, como indica Freud que debiera suceder en la pubertad y no en la adultez- se le vuelve intramitable a nivel simbólico. Aquello que debiera pasar primero por la fantasía lo insta al acto, y es entonces cuando Josh parece entender entonces que no es lo mismo ser grande que ser adulto, y aunque aún no entiende la diferencia entre una cosa y la otra, algo de esa misma diferencia/distancia lo insta a divisar que ni una ni la otra, están verdaderamente al alcance de su deseo. 



Mensaje de María Paula Paragis  » 30 de octubre de 2019 » paula.paragis@gmail.com 

¡Felicito al autor por el bellísimo texto! Resulta muy interesante que se hayan utilizado los "tres deseos" para escandir los puntos de viraje que se observan en el film. Durante la lectura, me surge la pregunta por ese efecto de extrañeza que tiene en Josh el haber "cumplido" su deseo y conquistar un cuerpo adulto. ¿Acaso no se trata de eso la llamada metamorfosis de la pubertad? Lo disruptivo del cambio corporal y el estallido puberal dejan al personaje sin respuestas conocidas, inmerso en una sensación de ajenidad para la cual no estaba preparado y que no había anticipado. Esos sentimientos de desolación y la búsqueda de otras figuras de autoridad (¿parentales tal vez?) señalan la ambivalencia que le genera al adolescente efectivamente encontrarse en un punto de no retorno con respecto a su constitución en tanto sujeto-adulto. Gracias a la magia del cine, Josh encuentra la posibilidad de revertir esto y poder disfrutar un poco más de la ingenuidad puberal.



Mensaje de Melina Denise Sedlar  » 28 de agosto de 2019 » melinasedlar@gmail.com 

En la misma línea que el autor considero que la película de Penny Marshal “Quisiera ser grande”(1988) resulta interesante para pensar conceptos como fantasía, sexualidad, cuerpo y pubertad. Pablo Bronstein toma la escena donde el protagonista, Tom Hanks, luego de haber pedido su deseo, se levanta y se encuentra con su imagen en el espejo que refleja una nueva realidad. Esto le provoca un asombro tan grande que su cuerpo se ve afectado por la irrupción de un nuevo goce causado por la falta de reconocimiento de su propia imagen, aquel niño se encontraría atrapado en el cuerpo de un hombre.

Esta idea permite realizar otra lectura posible sobre la famosa escena donde Josh y el Señor Macmillian (dueño de la juguetería) tocan el piano gigante. Se infiere que en ese instante se reeditaría el estadio del espejo planteado por Lacan en el Seminario 19. El señor Macmillan al ver bailar a aquel joven otorga ciertas palabras de aliento como ser “a mi también me gusta tocar” “que bien lo haces” y es en ese juego de miradas/complicidad donde este personaje le haría de soporte, convirtiéndose en ese nuevo gran Otro. La sensación de júbilo que vivencia Josh por empezar a armar algo de su cuerpo traspasa la pantalla, volviendo esta escena inolvidable. Esto tendría sus efectos, ya que a partir de ese momento se produce un viraje en la historia, Josh acepta el empleo que le proponen en la Juguetería comenzando a dar sus primeros pasos como adulto, asumiendo algo de su nueva imagen. Comprendiendo a través de su nuevo jefe que ser adulto no implica una pérdida total de aquellos juegos de niño.

Este recorte convoca al espectador a pensar que todo crecimiento implica un duelo, un cambio de posición, perder el cuerpo de niño y adquirir otro. Por último me gustaría dejar planteado el siguiente interrogante ¿cómo se podría abordar algo de lo real del cuerpo en una nueva etapa de la vida? se desliza una posible respuesta: quizás sea a través de la música.



Película:Quisiera ser grande

Titulo Original:Big

Director: Penny Marshall

Año: 1988

Pais: USA

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