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Las múltiples caras de eros

por Dindurra, Diego

Universidad de Buenos Aires

Resumen

A lo largo de los diálogos platónicos, especialmente en Banquete y Fedro, encontramos diferentes traducciones para el término griego eros. A través de ellas, en tanto deseo, pasión, incluso divinidad, o simplemente amor, Platón nos muestra sus diferentes caras mediante variados discursos pronunciados por interlocutores heterogéneos, incluso por el mismo Sócrates, quien a pesar de ser un cultor acérrimo de la moderación, no escapaba a ciertas situaciones en las que se veía turbado por la belleza de algún joven. Esos discursos servirán como herramienta para el análisis de la trama de “La ley del deseo “, en busca de comprender mejor a sus personajes, analizando de qué manera se mueven impulsados por esa pasión amorosa. El amor los atraviesa a todos y alimentará en ellos sus obsesiones, sus pasiones y también dará rienda suelta a los actos más desenfrenados. Este estudio buscará comprender más en profundidad al amor, intentando alcanzar una respuesta definitiva, si es acaso posible, acerca de cuál es su verdadera cara, dejando lugar a la posibilidad de que en el misterio que genera el hecho de no poder encontrar una única respuesta a ese interrogante, se halle la razón de esa atracción desenfrenada que él mismo nos infunde.

Palabras Clave: amor | deseo | tragedia | desenfreno

The multiple faces that build the mystery behind the platonic eros

Abstract

Throughout the Platonic dialogues, especially in Banquet and Phaedrus, we find different translations for the greek term eros. Through them, as desire, passion, even divinity, or simply love, Plato shows us its different faces through several speeches delivered by different interlocutors, even by Socrates himself, who despite being a staunch cultist of moderation, did not escape certain situations in which he was troubled by the beauty of some young man. These speeches will serve us as a tool for the analysis of the plot of “The Law of Desire “, in search of a better understanding of its characters, analyzing how they are driven by that love passion. Love runs through them all and will feed into them their obsessions, their passions and will also give free rein to the most unbridled acts. This analysis will seek to understand love in more depth, trying to reach a definitive answer, if that is possible, about what its true face is, leaving room for the possibility that in the mystery generated by the fact of not being able to find a single answer to that question, we’ll find there the reason to that unbridled attraction that he infuses us.

Keywords: love | desire | tragedy | wildness
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En la cultura griega, y en particular en los diálogos platónicos, se refería con el término eros al deseo sexual que una persona que estaba enamorada experimentaba en función de otra. Este vocablo griego se lo puede encontrar traducido además como impulso, emoción, o amor, indistintamente. En otros contextos puede usarse para referir a un dios o incluso a una divinidad intermedia, dada sus particulares características de concepción.

En varios de sus diálogos, Platón afronta la temática acerca de eros, pero es en Banquete y en Fedro, los cuales pertenecen a su época de madurez, en donde ella alcanza el clímax, ya que es allí en donde presenta, en boca de Sócrates o de sus interlocutores ocasionales –teniendo en cuenta que para Platón ciertamente la selección de interlocutores jamás resulta ser casual– diferentes discursos acerca de eros, que lo presentan de muy variadas maneras, a tal punto que al finalizar el recorrido que ambos textos nos plantean, el lector puede quedar confundido acerca de cuál –si es que ella existe– es la definición correcta con la que debemos quedarnos de manera definitiva. Y puede que ese mismo lector, también atrapado por el calor y el fuego del deseo, aunque en este caso no conducido hacia la belleza de un joven ateniense –como era común leer en los relatos ubicados en la época de Sócrates– sino por la obtención de la verdad, se pregunte: ¿de qué se trata ese deseo amoroso?, ¿es una locura que lleva a la tragedia?, ¿es el impulso que alimenta la valentía?

En “La ley de deseo “, película estrenada en 1987, escrita y dirigida por Pedro Almodóvar, encontramos varias caras de este impulso que sin duda es transformador para las vidas que por él se dejan atravesar. Y no es casual que esto sea así, ya que diariamente podemos dar cuenta de situaciones que nos hacen ver que sus variantes no son pocas, más aún, parecen ser infinitas. ¿Cuál será la verdadera de todas esas máscaras? ¿Será la que encontramos en la vida de Pablo? Pablo, el protagonista de esta trama, es un exitoso director de cine y de teatro, que dice estar enamorado de Juan, pero por quien no se siente correspondido de la manera que él lo espera. Es por ello que, tomando por excusa los planes de trabajo del joven, que lo harán regresar a su ciudad natal durante el verano, Pablo toma fuerzas y decide poner fin a la relación, y muy a su pesar le suelta a su amado la frase de despedida: “Tú no tienes la culpa de no estar enamorado de mí, y yo tampoco tengo la culpa de estar enamorado de ti. Por eso es bueno que te vayas. Si no te veo se me pasará, aunque no quiero que se me pase.

Es muy interesante la personalidad de este director protagonista del film, en tanto por momentos invita a pensar que él realmente vive su vida a la manera de alguno de los personajes de sus ficciones, utilizando diálogos floridos o inventándose cartas al modo de las que le gustaría recibir o de las que uno de sus personajes escribiría. Consultado acerca de qué es el amor, en una entrevista televisiva, Pablo responderá que para él, el amor es “algo que te absorbe las veinticuatro horas del día, que te impide concentrarte en otros asuntos. Eso es lo que más me atrae y lo que más me horroriza”. Y dentro del mismo marco, impulsado a reflexionar acerca de cómo debe ser esa persona amada, él dirá que espera que esa persona, pensada en términos ideales, debe comportarse de modo que “no me interrumpa cuando escriba a máquina, que lea los mismos libros que yo, que tenga conocimientos de medicina, leyes, fontanería, electricidad, en definitiva que me adore. Que no me agobie y que acepte que soy un inútil.

Quizás algunos rasgos de esa personalidad egocéntrica nos remitan a uno de los mitos que leemos en Banquete, en donde Platón –quien no de manera casual ni esporádica, sino que amplia y apropiadamente, utilizó elementos de la imaginería mítica a lo largo de sus diálogos–, en este caso de boca de Diotima, la sacerdotisa de Mantinea nos instruye acerca del nacimiento de Eros [1] y las consecuencias de tan particular concepción. En este caso se lo presenta como a una divinidad de naturaleza intermedia, en tanto es hijo de un dios, Poros y de una mortal, Penía. De ellos hereda por un lado la vivacidad, la valentía y la audacia, junto a una constante actitud de acecho hacia lo bello. Por el otro lado, hereda la carencia, la pobreza, la falta y la necesidad. Esta génesis intermedia, carente pero a la vez activa, componen este daimon [2] que es mediador entre los hombres y los dioses, y lo colocan en una búsqueda constante de su objeto de deseo. Y por su misma naturaleza constitutiva, una vez que lo consigue, ese mismo objeto deja de ser el protagonista de su obsesión, para poner el ojo inmediatamente en otro objeto, el cual se convertirá al instante en su próximo fin y pondrá toda sus intrigas y habilidades al servicio de obtenerlo. Ese es Pablo. Pablo se siente extremadamente atraído por los muchachos, a la manera de las relaciones homoeróticas de la élite intelectual ateniense [3] en la que el hombre maduro cortejaba a los jóvenes gráciles y talentosos, quienes se veían atraídos a su vez por la conveniencia y/o la inteligencia de sus amantes. Sócrates mismo, es retratado en el diálogo Cármides [4] como extasiado por la belleza del joven homónimo, con quien hace todo lo posible para entrar en conversación, intentando controlar y disimular su turbación por la inteligencia del muchacho y por sus formas agraciadas que se dejaban entrever por debajo de sus atuendos. Es el mismo Sócrates, quien en un diálogo como el Fedón, encarna el prototipo de cómo debe llevarse adelante una vida filosófica, desapegada del cuerpo, de sus deseos y de sus influjos, una especie de práctica para la muerte a lo largo de la vida encarnada. Él es quien aboga para que el filósofo cultive las virtudes éticas, moderación, justicia y valentía [5]. Esta actitud es la que le permite, momentos antes de que se ejecute la sentencia que los jueces atenienses impusieron sobre él, argumentando corrupción de la moral de la juventud, mantenerse en una actitud equilibrada, y sin temor ni irritación alguna, estando esperanzado de que al morir alcanzará aquello tan amado a lo largo de la vida del filósofo, es decir, el conocimiento de lo puro e invariable. Ese mismo Sócrates, paladín de la templanza debió, ante la belleza de Cármides moderar sus impulsos, no con poco esfuerzo.

Pero Pablo no se modera, su promiscuidad lo llevará a conocer diferentes jóvenes, en tanto le venga en gana, sin embargo podría decirse que sólo el deseo sexual es su motor, a pesar de que insista en sostener su idea de estar enamorado profundamente de Juan.

También es interesante la manera en que esos jóvenes se relacionan y se sienten atraídos a él y nos recuerda a la forma impulsiva y afiebrada con la que Alcibíades, en el discurso [6] que pronuncia arrebatado por el vino al final del Banquete de Platón, describe a Sócrates. Allí lo caracteriza como a un hombre soberbio, encantador, al estilo del sátiro Marsias quien embelesaba utilizando la música que se desprendía dulcemente al ejecutar su flauta, pero en el caso de Sócrates, él lo llevaba a cabo con el sonido que emanaba de su boca, con la música de sus palabras, generando que quienes lo oían quedaran estupefactos y posesos.

Puede entreverse que a Pablo le gusta jugar ese papel de amante maestro, tomando como indicios la conversación telefónica en donde Juan le pide que le enseñe a darle lo que él necesita. A pesar de la negativa de Pablo, argumentando que esas cosas no se pueden enseñar, acuerda inmediatamente en ir a visitarlo. Otro elemento para pensar que Pablo se siente cómodo en ese rol de tutor es cuando disfruta al iniciar homosexualmente a Antonio, a quien conoce el día del estreno de la obra de teatro protagonizada por su hermana Tina. En una escena clave de la obra en la que Tina se desgarra a través de las palabras con su interlocutor telefónico, se oye una bellísima y triste canción que reza “Ne me quitte pas” –no me abandones–, inmejorable manera de ilustrar la vida de su propia hermana.

Diferente, muy diferente de Pablo es Tina, nacida varón, quien tuvo una aventura con su propio padre, con quien se escapó, abandonado a su madre. La relación incestuosa duró poco, cambio de sexo mediante, hasta que descubre que su progenitor la engañó con otra mujer. Luego de un tiempo y tras la muerte de su madre, Tina decide regresar a su ciudad natal junto a Ada, una pequeña y chispeante niña, hija de su última amante lesbiana, por quien ha sido recientemente abandonada y a quien tiene bajo su cargo. La relación con la niña se estrecha y vuelve cada día más amorosa, contrastando con la frialdad de la madre de la pequeña. El personaje de Tina es el más colorido y entrañable de la película y en sus devenires el film se monta para recorrer los caminos tanto de la comedia como del drama, a través de los diálogos y los acontecimientos que la tienen como protagonista. Inolvidable es la escena en la que los dos hermanos y la pequeña caminan despreocupados, alegres y muy sueltos, por las calles de Madrid, en una cálida noche, cuando se topan con un portero de edificio que está regando la calle con una manguera, y Tina, envuelta en un vestido de un naranja estridente, sensualmente y sin prejuicio alguno le suplica a los gritos: “¡Vamos! ¡Riégueme!”.

Pero es el drama el que tiñe en su mayoría, la vida de la hermana de Pablo. Sus relaciones, tanto con hombres como con mujeres no ha sido lo que ella hubiera deseado. Podría bastar como muestra la relación con su padre, pero a esta se le suma una historia de abuso sexual perpetuada por un cura del colegio al cual asistió de pequeña, como parte del coro de la parroquia. Tina se regodea en sus sufrimientos, se reinventa a partir de ellos, como se lo cuenta al propio sacerdote cuando lo visita en la iglesia. Allí, luego de un corto diálogo, ella le expresa sus intenciones de regresar a cantar y él le pide que lo haga en cualquier otra iglesia, pero no en esa, que huya de sus recuerdos, a lo que Tina responde que no quiere porque “los recuerdos son lo único que me queda.” O cuando Pablo, no sin miedo a la reacción de su hermana, le dice que ha escrito un personaje para ella en su nueva obra de teatro, que es bastante fiel al historial de relaciones que ella ha tenido durante su vida, configurando uno de los diálogos más intensos del film, recibe como acalorada respuesta: “Yo no tengo problemas con los tíos, porque para mí hace ya mucho tiempo que no existen... Y te prohíbo que toques el menor acontecimiento de mi vida. Por ridícula que sea, tengo derecho a que se me respete... Mis fracasos con los hombres son algo más que el argumento de un guión. No permito que ni tú ni nadie juegue con ellos. Son míos, ¿me oyes? ¡Míos! Y no me gustan, ¡hijo de puta! Pero he tenido que pagar un precio demasiado alto por esos fracasos... Y son lo único que tengo.

Quizás sea el azar el que le juega, al parecer, siempre una mala pasada a Tina al momento de ponerle delante de ella a las personas que la mueven a iniciar una relación. Este azar podría remitir al mismo que también guía la búsqueda amorosa de los seres humanos en el mito del andrógino, que encontramos en el Banquete, en el discurso de Aristófanes [7]. Este relato parece de naturaleza cómica en sus comienzos, pero encierra una tragedia en tanto nos damos cuenta de que somos nosotros mismos los que estamos en situación similar. Refiere a que en un comienzo existían unos seres, de forma esférica, que poseían cuatro piernas y cuatro brazos, dos cabezas y dos sexos, y estaban unidos por los costados y por la espalda. Estos seres singulares, estando formados así completos, a modo de castigo otorgado por uno de los dioses del Olimpo, Zeus precisamente, fueron divididos en mitades, quedando de este modo condenados a vagar por la tierra, errando en busca de la otra mitad perdida. Impulsados por la necesidad de conseguir nuevamente la mitad que los complemente, parecen estar destinados a una infelicidad que resultaría ser inexorable. Quizás este mito que nos hace llegar Platón, ponga en palabras una nueva arista de eros. Podemos concluir a partir del mismo que el deseo amoroso es una expresión del eros como insuficiencia, como carencia y como deseo de la mitad perdida. Es el azar en definitiva el encargado de dirigir esa búsqueda amorosa y desesperada de los seres humanos, quienes parecen estar destinados por ello a una inexorable infelicidad. Y esto podemos verlo ejemplificado de ese mismo modo en las vicisitudes amorosas que atraviesa Tina, a quien le resulta difícil encontrar esa mitad a lo largo de la vida, o que al momento en que piensa haberla encontrado, se da cuenta de que estaba equivocada, o peor aún, que no fue correspondida como hubiera querido ya que su complemento no la reconoce como tal o que está enamorado de alguna otra mitad.

A los dos hermanos se le suma Antonio, conformando la trilogía de personajes fuertes de la trama. Su papel, revela una nueva faceta de eros a incorporar en la lista de las ya mencionadas, y que fueron apareciendo a medida que la película avanza. Y esta cara nos muestra a un eros irracional, insensato, que conduce, a quien por su intermedio actúa, a comportarse de un modo que lejos está de ser conducido por la razón o de actuar bajo el dominio de sí. Antonio es un muchacho que está obsesionado por Pablo, desde que vio su película, “El paradigma del mejillón”. Criado estrictamente por su dominante madre alemana, este andaluz siente el despertar a la homosexualidad en la gran ciudad, y lo vive no con poca turbación. Ese fuego interior, al que aún no deja expresarse a través de su vestimenta o de su peinado, finalmente gana la pulseada y se decide finalmente a encontrarse con Pablo a la salida del teatro, el día del estreno de la obra que tiene a Tina como protagonista. Una vez en la casa de Pablo, y aunque los comentarios de Antonio podrían haber hecho arrepentir de la aventura al director, finalmente pasan la noche juntos. A partir de ese momento, la obsesión de Antonio irá in crescendo, al punto de tomar ese encuentro como el comienzo de una relación formal y duradera, mientras que para Pablo simplemente resultó ser una noche de lujuria. Pablo parece ser lo suficientemente explícito como para hacérselo saber, tal cual lo indica una carta que le envía en la que dice: “Antonio, cariño, aunque tú lo hayas decidido así, no estoy enamorado de ti. Me emociona tu ternura, pero no te recomiendo que te enamores de mí, soy demasiado egoísta y llevo una vida incompartible. Muchas gracias y suerte.]” Aunque, en realidad, para una persona obsesionada como lo está Antonio, esas líneas siempre pueden dejar algún resquicio para la esperanza, o por el contrario podrían avivar aún más el fuego de la locura amorosa. Es probable que Pablo disfrute de ese poder, de esa dominación que genera en el joven. Claro está, no sospecha de lo que Antonio es capaz de realizar.

Pero es la escena en que Antonio lee la carta, que supuestamente escribió Juan a Pablo –aunque fue este quien se la escribió a sí mismo–, el acontecimiento de la trama que supone un punto de inflexión, y cambiará la suerte de los personajes, haciendo que la comedia inesperadamente devenga en thriller o al menos, eso intente. Esta carta dispara los celos de Antonio hasta enceguecerlo, y decidiendo poseer todo lo que le pertenece a su amado, visita a Juan e intenta seducirlo. Su enfermizo comportamiento encuentra el punto máximo cuando rechazado por Juan, lo empuja, haciéndolo caer desde la cima de un barranco, caída que termina con la vida del joven.

Los dos primeros discursos que magistralmente enunció Platón en el Fedro, el primero [8] expuesto por el joven homónimo, aunque pronunciado originalmente por Lisias, y el segundo [9] por el mismo Sócrates, nos remiten directamente al comportamiento de Antonio, en tanto presentan a eros como una especie de locura humana que hace perder la razón a los hombres, llevándolos al desvarío. El enamorado se reconoce como enfermo, dejándose arrastrar por el deseo de obtener el goce de la belleza de los cuerpos, sin hacer caso a la razón, empujado a realizar los actos más desenfrenados, alejándose de aquellas cosas que realmente le convienen. Quizás el amor en definitiva sea algo a lo que hay que temer, en tanto nos empuja a cometer los hechos más alocados. Nos lleva a hacer y decir cosas, a tomar decisiones y enfrentar situaciones que sin estar bajo su influjo, generalmente no ejecutaríamos. Hasta el mismísimo Sócrates quedó turbado luego de su primer discurso, en el que se pronunciaba en favor de eros como una locura humana, al punto de querer marcharse de ese lugar idílico, fuera de la ciudad, que junto con Fedro eligieron para echarse sobre el pasto, bajo un árbol y a orillas del río conversar sobre lo que significa ese deseo amoroso. Fue esa voz, ese dáimon interior [10], quien siempre se le presenta cuando tiene que rectificar sus actos, quien lo llevó a reflexionar, y a partir de ahí, decidir quedarse junto a su interlocutor y desarrollar el discurso en el cual presenta a eros como una locura pero en este caso no humana, sino divina [11].

Con la intención de reencontrarse con su amado, Pablo conduce hacia el faro en donde seguramente encontraría a Juan. Pero sólo se topará con la noticia de que ha muerto. Confrontando a Antonio, se da cuenta de que ha sido él el asesino, pero debe huir de la casa de su amante perseguido por la policía. Esta serie de escenas vertiginosas, que parecen pertenecer a una película diferente a la que hasta aquí se venía desarrollando, toma descanso cuando en la huida, Pablo tiene un accidente automovilístico, lo cual le genera un estado de amnesia y le hará permanecer internado durante un tiempo. Será esta condición la que le facilitará a Tina la generación del clima para permitirse la reconciliación emocional con su hermano, contándole todas las vicisitudes de la relación con su padre, con la intención de que pueda recuperar alguno de sus recuerdos. Mientras tanto, para acercarse a Pablo, convaleciente en el hospital, Antonio seduce a Tina.

Pablo ya recuperado, se da cuenta de que el nuevo amante de Tina es Antonio, su Antonio, y va al departamento de su hermana acompañado por la policía. Antonio, quien está armado, ofrece entregarse, con la condición de que suba Pablo y juntos pasen una hora a solas. Esa hora final, tiene a los cuerpos desnudos de ambos personajes, tendidos en la cama, abrazados, recordándonos al cuerpo esférico del andrógino, formado por las dos mitades antes de ser separados por el castigo. Esta escena –que seguramente habrá sido muy controversial para la época–, nos da algún indicio de que cierto cambio se ha producido en Pablo, a partir de la forma en que se comunica verbal y gestualmente con el joven. Quizás él finalmente ha logrado ver, que detrás de tanta locura amorosa, de tanto desenfreno, como el que muestra Antonio, existe un fuerte e intenso amor, más allá del eros que se manifiesta en la búsqueda de la satisfacción mediante la concreción del acto sexual. Y es la escena final en donde Almodóvar confirma nuestras sospechas, ya que una vez pasado el tiempo que les dio la policía, Antonio se despide de su amado, se dirige hacia el living y se dispara, quitándose la vida. El charco de sangre le da mayor emotividad al momento en que Pablo lo toma en sus brazos, ambos cuerpos desnudos, y con un altar repleto de velas y santos que son parte de la estrafalaria decoración del domicilio de Tina. Ese momento desgarrador es el preciso instante en que Pablo tristemente reconoce haber perdido a su mitad, a la que jamás, hasta ese instante, reconoció como tal. A fuerza de tragedia, Pablo ha reconocido lo que para él es una nueva faceta del eros, en tanto amor profundo y sincero, más allá de los sentimientos despojados que mostró hasta ese momento de su vida. Para darle un color especial a la tragedia, se escucha una canción de fondo que desgarradoramente dice: “Lo dudo, lo dudo, lo dudo, / Que halles un amor más puro, / Como el que tienes en mí.

Así de desgarradora fue la escena relatada por Homero en la Ilíada en la que Aquiles toma el cuerpo inerte de su amante Patroclo [12], y a pesar de haber sido advertido de que le causaría la muerte, decide en ese mismo instante vengarlo. No sabemos si Pablo llevará adelante algún tipo de venganza, al modo de Aquiles, pero sí es cierto que no puede tenerse duda alguna de que eros es un motor que puede generar los actos más excelentes pero también los más temerarios, y puede hasta incluso provocar la vergüenza ante hechos deshonrosos, como lo asegura este pasaje del Banquete: “...si ese tipo de hombres lucharan juntos, vencerían, aunque fueran pocos, por así decir, a todos los hombres, porque un hombre enamorado visto por su amado abandonando la formación militar, o tirando las armas lo soportaría realmente mucho menos que si fuera visto por todo el resto, y preferiría muchas veces morir antes que eso. [13]

El amor seguirá siendo algo misterioso, algo que ningún discurso será capaz de agotar. En este film de Pedro Almodóvar, se pueden encontrar muchas de las caras de esta pasión amorosa, si se lo mira y analiza con lentes socráticos, al menos del Sócrates que nos hace llegar Platón a través de sus diálogos, especialmente Banquete y Fedro. Quizás esa condición misteriosa, difícil de comprender, que presenta eros, sea lo que mas nos deslumbra y nos llama, al modo en que dos polos opuestos se atraen durante la ejecución de una danza por medio de la cual no dejan de repelerse. Quedará la perpetua pregunta acerca de si el amor está destinado al fracaso, al menos en lo que respecta a la vida encarnada, en tanto simples mortales, ya que jamás nos conformaremos con la promesa de que esta locura divina que es el eros, nos permitirá alcanzar el bien mas preciado, la felicidad, en compañía del amado, en la vida post-mortem, tal como lo asegura Sócrates en el final del Fedro [14].

Referencias

a) Instrumenta Studiorum.

Chantraine, P. (1980). Dictionnaire étymologique de la langue grecque: Histoire de mots. Paris: Klincksieck.

Liddell, H. G., Scott, R., Jones, H. S., & McKenzie, R. (1940). A Greek-English Lexicon. Oxford: Clarendon Press.

b) Fuentes.

Lledó, E. (2008). Platón. Fedro. Gredos.

Mársico, C. (2009). Platón. Banquete. Miluno editorial.

Torres, J (2017). Platón. Cármides. Editorial Universitaria.

Vigo, A. G. (2015). Platón. Fedón. Colihue Clásica.

Vigo, A. G. (2018). Platón. Apología. Colihue Clásica.

c) Bibliografía secundaria.

Fierro, M. A. (2019). Amor carnal, amor platónico en el Banquete. Estudios de Filosofía, 59, 183-212.

García Castillo, P. (2007). La locura divina de Eros en el Fedro de Platón. Cauriensia, Vol. II, 93-119.



NOTAS

[1Ver Banquete 203b-204a. En el comienzo de su discurso, y como parte de los misterios menores desplegados por la pitonisa de Mantinea, se recrea la situación en la que se concibe a Eros, la noche de la fiesta que organizaron los dioses para festejar el nacimiento de Afrodita.

[2Ver la entrada para δα?μων, ονος, voc en el diccionario Liddell, Scott, Jones. En este contexto la traducción para daimon es semi-dios, ser espiritual inferior a los dioses pero que está por encima de los humanos.

[3Ver Fierro pp. 184, nota 3.

[4Ver Cármides 153d2-155e3. El análisis exhaustivo de la escena en la que Sócrates se siente turbado por la belleza del joven Cármides puede encontrarse en Fierro pp. 202.

[5En Fedón 69c encontramos que el foco recae en las virtudes éticas como un estado de purificación al que se llega mediante la sabiduría que aquí se concibe como medio para alcanzar dicha purificación. Esta sabiduría aquí no se refiere al conocimiento de lo puro ya que no es accesible en vida debido a la compañía del cuerpo (Fedón 66e-67a), sino a un entendimiento claro de lo que es realmente valioso. Por lo tanto el filósofo buscará evitar todo intercambio y comunidad con el cuerpo, con el objetivo de purificar su alma.

[6Ver Banquete 215a-222b. Con el discurso de Alcibíades se cierra el diálogo. Es interesante destacar que este discurso sobre eros llega luego del que define Diotima, presentando la scala amoris, que podría hacer pensar al lector como siendo el decisivo en la tarea de encontrar una definición de las características de ese deseo amoroso.

[7Ver Banquete 189c2-193e2. El discurso de Aristófanes se centra en el mito del andrógino, mostrando cómo esa naturaleza originaria, de forma esférica que por un castigo fue dividida y condenada a buscar su otra mitad dirigida por el azar.

[8Ver Fedro 230e-234c. Allí se desarrolla el primer discurso sobre eros en el diálogo, en el que Fedro lee lo que Lisias tiene para decir al respecto. Para un análisis en detalle del discurso ver García Castillo pp. 107.

[9Ver Fedro 237b-241e. Este segundo discurso no dista mucho en contenido respecto del anterior pero sí es evidente la diferencia en excelencia con la cual lo articula Sócrates. Para un análisis en detalle del discurso ver García Castillo pp. 109.

[10En Apología Sócrates hace mención que en oportunidad del juicio no fue interrumpido durante su defensa por la voz profética que sí actuó en otras ocasiones cuando no obraba correctamente. A esa voz se refiere al finalizar su primer discurso en el Fedro.

[11Ver Fedro 241a-257a. En el segundo discurso, Sócrates arrepentido por lo pasional de su monólogo previo, intenta mostrar a eros de una manera distinta. Para un análisis en detalle del discurso ver García Castillo pp. 110.

[12Ver Banquete 179e en donde se hace referencia al relato de Homero y a la locura que posee a Aquiles y lo lleva a tomar venganza a pesar de saber a ciencia cierta que le causará la muerte.

[13Ver Banquete 179a1-9

[14Sobre la locura divina y la posibilidad de una vida futura de felicidad, ver García Castillo pp. 114, en donde se realiza un análisis detallado del segundo discurso de Sócrates en el Fedro.





COMENTARIOS

Mensaje de Romina Zacutti  » 27 de agosto de 2020 » rozacutti@gmail.com 

Siguiendo los aportes teóricos de Jacques Lacan podríamos pensar cómo la cultura encuadra cada aspecto de nuestras vidas... o casi todos los aspectos. Si bien la estructura del lenguaje es la que recorta al cuerpo como tal, cada sujeto como ser sexuado toma una decisión inconciente con respecto a su goce. El lenguaje no logra apresar, a través de lo simbólico, todo lo Real, en lo que respecta al plano del amor, del deseo y del goce cada uno se las tiene que arreglar.
Intentando generar un diálogo con el análisis de Diego Dindurra sobre el film "La ley del deseo" se podrían pensar las distintas caras de Eros como las distintas formas (entre infinitas variantes) que tiene cada sujeto de hacer con su Real. Los tres personajes fuertes de la trama, como referirá Diego, se podrían pensar dentro de los límites que impone el lenguaje y por lo tanto la capacidad de representar lo que les sucede, irrumpiendo en la escena el encuentro singular de cada uno de ellos con su Real y su sin-sentido.
Desde este hilo de pensamiento el misterio que plantea Diego con respecto al amor se sostiene.



Mensaje de M. Fernanda Rincón  » 27 de agosto de 2020 » mfernandarinconf@gmail.com 

Nada más difícil que escribir acerca del amor, como dice el autor, algo que ningún discurso será capaz de agotar. Es tal vez por esa frustración que elijo dialogar con este artículo: justo cuando creo encontrar la frase por la cual quiero comenzar a describir lo que siento al terminar de ver la película, esa misma deja de interesarme para posar mi atención inmediatamente en otra, y al igual que el amor, es una obsesión que atrae pero también me repela.

Pablo, el protagonista, es un cineasta exitoso y frívolo, quien en su promiscuidad se encuentra con muchos chicos lindos, como Juan. Durante la película cree estar enamorado de él, pero desde un ideal de cómo debería ser la persona amada, tal como lo explica el autor, y al no cumplir con estos requisitos, lo abandona con una carta donde aparenta tener el corazón roto por no ser correspondido, aunque en la actitud de Pablo se entrevé que nunca hubo amor, solamente placer y lujuria.

Al llegar Antonio aparece un amor que lo hace salir de los modos narcisistas a los cuales Pablo está acostumbrado, pues Antonio se obsesiona intensamente, "empujado a realizar los actos más desenfrenados" y alejados de la razón, representado en las marcas de sus dientes en los labios del cadáver del Juan asesinado.

Dindurra describe el mito del deseo amoroso como la insuficiencia, el deseo estructural de la mitad perdida,
y es al final que, al ver como cambia la mirada de Pablo, podemos afirmar que algo de Antonio lo ha bajado de esa ilusión de amor erótico que había mantenido a lo largo de su vida para enfrentarlo a un amor real, que deja marca en él. Abajo de la intensidad del desenfreno de Antonio hay un amor más allá del deseo de placer de la concreción sexual.. Como buena tragedia romántica, al ser marcado, al reconocer Pablo al fin su otra mitad, Antonio se muere, pero muere en paz pues el amor existe por estar insatisfecho.




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Película:La ley del deseo

Titulo Original:La ley del deseo

Director: Pedro Almodóvar

Año: 1987

Pais: España

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