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De máscaras y segregación

por Paragis, María Paula, Piasek, Sebastián

Facultad de Psicología, Universidad de Buenos Aires

Resumen

A partir de la consideración de los fenómenos de segregación como efectos de discurso, pretendemos analizar su funcionamiento y la incidencia que los mismos tienen a nivel del lazo social. Si bien no se trata de algo novedoso, ya que encontramos en la historia de la humanidad diversos fenómenos sociales, que por motivos de Estado, de religión, de raza, entre otros, pretenden imponer determinada moral por sobre la de un otro a quien entonces construyen como radicalmente diferente, amenazante o incluso degradan al punto de prácticamente no considerarlo humano, resulta pertinente volver a reflexionar sobre la lógica subyacente a la luz de la magnitud que hechos de esta índole han tenido en los últimos años. Abordaremos la cuestión de los fenómenos de segregación recurriendo a la narrativa cinematográfica como disparador para el pensamiento y la reflexión, a la vez que la ficción constituye un insumo para resaltar los efectos singulares que la lógica capitalista comporta. Se trata de una apuesta justamente a la consideración de lo atinente a la subjetividad en oposición a las tendencias generalizantes del neoliberalismo.

Palabras Clave: Segregación | Subjetividad | Neoliberalismo | Cine

Introducción

“¿No sabemos acaso que en los confines donde la palabra dimite empieza el dominio de la violencia, y que reina ya allí, incluso sin que se la provoque?” (J. Lacan, 1954: 356)

No resulta novedoso encontrar en la historia de la humanidad diversos fenómenos sociales que, por motivos de Estado, de religión, de raza, entre otros, pretenden imponer determinada moral por sobre la de un otro a quien entonces construyen como radicalmente diferente, amenazante o incluso degradan al punto de prácticamente no considerarlo humano. Estos hechos implican un fuerte rechazo a la diferencia y conllevan la exclusión del Otro, el apartamiento del diferente. Sobran evidencias, tanto en la Europa de los últimos cien años como en la edificación misma de la sociedad occidental durante los últimos milenios, para afirmar que no se trata de acontecimientos nuevos a nivel social, cuestión que nos interpela y nos conduce al interrogante: ¿Cuál es la especificidad de los acontecimientos de este tipo que continúan proliferando a nivel global?

Al respecto, Jacques Lacan aborda en el Seminario XVII esta cuestión, que tiene plena vigencia en nuestros días y dice lo siguiente: "Sólo conozco un origen de la fraternidad (...) es la segregación (…) todo lo que existe se basa en la segregación, y la fraternidad lo primero. Incluso no hay fraternidad que pueda concebirse si no es por estar separados juntos, separados del resto...” (Lacan, 1969-1970: 121). Indica, a su vez, que nunca se ha terminado completamente con la segregación, en tanto nada puede funcionar sin ella, puesto que es efecto del lenguaje. Si entendemos que la segregación es inherente al discurso, podríamos pensar cuál es su funcionamiento en distintos modos del lazo social, y dónde ubicamos sus efectos. Al respecto Lacan formula, en su “Proposición del 9 de octubre” (1967), una tesis en la que ubica a la segregación como fenómeno creciente, que no resulta estrictamente efecto del discurso de la ciencia, pero sí le es correlativa. El discurso de la ciencia hace funcionar una lógica del para-todos, lo cual lleva a una tendencia a homogeneizar los modos de gozar. Esta “universalización científica” acarrea una precarización, un debilitamiento del S1, en lo cual tiene especial importancia el mercado en tanto genera un empuje permanente a gozar, buscando así evadir la división del sujeto vía la saturación de objetos. Semejante estado de cosas parece alertarnos sobre la dimisión de la palabra frente al derrotero de la acción, lo cual deja librados a los sujetos a un nuevo modo de lazo social.

Entendiendo que en la actualidad pareciera predominar el llamado pseudo-discurso capitalista, consideramos que desde esta perspectiva es posible situar la articulación entre la lógica del “para todos” (sostenida en el empuje a la producción y consumo masivos) con la excepción de algunos, cuestión que constituye el soporte de los efectos de segregación. Esta lógica del “para todos” obstaculiza la pregunta respecto del deseo a nivel singular, en la medida en que se ve apuntalada precisamente sobre la negación de la diferencia. A partir de estas consideraciones, abordaremos la cuestión de los fenómenos de segregación recurriendo a la narrativa cinematográfica como disparador para el pensamiento y la reflexión, a la vez que la ficción constituye un insumo para resaltar los efectos singulares que la lógica capitalista comporta. Se trata de una apuesta justamente a la consideración de lo atinente a la subjetividad en oposición a las tendencias generalizantes del neoliberalismo.

La potencia de las ficciones cinematográficas

Nuestra propuesta se basa en el análisis de la narrativa cinematográfica desde un enfoque cualitativo, sostenido por métodos de análisis y explicación que abarcan la comprensión de la complejidad, el detalle, el contexto, y que incluyen lo singular (Mason, 1996). En la misma línea, seguimos el método clínico-analítico de lectura de filmes, considerando que el análisis debe estar circunscrito a los personajes y el relato del film, como así también las cuestiones técnico estilísticas y resaltando el valor del detalle leído como una singularidad en situación (Cambra Badii, 2016). Este abordaje de la singularidad situacional funda una metodología y en rigor todo un sistema epistemológico, que posiciona a las analogías cinematográficas en relación a su potencia de pensamiento (Michel Fariña, 2014) y que pueden situar un acontecimiento ético en este acto mismo de lectura.

En este sentido, vemos cómo en la actualidad las series se han constituido como un relevo del cine para el público masivo por la potencia de su difusión. Esto no se debe únicamente a las múltiples posibilidades y dispositivos que las nuevas tecnologías brindan, sino que, en una sociedad permanentemente instalada en la hiperactividad y esclava de la falta de tiempo, la vida actual exige entretenimientos cortos y accesibles (Bort Gual, 2010). Teniendo en cuenta que las series y el cine generan contenidos que se encuentran atravesados por los efectos de mercado, influencias políticas y cambios de índole sociocultural, resulta fundamental interrogarnos: ¿de qué nos hablan las series de TV en la actualidad? En esta coyuntura, entendemos que los recursos audiovisuales permiten reflexionar sobre la conflictiva ética y las decisiones que se encuentran en juego allí, haciendo foco en el sujeto, contemplando no sólo los principios o aspectos culturales, sino sus emociones, sentimientos, relaciones sociales y obligaciones.

Consideramos que desde el campo del Psicoanálisis, problematizar los elementos que componen las narrativas cinematográficas y de series televisivas aporta un abordaje de mayor complejidad al momento de considerar el discurso de la época y aquellas significaciones que imperan en el Otro social, dado que ellas vehiculizan representaciones sociales que circulan a nivel global. En este sentido, “las series actuales devienen prismas para observar la concreción más reciente de esta ideología que definiremos en términos de una máquina cultural que traduce activamente la historia y la dinámica social” (Gómez Ponce, 2017: 111).

De la empatía (como impedimento) a la máscara deshumanizadora

El episodio Men Against Fire/Hombres contra el fuego (Charlie Brooker, 2016) pertenece a la tercera temporada de la famosa serie británica Black Mirror y continúa con la tónica característica de la serie: presenta un futuro distópico plagado de elementos post-apocalípticos. La historia se centra en el personaje de Stripe, un soldado que forma parte del escuadrón dedicado al exterminio de seres humanos mutantes a los que abierta y formalmente se denomina “cucarachas”. Para llevar a cabo la misión cuenta con un dispositivo tecnológico de última generación que se implanta en la cabeza de cada soldado y cuya función principal es, además de brindar herramientas de logística militar, incrementar el procesamiento de ciertos sentidos, al tiempo que se omiten o modifican otros de forma artificial.

Este implante resulta central en el argumento del episodio, en la medida en que deviene motor de la despiadada acción de cada integrante del escuadrón militar en sus redadas. Ese es precisamente el objetivo último de la estrategia tecnológica que lleva a cabo el ejército: impedir toda reacción empática por parte de sus soldados en la lucha contra las llamadas “cucarachas”. En este sentido es notable la elección del título del episodio, ya que se basa en el libro homónimo de S.L.A. Marshall, escrito en 1947. Allí el autor plantea que durante la II Guerra Mundial más del 70% de los soldados no disparaba sus fusiles hacia sus oponentes, aún encontrándose bajo amenaza, y que quienes lo hacían apuntaban por encima de la cabeza del soldado enemigo. Lo que Marshall desliza, de alguna manera, es cierta naturaleza empática del ser humano que impide el desempeño eficaz en la guerra. Se basa estrictamente en un argumento cuantitativo, al proponer que si los soldados fueran implacables en el transcurso de una guerra, el combate se vería finalizado con anterioridad y los recursos se verían optimizados.

Desde su publicación el libro ha generado controversia y numerosos artículos cuestionan la validez de los datos presentados por Marshall. Más allá de tales debates, la relación entre aquella investigación y el episodio de Black Mirror radica en la posibilidad de poner en cuestión y reflexionar sobre el argumento utilitarista y deshumanizador que allí se esgrime, abriendo de este modo una perspectiva ética que permita el ejercicio de pensamiento sobre otros fenómenos que podrían considerarse similares en la actualidad. En esta línea, y acaso como respuesta al interrogante planteado por S.L.A. Marshall, la trama del episodio ilustra cómo el desarrollo tecnológico, siempre al servicio del Estado, puede proponer una solución innovadora para ejercer una acción directa sobre los cuerpos de los soldados, en pos de un mayor rendimiento y eficacia en el exterminio del enemigo. A fin de cuentas, lo que se vislumbra mediante la utilización de semejantes dispositivos es el imperativo que subyace a la lógica neoliberal, entendiendo que se pretende la reducción de los cuerpos a meros objetos funcionales que requieren ser optimizados. No sólo se ejerce la coacción sobre los cuerpos de diversos modos sino que a la vez ello genera que los sujetos involucrados resulten “intercambiables”, en tanto se borran las diferencias y todo resulta equivalente.

En “Psicopolítica. Neoliberalismo y nuevas técnicas de Poder”, Byung-Chul Han relee las conceptualizaciones de Michel Foucault a la luz de la época actual, planteando con el concepto de Psicopolítica un nuevo modo de dominación neoliberal, cuyo fin último es explotar el tiempo de trabajo a través de la captura absoluta del sujeto. El disciplinamiento por la vía del control del cuerpo cede incluso al control de la psiquis:

...[la técnica de dominación liberal] descubre al hombre y lo convierte en objeto de explotación (...) El imperativo neoliberal de la optimización personal sirve únicamente para el funcionamiento perfecto dentro del sistema. Bloqueos, debilidades y errores tienen que ser eliminados terapéuticamente con el fin de incrementar la eficiencia y el rendimiento. Todo se hace comparable y mensurable, y se somete a la lógica del mercado (...) Su necesidad es solo el resultado de coacciones sistémicas… (Byung-Chul Han, 2014, 47-48)

Esta observación del filósofo y ensayista contemporáneo nos asiste en la lectura del episodio, en tanto explica el modo de captura que las autoridades de esta sociedad distópica llevan a cabo para lograr una mayor eficacia en la erradicación del enemigo, encarnado éste en un sector de la sociedad que, luego de una guerra, se ve segregado al nivel de un puro desecho. Así lo plantea una de las supuestas cucarachas hacia el final del episodio, cuando, una vez que Stripe entiende que tanto sus compañeros como él veían a estas personas como monstruos por la incidencia del implante neuronal antes mencionado, se dispone a escuchar a una de ellas: esta mujer relata entonces cómo luego de una guerra ocurrida diez años atrás, el adoctrinamiento comenzó primero con una etapa de análisis de ADN por parte del Estado, para luego registrar los resultados a nivel individual y adoptar medidas urgentes en pos de erradicar a aquellas “criaturas” que supuestamente portaban enfermedades degenerativas en la sangre. El modo de dominación al que Chul-Han remite, propio de la sociedad actual, se ve aquí llevado al extremo por la vía de esta “máscara neuronal”, capaz de dominar al sujeto en sus mociones conscientes y bloqueando así todo tipo de debilidad emocional que pudiera potencialmente implicar una disminución de la eficacia en la tarea que debe realizarse, siempre con el objetivo ulterior de la supervivencia humana.

Asistimos en la actualidad a escenarios como éste con extrema frecuencia, en los que se degrada la condición del adversario a un determinado rasgo (musulmanes, inmigrantes, etc.) o se los acusa de atrocidades que posiblemente no cometieron, argumentando a partir de una generalización sin evidencia empírica. Aún más, esta cuestión encuentra especial anclaje en ciertos fenómenos de segregación que resultaron significativos durante el Siglo XX, en especial el genocidio conducido por los Nazis durante la II Guerra Mundial. Si durante la Edad Media, y especialmente en el pasaje de la Edad Media a la Edad Moderna, la persecución y secularización del judaísmo -así como de otras religiones- encontraba un punto de escape en la posibilidad de la conversión a la religión cristiana, en las políticas de Estado que condujeron al genocidio hoy conocido como la SHOÁ, en cambio, el mal estaba determinado por la sangre del diferente: Las corrientes eugenésicas que hicieron mella en el discurso médico-científico de fines del Siglo XIX y principios del XX, condujeron a la paulatina construcción de una cosmovisión enfocada desde el inicio en la erradicación de la sangre judía, mucho más allá del bagaje tradicional y cultural que constituyera al Judaísmo en tanto religión, en la medida en que esta comunidad se veía asociada, por la vía de la amenaza, a la destrucción del porvenir de Alemania y del mundo entero.

En este sentido, vemos cómo en la sociedad ficcional que presenta el episodio se ha construido un enemigo consistente y amenazador, que justamente resulta un riesgo no sólo a nivel socio-cultural sino también en cuanto a la estirpe, dado que la portación de la enfermedad puede ser transmitida vía su reproducción. Una vez más, el argumento biomédico es aquí insoslayable. Desde el inicio del episodio comprendemos que la sociedad en la que Stripe vive se encuentra dividida en dos facciones opuestas: “nosotros”, bando al cual el protagonista pertenece y que de cierto modo la ficción construye como “los buenos”, y los otros, las “cucarachas”, seres despreciables que hay que eliminar. A lo largo de su primera misión -la llamada caza de cucarachas- Stripe va conociendo, y junto con él también lo hace el espectador, las diversas representaciones que se tiene de las cucarachas y las acciones que se llevan a cabo a fines de exterminarlas: deben quemar todo aquello que estos seres hayan tocado, nada que haya tenido contacto con ellos puede utilizarse ni conservarse. Los aldeanos que han sido víctimas del saqueo de víveres por parte de las cucarachas se encuentran alterados y temerosos, suplicando a los soldados que no permitan que regresen. Al obtener el dato de que un hombre podría haber brindado ayuda a los enemigos, Ray, la compañera de Stripe, se pregunta “¿Cómo alguien puede ser tan estúpido como para ayudarlas?”. Pareciera que va de suyo que se trata de seres despreciables; sólo un idiota puede obviar esta condición.

En la escena siguiente vemos que el anciano que supuestamente ha brindado ayuda a las cucarachas es creyente y considera que toda vida es sagrada. Ante esto, la jefa de la misión procede no sólo a interrogarlo para conocer el paradero de los enemigos, sino que lo alecciona sobre la gravedad de protegerlos: “Llevan la mierda en su sangre”, “no podemos permitir que se reproduzcan y transmitan su enfermedad”, “no los puede ver como humanos”, “si no solucionamos esto ahora mismo, vamos a seguir prolongando el dolor en tanto seguirán reproduciéndose”. Su improvisado manifiesto finaliza con las siguientes palabras: “Hay que exterminarlos para que la raza humana no se extinga”. ¿Quién osaría protegerlos si ello representa una amenaza para la propia vida? Más aún, no se trata aquí de una amenaza para uno mismo sino para la especie humana toda. Vemos la potencia que tiene desde lo discursivo el crear un enemigo, anteponiendo el argumento que supuestamente se basta a sí mismo, “el bien mayor”, la continuidad de la especie, llevando la situación a los límites más extremos de la especularidad: o ellos o nosotros. Esta pretendida inmunización frente a los otros, los distintos, no es otra cosa que la construcción de un sentido que otorga identidad a los actores sociales. Se trata del enemigo como proveedor de identidad a partir de la dialéctica especular, imaginaria por supuesto, generada por la confrontación con lo que se sustrae de la mismidad.

Retomando entonces el paralelo con la Alemania Nazi, si algo motivó el accionar obediente de miles de soldados del Tercer Reich, primero en las tareas de discriminación, aislamiento y deportación del enemigo, y luego en la consumación de la denominada Solución final del problema judío -que implicó la logística necesaria para exterminar a millones de prisioneros principalmente de la comunidad judía, pero también de otros colectivos segregados, como los locos, los negros, los homosexuales, etc.- es la eficacia discursiva con que Hitler y especialmente Goebbels, en tanto creador y director de la propaganda nacional-socialista, impregnaron a las tropas y a la sociedad toda con la premisa de un enemigo sub-humano. Así como la jefa de este ejército futurista plantea la erradicación del enemigo como un mal menor para evitar la extinción de la raza humana, el ideario Nazi se vio apuntalado sobre una cosmovisión muy similar: la imposición de la raza aria como superior, en detrimento de otras razas menores que sólo podrían conducir a la humanidad a su propia consunción. Esto último, a sabiendas de que la deshumanización del enemigo, reducido en aquellos años a una plaga pasible de ser exterminada, resultaba un factor esencial para romper el lazo social y facilitar entonces las acciones más atroces en el ser humano:

En octubre de 1939 se profundizaron los programas de eutanasia, extendiéndose a todo los enfermos considerados “incurables”. Pero eso era sólo el comienzo. Rápidamente, la eliminación alcanzó a los judíos, considerados por la medicina y la antropología nazi, como raza sub-humana. En ese movimiento tuvo especial importancia el rol de los médicos nazis (Fariña, 2009, p. 6)

Este fenómeno necesario de deshumanización del diferente se ve simbolizado en la ficción, entonces, mediante la utilización de los implantes neuronales que portan los soldados y tornan a sus enemigos (las llamadas “cucarachas”) en monstruos vampíricos y amenazantes, cuando en realidad se trata de seres humanos aterrados e indefensos. Ahora bien, la estrategia del Estado futurista no se limita a una distorsión exclusivamente fenoménica. Si bien a nivel neuronal el implante provoca una tergiversación absoluta de la visión, el olfato y la escucha en los soldados, de nada serviría esta afectación de los sentidos si no fuera por la eficacia del discurso militar que la sostiene, centrado de inicio a fin en la amenaza permanente por la vía del contagio y la pérdida potencial de recursos: esta hipótesis encuentra especial fundamento en la posición de los aldeanos, que, a pesar de no contar con el implante militar que permitiría figurar a los segregados como cucarachas, no dejan de nombrarlos de ese modo, y denuncian su intromisión a las autoridades haciendo énfasis en la imposibilidad de consumir los restos de las provisiones que robaron aquellos. Sin embargo, la ficción ofrece un giro por demás interesante, que mostrará sus efectos posteriormente: Al continuar con la persecución del grupo enemigo, Stripe se ve llevado luchar cuerpo a cuerpo con una de las cucarachas, quien le apunta a los ojos con un dispositivo similar a una linterna. En ese momento nada extraño sucede; Stripe logra vencer a la cucaracha y apuñalarla hasta poner fin a su vida. A partir de la disfunción en la máscara que se produce a raíz de este hecho, las percepciones de Stripe dejarán de estar manipuladas y podrá ver quiénes son sus “enemigos” realmente. En este sentido, entendemos que el implante neuronal no resultaría el fin último de la estrategia militar, sino una vía hacia la dominación y el exterminio del problema, cuya solución final se ve sustentada en un discurso absoluto por parte del Poder, sin puntos de falla: “nos odian porque eso es lo que les enseñaron”, le dice una mujer a Stripe, respecto de los aldeanos, cuando éste logra finalmente observarla y escucharla sin la intrusión de la máscara neuronal. Vemos cómo el odio, o incluso el miedo, parecieran encontrar sustento en lo extraño, lo distinto y desconocido. Se construyen discursivamente objetos a ser odiados a partir de la creencia de que la mera existencia del otro resulta una amenaza para el sí mismo, lógica que abona el rechazo de la alteridad y consecuentemente incrementa la productividad de esta maquinaria siniestra.

Por otra parte, al regresar a la base militar luego de aquella misión, la compañera de Stripe lo felicita, exaltando la buena suerte que tuvo al lograr asesinar a dos individuos en su primera caza de cucarachas. Tal es su euforia al respecto que, luego de gritar “vas a tener premio esta noche” delante de todo el escuadrón, a continuación enfatiza que algo así debería llevarlo a eyacular por horas esa misma noche. Tan lejos llega el fanatismo por esta cruzada, que podría pensarse que linda con una condición de goce. El discurso absoluto sobre la peligrosidad del enemigo, sustentado por la máscara en tanto artilugio técnico, logra alienar a los integrantes del escuadrón hasta sumirlos en una posición absurda. Los objetivos profesionales del Estado se ven entonces entreverados con la constitución subjetiva y singular de cada uno de sus soldados, violando todo límite a la propia intimidad: la eliminación de las cucarachas se erige como modo de goce, y por ende como condición necesaria para la repetición de la tarea.

Esta cuestión se evidencia con mayor agudeza en la continuación del episodio: cuando Stripe sospecha que su dispositivo neuronal se encuentra dañado (y de hecho lo está: debido al dispositivo utilizado por una de sus víctimas ocasionales, quien introdujo un virus en la máscara neuronal), acude al médico para llevar adelante un chequeo especial. Éste le indica que su implante se encuentra en perfectas condiciones pero sugiere que visite a Arquette, el psicólogo del ejército. En esa entrevista, Stripe relata lo sucedido en la misión, nombrando a su víctima como “él”. Ante la sorpresa del psicólogo Stripe reafirma que se trataba de un hombre y continúa el relato. Podríamos pensar que ya algo en el protagonista se ha conmovido allí: el nombrar a la cucaracha como él indica que, de alguna manera, al poder atribuirle género lo está subjetivando. No se trata de un ente amorfo ni una criatura bestial: era un hombre. Sin embargo, el sujeto nada sabe aún de esta cuestión, y por el contrario refiere: “Pensaba que sería diferente. No sentí nada. Sé que fue en defensa propia (...) Sentí alivio. Pensé que sentiría remordimiento”. Ante esta reacción, el psicólogo lo felicita, sostiene que debería estar orgulloso porque hizo algo increíble, y por último se dispone a programar allí mismo, desde su computadora, “una buena noche de sueño” para él.

Es precisamente en este punto que se ven resignificados los comentarios de la compañera de Stripe con respecto al premio que podría recibir por los resultados de la redada: más allá de la tergiversación de los sentidos que sirve al exterminio de cierto sector de la sociedad, el implante funciona como modelador del psiquismo incluso a nivel inconsciente, a través de la producción masiva de sueños. Esta función, que posibilitaba que Stripe soñara con la misma mujer todas las noches, se ve distorsionada por el mismo virus que había comenzado a afectarlo en sus actividades desde aquella misión, lo cual genera que el sueño vire hacia un tono casi pesadillesco: la mujer comienza a duplicarse durante la simulada escena sexual, en una suerte de reproducción que bien podríamos asociar a la reproducción natural de las cucarachas. Esto desorienta a Stripe a tal punto que logra despertarse, sobresaltado, para observar a sus compañeros dormidos: todos yacen en la misma posición y hacen el mismo gesto con sus manos mientras duermen: los dedos índice y pulgar de cada mano se mueven con un ritmo uniforme, que simula claramente la orquesta de movimientos que hacen a diario para disparar. En este punto podríamos pensar, entonces, que la producción forzada de contenido onírico de índole sexual se ve voluntaria o involuntariamente asociada con la única actividad que llevan adelante a diario, ligada ésta a un imperativo de goce absoluto sobre el cuerpo del otro: apuntar, disparar y asesinar “cucarachas”.

Ese goce mortífero y desregulado -en la medida en que se ve potenciado por la incidencia de la tecnología- construye en Stripe y en su compañera un mandato superyoico altamente eficaz a nivel simbólico. Si la producción de subjetividades se encuentra limitada, en este mundo distópico, a la matanza indiscriminada del diferente, la alienación a este tipo de significantes encuentra especial anclaje en el superyó, tal y como indica el psicoanalista argentino Jorge Alemán:

Los dispositivos neoliberales (…) sólo pueden ser efectivos si los sujetos se atienen al tipo de mandato superyoico que los mismos implican. Sin ese resorte libidinal, no sería posible explicarlos (…) Como lo supo ver Lacan, el superyó es una instancia que ordena gozar, siempre más allá de cualquier equilibrio subjetivo. (Alemán, 2016: 28)

Aquella escena nos enfrenta entonces con dos cuestiones centrales en la continuidad del episodio: por un lado, si el discurso tecno-científico basa su eficacia en la pretensión de captura absoluta bajo determinadas leyes empíricas, la resistencia de los sectores más segregados -encarnada en este caso en el dispositivo que se infiltra y desorienta la máscara de Stripe- le muestra aquí un punto de falla: en el campo de lo humano, no todo puede anticiparse por la vía de la programación cognitiva. Por otro lado, este despertar adquiere acaso valor de acontecimiento en Stripe, en la medida en que algo del orden de lo subjetivo logra filtrarse en escena. En la grieta entre el discurso científico y la resistencia al mismo Poder que lo detenta, emerge por primera vez el sujeto: si en la vigilia se veía dominado por la subjetividad asesina del escuadrón, y por las noches se veía forzado a un sueño prefabricado, es a partir de la pesadilla que el sujeto logra servirse del desperfecto técnico para que pueda emerger su deseo.

Este acto, que le permite observar a todo el escuadrón enchufado a una suerte de matrix militar, abre la puerta a una lógica de otro orden, por demás siniestra. Stripe abandona la repetición homogénea en que todo el escuadrón se encuentra sumido, y se muestra extranjero por un instante. Si bien cae luego en una postura renegatoria respecto de aquello que lo rodea, haciendo el intento de desdeñar lo que ha podido vislumbrar, este acontecimiento se verá resignificado de forma retroactiva cuando aquella mujer que lo salva de una muerte casi segura (una de las víctimas del sistema, a quien antes Stripe veía como una cucaracha por la incidencia de la máscara) logra explicarle el funcionamiento del implante neuronal, los motivos que se esconden detrás de aquel dispositivo y la incansable lucha que ella y su familia llevaban adelante para escapar de los militares. Podemos conjeturar que no se trata únicamente de una cuestión informativa ni de ampliación de su conocimiento con respecto a las estrategias de dominación imperantes, sino que se produce a partir de ello el descubrimiento de una verdad para este sujeto, lo cual no es sin consecuencias. Si bien en lo sucesivo Stripe intentará desmentir aquello que se le ha presentado como evidente, él ya no será el mismo, la concepción que tiene de la realidad toda se verá trastocada, estableciendo un punto de viraje en lo que a su historia refiere.

De un escape posible a la lógica de la alienación

Si la potencia del discurso deshumanizador genera efectos devastadores en los perseguidos por el sistema, esto se explica precisamente por la eficacia que tiene a nivel de sus operadores: la lógica genocida del Estado sostiene sus objetivos sobre la necesidad de una alienación absoluta por parte del escuadrón. En este punto podemos servirnos de la diferenciación que Jorge Alemán (2016) sostiene entre los conceptos de sujeto y subjetividad: mientras que el discurso capitalista contemporáneo sostiene de modo permanente la (re)producción de subjetividades, es acaso al nivel del sujeto que yace lo inapropiable de su estructura. La afectación del cuerpo que implica la entrada al lenguaje, y la consecuente inscripción de la falta dan cuenta de la potencia de aquel intersticio en el que podemos ubicar la responsabilidad del sujeto por aquello que lo rodea, captura y sujeta de forma alienante: “Efectivamente, si el poder logra producir totalmente la subjetividad, si resulta que regalamos todo el orden simbólico al poder (…) entonces entramos en un problema circular, porque si el poder produce a los sujetos, entonces, ¿Cómo es que los sujetos logran articular una política que sea capaz de sustraerse?” (Alemán, 2016: 65).

En el escenario distópico que habita Stripe resulta evidente que cualquier rasgo que escape a la homogeneidad de la maquinaria asesina debe ser eliminado de pleno. A raíz de lo sucedido en la misión, el protagonista denuncia que “nada es real”, que los supuestos enemigos no son más que seres humanos iguales a ellos, que se encuentran sufriendo a causa de la despiadada persecución a la que son sometidos... Acto seguido vemos que lo han ingresado en una especie de institución en la cual lo han destinado a aislamiento. Una vez más se esgrime la vieja estrategia de la marginación y destitución subjetiva mediante el ejercicio de la fuerza. Allí, ante la expresa amenaza del psicólogo militar, éste se ve forzado a caer nuevamente en las redes de este mecanismo perverso. Mediante la utilización del dispositivo neuronal, Arquette lo somete a experimentar nuevamente lo ocurrido en la misión, pero esta vez sin los filtros que modificaban el aspecto de las “cucarachas”, ni la anulación del sentido del olfato o la atenuación de los sonidos. La crueldad y el sadismo de la escena parecieran generar un efecto de profundo desconocimiento y terror de sí mismo en Stripe. Ante el horror de sus propios actos suplica por favor que aquello se termine, a lo cual el psicólogo le indica que sólo cuenta con dos opciones: rememorar una y otra vez dichas escenas, destinado a perecer en la cárcel siendo víctima de sus propios actos; o bien aceptar que se reinicie el dispositivo y no recordar nada de lo acontecido. Se presenta entonces una encerrona trágica para Stripe, que finalmente resuelve aceptando una vez más el implante. Si bien sus opciones se presentan en términos de una dicotomía insalvable, de la cual no pareciera poder sustraerse, entendemos que en la elección que el protagonista realiza se vislumbra que ha recurrido a la vía renegatoria como modo de hacer, supuestamente, más tolerable su existencia, lo cual por supuesto comportaría un costo a nivel subjetivo.

Cabe en este punto hacer lugar a la pregunta por aquel exceso que emergió anteriormente, entre sueños, como vía de rechazo a lo instituido. En la última escena del episodio contemplamos a Stripe en un viaje de regreso a su casa. Observa con detenimiento la fachada, claramente tergiversada debido a la reinstalación del implante; contempla de forma ilusoria un mensaje de bienvenida sobre la cabeza de la misma mujer que lo invadía, noche tras noche, en sus sueños. Ella parece recibirlo con una sonrisa. Stripe, en cambio, se muestra inmutable, perplejo. A partir de la lectura de los indicadores situacionales y del valor metodológico que el detalle reviste desde nuestra perspectiva, podríamos conjeturar que, aún hallándose inmerso nuevamente en la lógica alienante a la que lo somete el dispositivo neuronal, algo del orden de la experiencia se tornó inaprensible. Se evidencia cómo el sujeto no se agota en aquel circuito ilimitado que la utilización siniestra de la tecnología genera, sino que pone límite a la marcha circular del imperativo homogeneizante. Algo pareciera haberse resquebrajado en ese paradigma especular en el que se sostenía la propia existencia. El recurso estético del primer plano sobre el rostro de Stripe, quien contempla impávido el paisaje, genera cierta intimidad con el espectador y posibilita leer en su semblante las marcas de lo que le ha sucedido. Acaso porque sabe que no se trata allí de la misma realidad en la que otrora creyó vivir -aunque más no fuera por un instante-, observamos cómo una lágrima cae intempestivamente por uno de sus pómulos, trazando un surco entre la incesante producción de subjetividades que genera la incidencia de la tecnología en ese cuerpo disciplinado, y un horizonte menos atado al discurso totalizador del Otro, y más ligado a un fenómeno del orden de la emancipación.

Bibliografia

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