Del arrebato considerado como una de las Bellas Artes

por Altarriba, Antonio

Iván Zulueta ha protagonizado una de las peripecias más extraordinarias relacionadas con los misterios de la luz y su capacidad de captar la realidad. De Zulueta se conoce, sobre todo, su obra cartelística y su breve carrera de cineasta. Arrebato, indiscutiblemente su obra maestra, constituye un documento premonitorio de lo que habría de ser su posterior trayectoria. En esta película se cuentan las experiencias de un fotógrafo obsesionado con la idea de hacer continuamente -de noche y de día, dormido y despierto- retratos de sí mismo. Esta entrega compulsiva al objetivo provocará su desaparición del mundo real, absorbido por la cámara, él también arrebatado.

Tras el rodaje de Arrebato y contagiado por el argumento de la película, Zulueta decide emprender un proyecto fotográfico que le permita explorar detalladamente su consistencia física. Para ello divide su cuerpo en pequeños fragmentos de dos centímetros cuadrados. Convierte su anatomía en retícula. Pacientemente fotografía cada uno de estos cuadraditos, los reve­la en copias de un metro y monta estas copias sobre una estructura metálica. Su retrato alcanza una altura de noventa metros. Según declaraciones del propio Zulueta, consigue convertirse así en un auténtico gigante del cartelismo.

Para acceder a todas las perspectivas de su inmensa obra, el día de la inauguración Zulueta se subió a un globo. Impulsado por su afán creativo y por el helio, ascendía y descendía, se alejaba y se aproximaba, se colgaba de la barquilla y, sobre todo, hacia fotografías de sus fotografías. Era como si realizara un viaje alrededor de su propio cuerpo descubriendo sus más ocultos paisajes. Subido en el globo, se agitaba al ritmo del viento y de su artístico narcisismo. Ni él vio los cables de alta tensión ni el público asistente cómo se produjo el fuego. En unos segundos el aeróstato se precipitó al suelo emitiendo un siniestro silbido. Como consecuen­cia de la flamígera caída, de Iván Zulueta sólo quedó una silueta negra aplastada contra el blanco asfalto. Tan sólo su negativo.

Algunos de sus más incondicionales seguidores sostienen que Zulueta no pereció en el accidente. Simplemente prescindió de su carne mortal y resguardó su genialidad en la película de la muerte, que en su caso sólo es el negativo de la vida. Así que, cuando le apetece manifestarse, saca una copia de sí mismo y se pone a mirar al mundo, que pasa y se mueve, mientras él permanece fijo. Definitivamente imperturbable.

Publicado en Cine de Papel, 2002, Apiv, Valencia

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