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Un bacanal a lo Fellini

por Gallino Fernández, Griselda

“Viajar es útil, ejercita la imaginación. Todo lo demás es desilusión y fatiga. Nuestro viaje es enteramente imaginario. Ahí reside su fuerza. Va de la vida a la muerte. Personas, animales, ciudades y cosas, todo es inventado. Es una novela, nada más que una historia ficticia. Lo dice Littre, él no se equivoca nunca. Y además, cualquiera puede hacer otro tanto. Basta cerrar los ojos. Está en la otra parte de la vida”.

Louis-Ferdinand Celine.

Viaje al fin de la vida

Es necesario comenzar a bucear en ’La gran belleza’ a partir de la primera frase que abre la película. Porque al fin y al cabo, en ella se encuentra contenido todo lo que vamos a ver a continuación. Un viaje hacia las profundidades de un hombre que ha perdido el sentido de su vida, que ya no es capaz de imaginar, de crear, de sentir, y que se ha refugiado en la nada, en el vacío. Un vacío (’il vuoto’) que se explicitará muchas veces a lo largo de una película que está recorrida por las constantes preguntas, por el cuestionamiento interior, por la lucha de encontrar un sentido que permita seguir adelante.

La cámara se posará en muchos momentos en el talante pensativo de Jep Gambardella, porque en realidad, la película transcurre en su interior. Jep lucha contra esa desilusión y fatiga de la que habla Celine, pero es incapaz de reaccionar. De alguna manera, ha terminado por conocerse a sí mismo, y cuáles son sus debilidades humanas. Ha vivido, ha gozado de una situación privilegiada, pero nunca olvidará aquél destello de belleza inspirador que se quedó clavado en su mente y del que jamás ha podido escapar. Ahora no sabe si es demasiado tarde. Instalado en su gran departamento con vistas elitistas, dando fiestas nocturnas que se confunden las unas con las otras en una maraña de interminable desconcierto y de descontrolada y falsa felicidad. Y sin embargo, esa punzada está ahí, en su corazón, esa flecha que todavía no se ha borrado del todo y que se ha convertido en su condena. Jep lo tiene todo, pero al mismo tiempo nada. Como él mismo dice, él y sus amigos son despojos, son seres a los que se les debería tener compasión, porque de una u otra manera, están heridos. Pero también son supervivientes, dinosaurios en peligro de extinción que son los únicos aptos para seguir poblando una ciudad que solo ellos saben habitar: Roma.

Todos los personajes más jóvenes, van falleciendo a su alrededor, como si se tratara de un réquiem interminable en el que solo las cosas perpetuas terminan quedando.

Jep y sus amigos son como los monumentos de Roma: siempre están ahí, su naturaleza es perpetua. No se mueven, están estancados, embalsamados. También están profundamente perdidos, desorientados en sus propios marasmos personales, en sus propias contradicciones. Pero no se mueven. ¿Para qué? Son como esos trencitos que hacen en las fiestas de Jep que no van a ninguna parte.

Lo sacro frente a lo profano, el hastío frente al hedonismo, lo vulgar frente a lo sofisticado. Porque en todas esas contradicciones está el hombre. También una ciudad, Roma.

La Roma de las monjas, de lo religioso, pero también de la decadencia, de la desidia moral, de la corrupción política, la Roma de los turistas, la Roma monumental, la que se admira, y la que se detesta. Roma es como Jep, y Jep se ha convertido en la esencia de Roma, pura cáscara. El paseo nocturno por los palacios, los flamencos posados en la terraza, las monjas correteando por los jardines, el mar que Jep ve en el techo de su habitación… hay muchos elementos que casi parecen abstracciones, como si nos encontráramos en la mente del protagonista, lo cual es muy interesante y perturbador. Esa obsesión por la muerte, ya desde la inscripción de la primera imagen de la película: “Roma o morte”. Y dentro de ese panorama mortuorio, lleno de símbolos, ese animal herido que diría Philip Roth, ese dandy apático y nihilista que se pregunta constantemente: “¿Quién eres tú?”. Y una nena desconocida le responde: “Tú no eres nada”. Y ese es el viaje al final de la vida. Porque esta es una película que es sobre la muerte, no nos olvidemos. Y del fin. Y de la necesidad de, en medio de todo ese cansancio, seguir de alguna manera hacia delante como cada uno crea conveniente. Imaginando, soñando, sufriendo o riendo. Cerrar los ojos y pensar en ese momento de gran belleza que de alguna manera a todos nos acompaña. Y aceptar que ya no volverá, pero que siempre estará ahí para acompañarnos como fuente inspiradora.



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